
—¿Y ese olor de qué es? ¿De las cubiertas?
Había dado unas vueltas como acompañante de un piloto de carreras. El vértigo era impresionante. El sonido del motor, las aceleraciones, las frenadas, las curvas.
El piloto sonrió con ternura, dejando entrever que mi pregunta era una ingenuidad, que evidentemente yo no entendía nada.
—¿De dónde viene el olor a quemado? ¡De todos lados! Los discos y las pinzas de freno, el embrague, las cubiertas, el motor… Todo está al límite, o mejor dicho, pasado del límite, por eso el olor a quemado.
Lo primero en lo que pensé al escuchar su explicación fue en mi propia vida. A los cuarenta años, me sentía igual de quemado que ese auto.
Los motores de Fórmula 1 cuestan unos diez millones de dólares y duran unas siete carreras, nada más. Es tal el desgaste que algo diseñado para durar años termina teniendo una vida útil de pocas horas. Yo estaba igual, me sentía con un nivel altísimo de desgaste.
Vivo corriendo, tratando de ser el mejor padre, el mejor marido, el mejor empleado. Es extenuante. Esa exigencia diaria me está matando. Ir todo el tiempo a 14.000 revoluciones por minuto me está destruyendo. Me pregunto, en el fondo, ¿cuál será mi carrera? ¿Por qué no puedo parar? ¿Qué necesidad tengo de vivir a fondo todo el tiempo? ¿Por qué no puedo ir un poco más despacio?
Qué idea más pelotuda. Es como decirle a un fumador que deje el cigarrillo o a un gordo que coma sano.
Se suele decir que la intensidad nos hace sentir más vivos que nunca, pero creo que hay algo anterior. Cuando nos sentimos muy vacíos, necesitamos ir al extremo para sentir que todavía nos circula sangre por las venas, que pasa algo en nuestra vida.
Un amigo que fue boxeador me contó que cuando era adolescente salía de su casa alterado porque su familia era un caos. Un padre violento, una madre alcohólica, siete hermanos… Cuando volvía de entrenar, agotado por el ejercicio físico pero también lleno de endorfinas, la familia seguía siendo igual de caótica, pero a él ya no le impactaba tanto. Podía ver todo con otra perspectiva. Aunque en mi casa los problemas sean otros, es imposible no sentirme identificado con esa sensación de tener que ir al máximo para aplacar la angustia.
Con los años pude darme cuenta de que la acción me tranquiliza. Mis opciones en la vida son nadar muy rápido o sentir que me hundo irremediablemente, como si no me fuera posible flotar o fluir. Solo aumentando la intensidad dejo de sentir angustia, vacío. Mi velocidad es un ansiolítico poderoso. No es pasión, es anestesia.
Tengo adicción a la actividad. No hacer nada me perturba. Vivir en movimiento constante, en cambio, me hace sentir que avanzo, que estoy yendo en alguna dirección, en pos de un objetivo. Me da una sensación de tranquilidad que no consigo de otro modo.
Evidentemente, estar en movimiento constante es una forma de no sentir. Quedarme quieto, en cambio, me deja a solas con el vacío y el dolor de no sentirme suficiente. ¿De no sentirme amado? La quietud no me produce serenidad: al contrario, me tensiona porque siento que me condena a la irrelevancia, a no ser suficiente, y ese es un lujo que no puedo darme.
Con estas opciones es claro ver por qué no puedo parar: está en juego mi existencia.
¿Hasta cuándo voy a seguir viviendo con el acelerador pisado a fondo, huyendo de mis emociones y de mis miedos, corriendo como un hámster en esa rueda que siempre está en el mismo lugar? ¿Qué libertad tengo, si en el fondo soy un adicto pagando un precio altísimo para seguir anestesiándome, evadiéndome de mis dolores y del vacío?
¿Acaso no siento mi olor a quemado?
***
El rendimiento extremo es una forma socialmente aceptada de adicción.
La angustia aparece cuando se detiene la acción.
La incapacidad de parar es una forma de no sentir, que revela una relación rota con nuestro mundo interior.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli













