La inteligencia artificial ya no es una discusión sobre el futuro. Está en los teléfonos, los buscadores y las redes sociales, y comienza a intervenir incluso en la forma en que las personas se informan y toman decisiones. Para Iago Moreno, sociólogo español y experto en cultura digital, la pregunta central es quién controla esas tecnologías y bajo qué reglas funcionan.
En diálogo con Infobae a la Tarde, Moreno analizó el poder de las grandes plataformas, el desarrollo de la inteligencia artificial, los centros de datos y la transformación de las redes sociales. “La tecnología nunca es neutral y siempre puede girar de un lado a otro”, sostuvo.
El especialista cuestionó tanto el entusiasmo sin límites alrededor de la IA como los discursos que anticipan escenarios apocalípticos. “Lo más tecnoexigente que podemos hacer es acercarnos a estas tecnologías con una mirada crítica, pero sin dejarnos conmover o devorar por estos discursos”, afirmó.
Inteligencia artificial y soberanía tecnológica
Para Moreno, la discusión sobre inteligencia artificial no puede reducirse a sus capacidades. También involucra cuestiones de seguridad, infraestructura y decisiones políticas.

El sociólogo advirtió sobre los casos en los que agentes automatizados pueden comprometer sistemas e infraestructuras críticas. A su entender, estos episodios muestran que la tecnología todavía no se desarrolla bajo estándares suficientemente exigentes. “Los estándares que tenemos que poner ante una tecnología que sin duda va a transformar el siglo en el que estamos entrando, para mí tienen que estar más altos. La vara no puede estar tan baja”, planteó.
También cuestionó el alcance de la regulación europea. Sobre el AI Act, sostuvo que “Europa, por lo pronto, hizo una ley que ya nació muerta”. En cambio, consideró que las iniciativas sobre redes sociales parten de un problema más concreto porque buscan intervenir sobre plataformas que ya tienen un papel central en la vida cotidiana.
Su mirada también se concentra en la infraestructura que sostiene a la IA: los centros de datos, el consumo energético y su despliegue territorial. “Tendría que ser poner luces y taquígrafos en cómo se despliega sobre el territorio y sobre el uso energético la infraestructura física sobre la que se basan estas tecnologías”, afirmó.
En ese punto, Moreno planteó que los Estados deberían discutir qué tipo de infraestructura tecnológica quieren tener y para qué fines. Al referirse al caso argentino y al proyecto conocido como Súper RIGI, preguntó: “¿Queremos tener centros de datos en la Argentina, en España, que se utilizan para pilotar armas automatizadas? ¿Queremos tenerlos para que se apoye a países en vías de desarrollo a poder computar información sanitaria?”.
Para el sociólogo, la respuesta forma parte de una discusión sobre soberanía que no puede quedar limitada al ámbito técnico.
Chatbots, información y política
Otro de los puntos de la entrevista fue el avance de los chatbots como herramientas para acceder a información. Moreno advirtió que su incorporación a la vida cotidiana puede tener consecuencias particularmente relevantes cuando se utilizan para consultar sobre actualidad o preferencias electorales.
“Cuando los chatbots ocupan nuestros bolsillos, nuestra vida cotidiana y se normalizan en un montón de usos de día a día, como puede ser una pregunta sobre alimentación, una pregunta sobre información de actualidad, sobre incluso orientación del voto”, explicó.
El impacto político es, para Moreno, uno de los aspectos que requieren mayor atención. Según sostuvo, una cantidad importante de personas podría recurrir a estas herramientas para informarse sobre las próximas elecciones en Argentina y España.
“La cantidad de gente que (…) va a consultar noticias de actualidad y preferencias de voto a través de chatbots es asombrosa”, afirmó.
Por eso reclamó establecer mecanismos de protección. “Necesitás como mínimo colocar un sistema de anticuerpos básicos”, sostuvo.
Consultado por los pedidos de regulación realizados por Sam Altman, Moreno puso el foco en los intereses de las propias empresas tecnológicas. “También es fácil pedir regulación cuando sabés que no te la van a dar. Como mínimo, es una posibilidad que tenemos que barajar”, señaló.

A su entender, además, las regulaciones nacionales tienen un alcance limitado si no existe coordinación internacional. “Si no transformás la arquitectura de esa tecnología a nivel global (…) tampoco sirve de mucho”, afirmó.
Redes sociales: de la plaza pública a la polarización
Moreno también analizó la transformación de las redes sociales, que en sus comienzos fueron presentadas como herramientas para democratizar la comunicación y facilitar la organización ciudadana.
Para describir el proceso posterior, retomó el concepto de “mierdificación” desarrollado por Cory Doctorow: la dinámica por la cual una plataforma atrae usuarios con un servicio de calidad y, una vez consolidada, comienza a degradarlo mientras aumenta el control sobre quienes permanecen dentro.
“Cuando ya estás dentro y no tenés alternativas, entonces le quita la careta, te da los algoritmos abusivos, te da el contenido tóxico”, explicó.
Según Moreno, ese proceso también modificó la cultura política de las redes. “El paso de la cultura del activismo a la cultura del troll, para mí es ese puente, esa transición”, sostuvo.
El especialista cuestionó además la idea de que las plataformas simplemente reflejan las conductas de la sociedad. A su entender, las decisiones sobre algoritmos y visibilidad intervienen directamente en la conversación pública.
“Ahí están siendo ingenieros de la forma que toma la conversación pública y, por lo tanto, reprogramando la dinámica de nuestras democracias”, afirmó.

En ese contexto, se refirió a la transformación de Twitter después de la llegada de Elon Musk y sostuvo que las decisiones sobre la plataforma modificaron la jerarquización de las voces dentro del debate público.
Para Moreno, el problema también está relacionado con el modelo económico de las plataformas. “Se utiliza ahora solamente sirviendo los intereses de un modelo de negocio extractivista que vampiriza nuestra atención, nuestro descanso y exacerba la polarización”, planteó.
Su propuesta apunta a discutir una arquitectura digital diferente, capaz de favorecer el intercambio entre perspectivas en lugar de maximizar la confrontación y el tiempo de permanencia.
“No tiene sentido poner a millones de euros y dólares a trabajar para hacer cada vez más adictivos los algoritmos de las plataformas”, sostuvo.
La discusión, concluyó, debería alejarse de las etiquetas ideológicas y concentrarse en los efectos concretos que estas tecnologías tienen sobre la sociedad. “La regulación no debería ser una cuestión woke, sino una cuestión de incluso salud pública”, afirmó.
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