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Los velos de la maestría: cómo los grandes maestros pintaron la violencia como belleza

Detrás de la gracia del movimiento, una mirada que redujo a las jóvenes de clase humilde a cuerpos observados y descartables (Foto: EFE/Fernando Villar/Archivo)

El universo del arte presenta, en claroscuro, la historia delineada. Detalles, matices y pinceladas se mezclan entre subtítulos y abren espacio a sentimientos y emociones que deambulan cargados de ideales, mentiras, verdades, odio y pasión. Todo se perpetúa en el lienzo: la danza del postureo, la riqueza o el dolor en los rostros de pobreza. Sueños inconscientes, surrealistas, inhumanos. Políticos impolutos, estados absolutistas, botas sucias, guantes blancos, dioses enmascarados, fieles fanatizados.

Todo está retratado. Impregnado. Naturalizado.

Es en ese universo donde se puede descubrir todo cuanto se quiera, pues aun sin saber, se siente y se experimenta emoción. Más allá de los siglos, los velos de la maestría también están enmarcados.

Caminar por salas de museos, galerías o escenarios callejeros sitúa al espectador, a menudo de forma inconsciente, en una postura pasiva. Cuando un ámbito cultural abre sus puertas, da ingreso a nuevas culturas, enseñanzas e historias apasionantes; el tiempo otorgado será una decisión propia y claudicará en el instante en que la atención cambie su foco a la siguiente causa.

La mera observación, la descripción de los expertos, un guía políglota, colores vivos, la muerte dibujada tras las guerras, escenas cotidianas, amantes retratados que conviven en el mismo espacio del matrimonio real, y tanto más: todo convierte al visitante en sujeto dentro de la escena. La información abunda para deleitar y descubrir la expresión de los mundos que cada original expone y cobija con celo.

El universo cultural y, en especial, las obras pictóricas de los grandes maestros obligan a caminar en silencio pero con una actividad interna intensa, con sutileza y guardando las formas. Las conocidas órdenes de ceremonial así lo exigen, y solo de ese modo es permitida la presencia del visitante. Las imponentes salas, escoltadas por obras de gran magnitud, muestran entre luces y sombras los trazos más sublimes. Palacios, decorados y atuendos sofisticados atrapan las miradas, aunque no solo eso está representado.

Susana y los viejos, Artemisia Gentileschi, 1610. A diferencia de las versiones de Tintoretto y Rubens, aquí se retrató la escena desde la perspectiva de la víctima (Foto: Castillo Weissenstein - Pommersfelden)

En las obras hay historias y silencios, y es en ellos donde ni la más bella paleta podría anular la barbarie representada. Durante siglos, algunos grandes maestros utilizaron su posición y su técnica como un manto que cobijó escenas espeluznantes. Obras como testimonios de opresiones sistémicas que, al ser observadas, convierten al espectador en testigo; las mismas que, por momentos, se respiran cientos de años después y se replican fuera de las salas de museos.

La mención del virtuosismo o las fusiones del artista son términos utilizados con frecuencia en las descripciones oficiales de ciertas obras, pero no pueden ocultar la oscuridad que algunas representan. En esa observación silenciosa a la que el visitante se ve convocado, se exhibe cómo el arte ha servido históricamente para consolidar miradas a través del tiempo. Segmentos de poder absoluto, definidos generalmente por grupos masculinos, muestran al hombre en acción y a la mujer como un objeto visual destinado a embellecer.

Un ejemplo de esa historia es Susana y los viejos. Las versiones masculinas de Tintoretto o Rubens suelen presentar a una Susana vanidosa o coqueta, y transforman el acoso en un espectáculo erótico. La versión de Artemisia Gentileschi rompe ese patrón: su obra es un estudio psicológico del horror y la repulsión, con el foco puesto en la vulnerabilidad de la víctima y no en el placer del observador.

'El rapto de las sabinas'. Bajo el manto de la épica mitológica, la pintura occidental normalizó durante siglos el rapto y la violencia sexual como gestas heroicas (Foto: Donación Hirsch, 1983 - Museo Nacional de Bellas Artes)

La estética de los abusos se extiende desde el origen. Los raptos mitológicos —como El rapto de las sabinas, de Jacques-Louis David, o El rapto de las hijas de Leucipo, de Rubens— disfrazan la violencia sexual de hazaña heroica o sacrificio necesario para el estado y el poder. Otro escenario se percibe en las obras de Edgar Degas, donde el voyerismo de ojo de cerradura reduce a las bailarinas —en su mayoría de clase humilde— a situaciones de explotación. Esas jóvenes, que podrían emerger de su condición original, conviven con otras que solo serían cuerpos descartables, mercancías. Las niñas, observadas detrás de cortinados por oscuros y parciales atuendos masculinos, remiten a una mirada que es menos la de un maestro que la de un depredador.

Si bien los movimientos por la igualdad cobraron fuerza organizada en los últimos años, la franja de mentalidad patriarcal resiste, se oculta y se apaña. Una creencia involucionada continúa viendo lo femenino como algo poseíble.

La violencia contra las mujeres no es un fenómeno nuevo. El arte refleja esa lucha manifiesta y naturalizada desde hace siglos. La falta de conciencia colectiva, la ausencia de respeto, derechos y límites parecen emerger condensados, irresponsables, salvajes e inhumanos, protegidos en el anonimato de un poder ilimitado. Ya no es un lienzo: es la vida cotidiana. Es el día a día, y más que conocimiento, requiere acción y protección.

Hoy se está ante las mismas imágenes, varios siglos después, y han sido expuestas por convertirse en víctimas. Como aquellas pequeñas bailarinas y doncellas, también debían tener sueños que quedaron inconclusos y atrapados en la barbarie de un tiempo real.

Solo queda imaginar que la escena cambiará cuando se deje de ser visitante silencioso con la mirada difusa entre velos.