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“Nunca imaginé que unos pocos mensajes podían cambiarlo todo”

La tarde previa a que estallara el quilombo, una amiga me preguntó cómo estábamos con Andrés. “Mejor, imposible”, respondí, y en ese momento era verdad.

Me sentía feliz por compartir la vida con él. Nos respetábamos, nos adorábamos, teníamos una familia hermosa, compañerismo, buen sexo… ¿Qué más podíamos pedir?

Y sin embargo aquella verdad se volvió obsoleta veinticuatro horas después. No porque Andrés hubiera hecho algo, sino porque un rayo me partió al medio. Bastaron unos pocos mensajitos para que una amistad de años se transformara de golpe en un amor posible que yo no buscaba. Lo sentí en todo mi cuerpo. Esa mera posibilidad lo cambió todo.

Después de esos mensajes, que en apariencia eran inofensivos pero habían abierto las puertas del paraíso y del infierno, no pude volver a casa de inmediato. ¿Cómo iba a mirar a los ojos a mi esposo? Aunque no había pasado nada concreto con mi amigo, aquel chat dejaba entrever que a los dos nos encantaba el otro, que el amor era posible. Me sentía una traidora.

Intenté ir a un shopping a despejarme pero no funcionó. Fui a una confitería y pedí un té de tilo que tampoco sirvió de nada. Había caído la primera ficha de un largo dominó y ya no podía pararlo.

Cuando me llegó un mensaje de mi marido me sentí expuesta, como cuando Dios llamó a Adán, que ya había comido la manzana prohibida. Sabía que estaba haciendo algo malo. Le contesté como pude, deseando estar soltera y sin hijos para poder entregarme a un nuevo amor sin preocuparme por nada. Pero llevaba doce años de casada y tenía dos hijas hermosas.

Tuve la íntima certeza de que mi vida, tal como la conocía hasta entonces, había cambiado para siempre. Que no había vuelta atrás, que ya nada sería lo mismo. ¿Cómo era posible que unos pocos mensajes con mi amigo, en los que no había funcionado nuestro autocontrol habitual, generara semejante crisis? ¿O la crisis venía construyéndose silenciosamente hacía mucho tiempo sin que yo fuera consciente? Y si era así, ¿por qué le había confesado a mi amiga lo feliz que era en mi matrimonio apenas veinticuatro horas antes?

Durante semanas intentamos frenar el romance, pero al final fue imposible. Muchas personas seguramente dirían que uno siempre puede controlarse. El típico sermón de los valores, la fidelidad y la traición, como si yo hubiera querido hacer sufrir a mi marido, o a mis hijas. Como si hubiera podido parar el huracán emocional que se desató. Pero la verdad es que por más esfuerzos que hice, no tuve chances: era energía nuclear. No había ninguna posibilidad de detener ese tren de alta velocidad que venía de frente.

Siguieron tiempos dificilísimos para todos. El primer año fue un despertar en muchos sentidos, principalmente emocional, aunque también sexual. De hecho, con cuarenta años y dos hijas sentía que estaba descubriendo el sexo por primera vez. No sabía qué nombre ponerle a lo que había hecho los veinticuatro años previos. Despertó una sensibilidad diferente en mí, un estado de ensoñación e hiperconexión que me hacía sentir plena, en el paraíso. Y como no había posibilidad de dejar todo e irme con mi nuevo amor, también sentía cierta tranquilidad. Me convencía de que todo eso era un recreo, un poco de oxígeno, algo que ya iba a pasar.

El segundo año se me quemaron los papeles. ¿O se habrían quemado el primer día con esos mensajitos? Todo se volvía más difícil a medida que el vínculo se prolongaba en el tiempo, ¿y cómo no iba a estirarse si era imposible cortarlo? Cada nuevo intento de separarnos no solo no servía para nada, sino que potenciaba nuestra unión. Terminábamos volviendo más enganchados, más cercanos.

Hasta que fui dejando atrás el paraíso y empecé a conocer el infierno. El dolor de saber que esa relación, que era lo más lindo que me pasaba en la vida, no era posible. El horror de pensar que mi familia, lo más importante que tenía, estaba herida de muerte.

En casa, a esa altura, estaba todo mal. ¿Qué intimidad emocional podía tener con mi marido si me sentía profundamente movilizada por otro hombre? ¿De qué temas importantes podíamos hablar si no podía blanquearle las emociones que me tenían completamente tomada? Tener sexo con él era una hazaña que trataba de sostener para no agravar aún más las cosas.

Nuestro matrimonio iba hundiéndose sin remedio. Salíamos a comer con las chicas o íbamos a un evento familiar y yo hacía de cuenta que estaba ahí, como siempre, pero por dentro me desangraba. Nuestra familia se había vuelto una fachada, estaba rota. Lo que habíamos sido ya no existía más. Era como una fractura: no se veía nada por fuera, pero por dentro yo estaba partida en dos, muerta de dolor. Así y todo, ese sufrimiento me ayudaba a ver mis rigideces, idealismos, necesidades de control y otras verdades imposibles de reconocer cuando todo estaba bien.

El tercer año fue decisivo. Con mi marido hicimos todo lo que había que hacer. Terapia individual, de pareja, viajes a islas románticas, conversaciones eternas con amigos y hasta con sacerdotes. Pero las piezas del dominó siguieron cayendo una por una y al final no quedó más opción que hablar de frente. Él se fue de casa y yo quedé destrozada.

Sin embargo, en medio de esa desolación, una ilusión infantil me recorría el cuerpo: al final podría ser feliz con mi amor secreto. ¿De verdad era posible en medio de tanto dolor? Había hecho sufrir a mi marido, a mis hijas, y a mí misma, ¿cómo podía salir algo bueno de todo eso?

A veces pienso que nadie que no haya pasado por algo parecido podría entenderlo. Pero después de todo, ¿es tan infrecuente encontrarse con un amor intenso sin buscarlo? ¿Se puede hacer algo cuando nos enamoramos de otra persona estando en pareja? ¿Podemos metabolizarlo y fortalecer nuestro matrimonio? ¿Hay margen para resistirnos o simplemente tenemos que entregarnos, rendirnos ante lo que parece inevitable?

La verdad es que no sé qué tengo que hacer, y mucho menos, qué es lo “correcto” cuando el corazón se parte en dos. Solo sé que no quiero dejar de sentir, ni perder lo que tengo, ni hacerle daño a nadie. Pero pareciera que no es posible tenerlo todo, siempre hay algo que sacrificar cuando se trata de amor.

Hasta ahora no pude elegir, o quizás me negué a hacerlo, pero la realidad me está empujando aunque no quiera. Y acá estoy, parada ante el abismo: el amor que me conmueve hasta la raíz y la familia que me abriga y me sostiene.

Sé que no hay una decisión correcta, porque la vida no ofrece soluciones, sino caminos.

Podemos tomar uno u otro sin llegar a saber jamás “qué hubiera pasado si”. Lo único correcto es estar presente a medida que avanzamos, sin tratar de acelerar el paso, solo intentando atravesar ese territorio en guerra, lleno de incertidumbre. Caminando entre los escombros de nuestra vida, sin dejar de mirar hacia el horizonte.

***

Si aguantamos las contradicciones lo suficiente, llega un momento en que podemos ver con nitidez cuál es el camino.

Amar también es aceptar que habrá partes del otro que nunca conoceremos; zonas sombrías donde ni siquiera el amor tiene acceso.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli