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Pocas veces en mi vida vi un equipo con tanta hambre de gloria

Messi y sus compañeros festejan otra victoria épica (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pocas veces vi un grupo con semejante obsesión por seguir ganando después de haberlo ganado absolutamente todo. La selección argentina no se conforma, no se relaja, tiene un amor propio inconmensurable. Mientras sigan hablando, este grupo responderá con futbol y personalidad.

¿Querían una prueba de carácter? ¿Querían ver a la Scaloneta frente a un rival de peso? Ahí estuvo Inglaterra. Cuarta del ranking FIFA, dirigida por Thomas Tuchel y repleta de futbolistas de primer nivel. Terminó abarrotada pidiendo la hora cerca de Pickford. Media hora sin proponer absolutamente nada.

Quizás ese libreto te alcance contra muchos equipos. Con Argentina no. Porque hay un problema con esta Selección: no baja el pie del acelerador. Este grupo convirtió la resiliencia en una insignia. Cuando lo golpean, vuelve. Cuando parece que se le complica, encuentra una respuesta. En la columna anterior pasada hablaba de la psicología de los equipos: de uno que ya ganó todo y, aun así, juega como si todavía estuviera buscando su primer título; y de otro que sigue cargando el peso de no poder coronarse. Una vez más, el aspecto emocional también jugó su partido.

El festejo emocionado de Lionel Messi tras el pitazo final (Foto REUTERS/Paul Childs)

Lo normal en el deporte es aflojar después de tocar el cielo. Es humano. Pasó con casi todos los campeones de la historia. El hambre disminuye, la urgencia desaparece. Aparece la comodidad. Esta Selección hizo exactamente lo contrario. Estos tipos verdaderamente nos están dejando sin calificativos.

La previa estuvo cargada de simbolismos, de presión y de ese fuego sagrado que solo despiertan ciertos partidos. Ellos hicieron lo único que saben hacer: callarse la boca y jugar. Transformaron toda esa carga mental en una actuación épica. Bastó con mirarles la cara durante el himno para entender que estaban en otra frecuencia. Después vino el partido. La energía desbordante del primer tiempo, con el cuchillo entre los dientes. El fútbol absoluto del segundo. Por arriba, por abajo, por derecha, por izquierda, de media distancia. La sensación permanente de que, más allá del resultado, la historia la estaba escribiendo Argentina.

En un partido que lucía cerrado, aunque con una Argentina claramente más propositiva, le tocó recibir el primer golpe. Anthony Gordon aprovechó una seria dificultad de Nahuel Molina para cerrar y adelantó a Inglaterra. El equipo se puso a laburar como nunca y reaccionó con una inmediatez conmovedora. Jugaba con la tranquilidad de quien siente que la victoria todavía estaba escrita. Que la película argentina, esta vez, no contemplaba una eliminación inglesa.

El abrazo entre Scaloni y Messi luego del triunfo frente a Inglaterra (Foto REUTERS/Lee Smith)

A Lionel Scaloni hay que colgarle todas las medallas, aunque él no las quiera ni le interese el éxito por sobre la moraleja. Como si todavía necesitara engrandecer su figura, volvió a meter a la Argentina en una final de la Copa del Mundo y fue determinante en esa batalla táctica que tantas veces define los partidos.

Mientras Thomas Tuchel sobrepoblaba el área con defensores dispuestos a rechazar centros, el santafesino decidió ir por más. Sacó a Leandro Paredes, que estaba haciendo un gran partido, y apostó por Nico González. El ingreso del extremo le dio ritmo, agresividad y profundidad por izquierda, con una Inglaterra ya fatigada. Nicolás Otamendi también fue parte del plan, buscando mayor juego aéreo. Más tarde renovó la banda derecha con el tándem Montiel–De Paul y le regaló a Lionel Messi aliados para volcarse al sector en el que hizo historia. Y cuando ya no quedaban más cartas, sacó a Tagliafico para poner a Lautaro Martínez y fijar a los centrales.

El capitán, sacado de una serie de superhéroes, metió un centro perfecto con la de palo para que el Toro la cabeceara con el alma de un país. Toda del Santo de Pujato. Es impresionante: Messi no se cansa de competir. No se cansa de demostrar. No se cansa de ser decisivo. El equipo lo rodea, lo potencia y él sigue haciendo lo que hizo toda su vida: aparecer cuando más lo necesitan ¿Treinta y nueve años? Que alguien le avise al tiempo.

Y, de paso, esta Selección terminó con otro debate. Si durante mucho tiempo se le elogió únicamente el carácter, la resiliencia o la capacidad para competir, ayer decidió recordar que también juega al fútbol. Y cómo juega. El segundo tiempo fue, probablemente, el mejor de toda la Copa del Mundo. Una demostración brillante de cómo atacar un bloque bajo sin desesperarse. A puro pase, movilidad, cambios de orientación, centros, llegadas de Alexis Mac Allister, remates desde afuera y una búsqueda inagotable por encontrar el hueco. No hubo ansiedad. Hubo paciencia. Y una convicción absoluta de que el gol iba a llegar.

El respetuoso saludo entre los capitanes luego del partido (Foto REUTERS/Dylan Martinez)

Como hincha, en ningún momento sentí que íbamos a perder. Y eso no nace de la soberbia. Se lo ganó esta Selección. Ya escribió demasiados capítulos sobre cómo salir del barro. O, mejor aún, sobre cómo jugar en él. Como en el potrero. Ahí donde muchos se desesperan, Argentina se reconoce.

Y tuvo que ser contra Inglaterra. Porque, aunque Scaloni tenga razón y esto sea solo fútbol, todos sabemos que hay partidos que se sienten distinto. No por lo que deban representar, sino por todo lo que ya representaron. Ganarle a Inglaterra siempre tendrá un sabor especial para cualquier argentino.

Y tuvo que ser, además, con Lionel Messi. Recién en el ocaso de una carrera irrepetible llegó su primer partido frente a los ingleses. No hizo un gol. Hizo algo todavía más suyo: asistió. Por un instante, el fútbol le regaló un guiño al Diego. Esos guiños que solo este deporte sabe escribir. Lo feliz que debe estar allá arriba.

Tres años y seis meses después de tocar el cielo en Qatar, Argentina vuelve a jugar una final del mundo. Por primera vez asoma la nostalgia, porque ahora sí llegará la última función mundialista de Lionel Messi con la camiseta de la Selección. Por eso hay una sola obligación: disfrutarlo. Porque algún día vamos a extrañar estos domingos. Vamos a extrañar a Scaloni. Vamos a extrañar a Messi. Y, sobre todo, vamos a extrañar a estos locos hermosos que nos enseñaron que el hambre de gloria también podía sobrevivir a la gloria.

No nos despierten nunca, muchachos. Nunca.