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Longevidad y geopolítica: la creciente esperanza de vida mundial abre una oportunidad de oro para la Argentina

La población mundial mayor de 60 se duplicará en 25 años. (Foto de archivo de tres hermanas brasileñas centenarias - Reuters)

¿Ha pasado el mundo del paradigma de las calorías para vencer el hambre al de las proteínas para sostener el envejecimiento saludable de una población senior (+60, +65…) cada vez más numerosa?

Tal es la tesis que Julián Martínez Quijano, gerente de Maizar, adelantó hace unos meses en una columna en el diario La Nación. En ese artículo destacaba las ventajas potenciales que ello representa para la Argentina, siempre y cuando el país tome conciencia de ello y se organice para aprovecharlo.

Casi todas las proyecciones de población mundial indican que la franja etaria de los mayores de 60 se duplicará de aquí al año 2050. De los 8.320 millones de habitantes que hay en el mundo en la actualidad, 1.200 millones tienen 60 años o más. En el año 2050, la población total pasará a ser de 9.664 millones, de los cuales 2.105 serán mayores de 60. Es decir, casi 22% de la población total.

Por otro lado, la ciencia médica subraya cada vez más la importancia de la ingesta de proteínas “para mantener y reparar el tejido muscular”, como explica por ejemplo Amanda Meadows, nutricionista clínica del Houston Methodist Hospital, quien agrega: “Y aunque (la proteína) siempre ha sido importante para muchas funciones del cuerpo, lo es aún más conforme envejecemos”. La proteína es una molécula compleja formada por aminoácidos que dan estructura a músculos, huesos, piel y cartílago.

Las necesidades de proteína se estabilizan en la adultez, pero “en la vejez, especialmente a partir de los 70 años, nuestras necesidades de proteína vuelven a aumentar”, señala Meadows.

El motivo es la sarcopenia, la pérdida de masa muscular que se origina con la edad y que desemboca en problemas de equilibrio, movilidad y resistencia. Suficiente para comprender el impacto que una alimentación que incluya la dosis adecuada de proteínas —0,79 gramos por cada kilo de peso de consumo diario según las guías alimentarias del Departamento de Agricultura de Estados Unidos— tendrá en garantizar un envejecimiento lo más saludable posible a la creciente franja de población silver.

Huevos, lácteos y carne (roja y blanca), entre los alimentos más ricos en proteínas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Estas son los datos y las proyecciones que llevan a Martínez Quijano a decir que “harán falta más alimentos ricos en proteínas” y que la Argentina está ante una “oportunidad ineludible”.

Sin embargo, en charla con Infobae, advierte acerca de las limitaciones para aprovecharla: “Tenemos apenas cinco agregados agrícolas en nuestras embajadas en todo el mundo. En China, Estados Unidos tiene un edificio entero lleno de gente promocionando sus productos en ese país. Nosotros tenemos uno solo para toda China. Los otros cuatro están uno en Brasil, uno en India, otro en la Unión Europea y otro en Estados Unidos”.

Difícilmente Argentina pueda promocionarse en el mundo y abrir nuevos mercados con tan pocas herramientas.

“El maíz es la principal materia prima para la alimentación animal que a su vez es la fuente de las proteínas que serán cada vez más demandadas, proteínas que deben venir de la tierra y no de los laboratorios”, dice, en alusión a la industria de los suplementos.

El maíz es esencial en la alimentación animal y por lo tanto en la producción de proteína

Martínez Quijano advierte además que “de los tres grandes productores mundiales de maíz, Argentina exporta el 70 por ciento del maíz que produce, Brasil entre 30 y 40 % y Estados Unidos lo consume todo internamente”.

Es decir que, en vez de producir nosotros la proteína, como hacen esos países, cedemos la materia prima para que otros agreguen valor.

Para medir la importancia del maíz en la generación de proteína animal, dice, hay que tener en cuenta que “se necesitan dos kilos de maíz para producir un kilo de pollo, 4 para un kilo de cerdo y 8 para la vaca; el más eficiente es el pescado”. Otra producción por completo desaprovechada en la Argentina.

“¿Se acuerdan que se decía que meter un choclo en un tanque de nafta era sacarle la comida a la gente? Bueno, el maíz valdría cero en el mercado internacional si se hubiera hecho caso de esas advertencias. Hoy Estados Unidos destina casi la mitad de su maíz a combustible. Si no hiciera eso, el maíz no valdría nada y muchas provincias argentinas estarían en la miseria”, señala Martínez Quijano apuntando a una tendencia argentina al autosabotaje de sus posibilidades.

La producción de biocombustible valoriza el precio del maíz en el mercado internacional (Shutterstock)

Fernando Vilella es miembro del Directorio de Innventure AgriFoodBiotech Fund II. Anteriormente fue decano de la Facultad de Agronomía de la UBA y tuvo un breve paso por la función pública como Secretario de Bioeconomía de la Nación, nombre con el que él mismo bautizó el área y que, como veremos, es todo un programa. Junto con su salida del cargo, en agosto de 2024, se volvió a la denominación histórica de Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca.

Como especialista en diseño de políticas públicas, desarrollo de cadenas de valor y estrategias de inserción internacional, coincide con la tesis de Martínez Quijano sobre este cambio de paradigma y las perspectivas para la Argentina. De hecho, está preparando un libro cuyo título adelanta su persepectiva: Vaca viva.

— ¿Estamos en otro paradigma en materia de alimentación y demanda mundial?

— Efectivamente, el mundo pasó de un paradigma de calorías para vencer el hambre a uno vinculado al crecimiento de las clases medias y también de los mayores de 60, 65 años. Toda la ciencia del último tiempo marca la necesidad de sostener la masa muscular a partir de la incorporación de proteínas de alta densidad. Y ahí las carnes juegan un rol relevante. En la pirámide alimentaria de Estados Unidos, por ejemplo, ahora aparecen las proteínas animales al tope, cuando en las anteriores versiones era diferente. Y si hablamos de proteínas animales, estamos hablando de las carnes, del huevo y de la leche. Todos estos productos van a tener demandas crecientes en la medida que la población de edades avanzadas crezca en número y además crezca la capacidad de pago de esos productos.

Carne, huevo y leche tendrán una demanda creciente a medida que aumente el número de silvers en el mundo

— ¿Tiene la Argentina una ventaja comparativa en la producción de proteína de modo “natural” por así decir?

— Claramente sí. Argentina tiene una posibilidad muy cierta de crecer con la oferta, más allá de la que hoy tenemos, que está acotada por las políticas de los últimos años que no permitieron la inversión por señales contrarias a la misma y por falta de financiamiento. Argentina, por ejemplo, está exportando el 70 % del maíz que produce como grano y más del 90 % de la soja, dos productos que son los ingredientes fundamentales de los alimentos balanceados para producir proteínas animales. Ni un gramo de ese maíz y esa harina de soja es consumida por un humano. Estos commodities que estamos exportando —y estamos entre los principales exportadores mundiales— los demás los utilizan para producir sus propias proteínas. Para tener un marco de referencia, Brasil, que es gran productor de maíz, varias veces más que la Argentina, exporta menos del 30 %. Ellos lo transforman en proteínas. Brasil es líder mundial en exportación de pollo y cerdo y a veces también de carne vacuna y, junto con Estados Unidos, de bioenergías, etanol, biodiesel, etcétera. En ambos países, que están a nuestra altura como productores, es así. Hacia adelante, entonces, hay una enorme oportunidad y demanda a satisfacer y si somos capaces de generar las condiciones, esa demanda puede ser abastecida parcialmente por Argentina.

— O sea que estamos en condiciones de responder a esta demanda creciente.

— Por lo que dije antes, sí, Argentina está en condiciones, pero va a tener que hacer un trabajo, que no siempre está claro que la dirigencia lo tenga tan presente. Incluso la dirigencia sectorial. Esa conciencia no está tan generalizada. Cuando se habla de agregar valor, de desarrollar la bioeconomía con la tecnología de que se dispone hoy, y que yo propongo como base del desarrollo federal y de integración a los mercados mundiales, la proteína sería uno de los ejemplos claros de esto. En otros contextos políticos, la agregación de valor se hacía afectando un eslabón de la cadena, que es casi siempre el productor, o sea, sacarle al productor para que los demás repartan mejor, como por ejemplo a través las retenciones. Eso hace que muchos tengan una visión poco sofisticada acerca de la necesidad de agregar valor. Y ahí hay muchas oportunidades.

Transformar el maíz en proteínas. Brasil es un gran exportador de pollo y cerdo (TAGAT Foodtech)

— Falta entonces conciencia de esa realidad y de nuestras posibilidades.

— Argentina está en condiciones de hacerlo y si lo hace va a generar trabajo en todos los territorios, porque una característica de la bioeconomía es que está en todo el país, no está concentrada en algunas zonas casi deshabitadas como la minería y Vaca Muerta, que ojalá que le vaya bien a esa Vaca Muerta. O sea, es Vaca Muerta y Vaca Viva, es minería y es industria del conocimiento y es turismo receptivo, etcétera. Todas juntas, pero todas con las mismas reglas de juego. Hoy no hay reglas de juego equivalentes. La política industrial del Gobierno es favorecer solo a algunos sectores muy concentrados externos. No está mal que se haga, si no, esa inversión no vendría, pero los demás deberían tener reglas de juego semejantes.

— ¿Cómo debería hacerse?

— Yo tuve un proyecto para inversiones inferiores a doscientos millones de dólares, con algunos estímulos como amortización acelerada, cancelación de saldo IVA y algunas otras cuestiones. Lamentablemente, eso se sacó de la Ley Bases. El año pasado en la ley laboral pusieron un pedacito de esto para inversiones menores a doce millones de dólares. Pero entre doce y doscientos no hay nada y casi todas las inversiones relativamente relevantes de la bioeconomía están en ese rango, o sea fuera de juego.

— ¿Existe algún plan para sacar provecho de esto?

— Planes no tengo tan claro que haya. Yo al menos no los conozco ni son públicos. Hasta el momento no da la impresión de que haya una reflexión profunda acerca de estos temas ni que se estén investigando. Yo lo estoy haciendo, estamos trabajando en un libro sobre Vaca Viva como módulo de desarrollo federal con inserción en los mercados mundiales. Hay una propuesta, pero eso necesita consensos públicos y privados que hay que construir. Al momento no veo que se esté haciendo.

A medida que se envejece, la proteína es esencial para preservar la masa muscular y en consecuencia el equilibrio y la resistencia

— ¿Qué debería hacer la Argentina entonces para aprovechar esta oportunidad?

— Primero, tener en claro estos objetivos. Tenemos los elementos, tenemos el sistema biológico, tenemos los productores, tenemos cierto nivel de conocimiento, pero todo eso hay que coordinarlo y generar una estrategia común, público-privada. Los privados con las inversiones, lo público con reglas de juego que faciliten las inversiones, dejar de ser el único tomador de los créditos, con lo cual no tenemos sistema financiero para financiar la actividad privada. También generar acuerdos internacionales para habilitar mercados y bajar las tasas de los aranceles. Esto es lo que hay que hacer. Es nuestra propuesta y ojalá se haga.

— ¿Cuáles son los mercados hacia los cuales deberíamos apuntar?

— Son múltiples. Y depende de los productos. Esos mercados pueden ir desde los que estamos abriendo —por ejemplo, yo abrí la iniciativa de Japón, que está ahora vigente—, hasta los potenciales. Corea, que requiere productos de calidad en términos de proteínas de bovinos. El mayor comprador de carne de pollo, por ejemplo, está en Arabia Saudita, y está siendo provisto por Brasil. Nosotros podríamos hacerlo. Es un pollo chico, de ochocientos, novecientos gramos, es un pollo individual el que consumen los árabes, pero ese es su mercado. Indonesia es otro mercado importante que recién se está abriendo. En cuanto al cerdo, hay países importantes que son compradores.

— ¿Nosotros no estamos exportando cerdo?

— No, nosotros no exportamos, producimos poco y no exportamos nada de cerdo, teniendo los insumos para hacerlo. El 70% del coste de la producción porcina es maíz y soja y lo estamos exportando para que otros lo hagan. Por ejemplo, Chile, que no tiene ni maíz ni soja, es un gran exportador de carne de pollo y de cerdo, más de doscientas mil toneladas de cada uno. Y nosotros no lo estamos aprovechando. O sea, hay múltiples mercados y es parte de la actividad del Estado entender la dinámica y usar el sistema diplomático para objetivos concretos como este.

En Argentina está aumentando la producción porcina, pero todavía no somos exportadores a pesar de contar con los insumos necesarios (Imagen ilustrativa Infobae)

— ¿Quiénes son nuestros competidores en este negocio?

— Nuestros mayores competidores son los que ya lo vienen haciendo. Brasil, en algún caso, Uruguay, por marketing diferencial, en algunos otros, Estados Unidos. Para el cerdo, hay distintos competidores, pero muchos de ellos, como dije, se proveen de insumos de Argentina, como recién mencionaba el caso de Chile o incluso de los europeos, que producen mucho cerdo pero requieren maíz y soja para poderlo hacer. Es un tema que hay que tener presente. Entiendo que, a raíz de la saturación ambiental de producción, por ejemplo, en cerdo, desde Europa, y a partir del acuerdo que se firmó en mayo de este año con la Unión Europea, hay inversores españoles que están dispuestos a venir a invertir aquí en cerdos para exportar. O sea, ese es el camino. Buscar crecer, ofrecer estas ventajas que Argentina tiene, ir para adelante.

— ¿Qué nos impide hacerlo?

— Yo creo que los obstáculos son más mentales, nuestros, que del mundo. El aislamiento al que hemos sometido a nuestra economía durante estos años, que hace que cada argentino exporte la mitad que cada uruguayo, la tercera parte que cada chileno, cuando a comienzos de siglo estábamos igual que Uruguay, y solo un cuarenta por ciento abajo de Chile. Eso demuestra que ese aislamiento fue sustantivo y no derivó en ninguna ventaja para nuestros sistemas de producción.

Fernando Vilella sostiene que la política de aislamiento de los últimos años no redundó en beneficios para nuestros productores (REUTERS/Martin Cossarini)

La razón de ser de una asociación

Javier Martínez Quijano señala otras incongruencias argentinas: “Hasta hace poco importábamos cerdo hasta de Dinamarca. También de Brasil pero eso podemos decir que tiene más lógica. Ahora ya no importamos, estamos empezando a exportar un poquito, como sucede a veces: se exporta e importa a la vez, unos cortes se exportan, otros se importan, pero la producción porcina está creciendo bastante”.

En cuanto a los motivos por los que no aprovechamos estas oportunidades, señala: “Problemas estructurales, como los impuestos, la falta de rutas, la falta de energía a veces, problemas de logística, ausencia de reglas claras”.

Esto último importa mucho, aclara, porque “producir commodities es a un año, entonces el productor se las arregla en medio de estos cambios constantes, pero instalar una usina para transformar materia prima y agregar valor es un negocio de largo plazo y lamentablemente vivimos en una montaña rusa”.

“Seguimos teniendo la ventaja comparativa del vacuno, ese producto que en el mundo es premium, acá es de consumo diario”, agrega.

¿Qué habría que hacer o cambiar o mejorar para superar esos obstáculos?

Argentina tiene limitaciones de logística e infraestructura para desarrollar todo su potencial productivo

“Hacia adentro, infraestructura, caminos, logística, energía, puertos. Hacia afuera, más promoción”, dice el gerente de Maizar, que ya señaló el despropósito de que la Argentina tenga un team diplomático raquítico en el área agropecuaria. “En África, por ejemplo, podríamos llevar todo el conocimiento. Toda la cadena, semillas, maquinarias, comercialización”, señala.

“La necesidad de promover esto es el eje de nuestra discusión desde la fundación de Maizar”, dice. La asociación agrupa a actores de toda la cadena del maíz y el sorgo, desde los que están en ciencia y tecnología hasta los consumidores; desde las semillas hasta el comercio, pasando por los fertilizantes, la producción agraria, industria transformadora, el comercio.

Las perspectivas son sin duda favorables para la Argentina pero eso no basta. Sin planes a mediano plazo, sin continuidad de las políticas y de las reglas de juego, pueden ser oportunidades perdidas ya que, como dijo el sabio Séneca, y nuestro país ha experimentado muchas veces, “ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”.