El programa de Gerogina Barbarossa aparece otra vez en la lista de los más vistos y uno de los más nominados para el próximo Martín Fierro de Televisión Abierta 2026. Para la conductora, cada una de ellas, es un resultado directo del trabajo diario junto a su equipo.
En conversación con Teleshow, Georgina repasa con precisión los capítulos de su carrera: premios como actriz, desafíos de la conducción y aprendizajes frente a cámara. Insiste en la responsabilidad de acompañar a quienes la ven cada mañana. La alegría no es solo una consigna; es un deber, especialmente en tiempos difíciles.
La terapia trajo transformaciones: el andar se vuelve más optimista, más abierto a la sorpresa. Barbarossa lo subraya. No aparecen discursos de victoria ni frases finales de triunfo. Cada nominación al Martín Fierro es un nuevo motivo para soñar en voz alta.

—¿Cómo fue el inicio en la conducción?
—Y cuando empecé, que fue el siglo pasado, en el noventa y seis, noventa y cinco. Cuando me llamó Rosita Suero, y la verdad yo lo tomé como un desafío. Le dije a Vasco: “Bueno, duraré tres meses”, que era el contrato de la televisión. Y después me darán un boleo, porque yo, la única experiencia que tenía era hablar con el público en un café concert, en unipersonales donde uno habla con el público y te relacionás de esa manera. Pero dije: “Bueno, para mí era como hacer teatro, hacer un unipersonal”. Lo tomé de esa manera, de charlar y de hacer un poco un aquí y ahora de lo que me pasaba.
—¿Cómo era la televisión en esa época?
—Era otra Argentina y era otro mundo. Cuando me llaman, donde uno se podía divertir, había muchísimo dinero en la tele y se podía producir de otra manera. Y había musicales, vestuarios…muchas posibilidades. Me acuerdo una vez dije: “Ay, no, gorda, no dormí toda la noche porque Vasco roncó”. Y Vasco, que es de la noche, se gira: “Pero vos, ¿qué dijiste?”, “No, que me roncabas en la oreja”. Y él: “Pero todo el mundo me está cargando ahora en la fábrica”. Le digo: “Bueno, perdón”, (risas).
—¿ Y volver a la conducción en los últimos años?
—Cuando empecé, hace cuatro años, fue muy duro, porque a mí me engañaron, en un principio era hacer un programa, un magazine con cocina. Y yo pensé que iba a haber premios y que iba a poder divertir a la gente. Pero empezó a rendir más la actualidad.

—¿Qué impacto tuvo ese cambio de enfoque?
—Donde la gente se veía reflejada y, nosotros podíamos visibilizar su problema, pero yo tenía una depresión tremenda, lo hablé mucho en terapia. Yo lo pasaba mal, salía del programa hecha bolsa, porque veías casos espantosos de muertes de chicos, de violaciones, de femicidios, de cosas que le pasan a la gente en los barrios, que no tienen luz, que no tienen agua, que tienen una desgracia en la familia y necesitan un fiscal y el fiscal no aparece, o el intendente o qué sé yo. Me empecé a dar cuenta, porque la gente me hablaba a corazón abierto.
—¿Qué te ayudó a cambiar la perspectiva?
—El terapeuta me dijo: “Georgina, ¿por qué no ves el vaso lleno en vez del vacío? Pensá cómo estás ayudando a toda esta gente”. Y la verdad es que la gente nos espera cada vez que va la cámara de televisión o que vamos con el programa o que va a cualquier programa de televisión, lo necesitan.
—¿Qué significa el programa para quienes buscan ayuda?
—Fijate que esperan, esperan como si vos fueses la Virgen de Luján. Es la gente que no tiene voz, justamente, y que nosotros podemos contener y hacer un seguimiento de eso que les está pasando.

—¿Han logrado resolver casos al aire?
—Nos ha pasado en vivo que el familiar o la chica que se perdió, apareció o se había enojado con los padres y se había ido. Hay veces que no, como el caso Loan y tantos casos tan tristes de los últimos tiempos. El último chiquito que prefiero ni hablar…es muy difícil…
—¿Cómo ves el rol del programa en esos casos?
—En un punto, yo siento que con el programa los abrazamos, que a veces pueden venir y charlar con nosotros y charlar conmigo y escucharlos y ellos pueden expresar su dolor y el pedido de justicia. Se visibiliza.
—¿Qué tipo de pedidos te llegan en la calle o a través de las redes?
—La gente me para en la calle, pedidos que recibo de madres que tienen chicos enfermos, Dios mío. Y vos querés ayudar a todos y no podés. Hay veces que puedo y hay veces que no puedo. Hay veces que el programa tampoco…

—¿Te gustaría conducir un programa solidario?
—Te juro por Dios que haría un programa solidario. Para poder ayudar la cantidad de gente que lo necesita. Me encantaría hacer eso.
—¿Cuál es tu filosofía para trabajar con el equipo?
—Me gusta trabajar en equipo. Yo tengo una mentalidad muy teatral, yo me hice en el teatro y para mí es fundamental. Lo importante es que yo trabajo con todos, con los técnicos, con los iluminadores, con los cámaras, todos hacemos el programa. Para mí es el equipo y todos se ponen la camiseta y todos trabajamos más felices y contentos, porque todos sentimos que estamos sacando un programa adelante. Es un proyecto que está creciendo todos los días.
—¿Cómo combinan temas serios y momentos de distensión?
—Estamos ayudando, todos los días informando, hablando de actualidad, que es durísima, pero también por lo menos nos divertimos, obvio, porque también pasan cosas divertidas. Ahora estamos con Gran Hermano, que todos estos locos que se encierran ahí, que yo te juro que no puedo creer. (risas)

—¿Cómo arranca tu día laboral?
—Me levanto a las seis menos cuarto. Pongo el despertador. Empiezo a escuchar las noticias… voy recorriendo distintas radios y después, tengo la tele. Mirá, me falta tele en el baño, pero tengo la radio. Así que escucho en todos partes, en mi habitación y en el vestidor y en la cocina. Y tengo distintos canales mientras que voy haciendo las cosas. Soy una loca. Pobre mis vecinos, no la pongo muy fuerte, te juro. Y aparte, la computadora y viendo las noticias en los diarios.
—¿Cómo elegís los temas del programa?
—Nos vamos mandando con el equipo de producción: “Mirá esta noticia, mirá esta nota, mirá lo que salió en tal diario, mirá lo que salió en Twitter, mirá lo que pasó acá”. Hay muchísimo, donde ver. Y está el ojo de Pablo Nieto, productor ejecutivo.
—¿Sentís diferencia entre tu mirada y la del equipo periodístico?
—Yo confío en la mirada de mi equipo, yo llevaría todos los casos de chicos, de los niños, de los perros…ellos tiene otro olfato y otra mirada que, que yo carezco, no tengo la frialdad como para poder decidir.

—¿Cómo surgió tu frase de cierre “Dios va a querer”?
—Un día dije: “Hasta mañana, si Dios quiere, pero no te preocupes, que va a querer” y quedó y la repetimos.
—¿Tenés alguna rutina espiritual antes de salir al aire?
—Antes de entrar al piso invoco para que me iluminen. Mientras me acompañan del camarín al piso, las chicas, las productoras que me vienen a buscar, a veces vienen chicas que son católicas, pero las que no son católicas, que son judías, le digo, rezan igual. Les enseño el Padre Nuestro. Ay, no, te juro por Dios, y es muy gracioso. Entonces rezan conmigo y después les digo, palabras en hebreo.
—¿Cómo te definís en cuanto a tu visión de la vida?
—Siempre tengo una mirada de optimismo y además yo soy muy creyente y siempre pienso y rezo mucho. Yo rezo desde que me despierto. A la noche digo: “Ay, bueno, gracias Diosito”. Y después a la mañana y hasta cuando me estoy duchando y escucho la radio de las monstruosidades que estoy escuchando. Y digo: “Ay, gracias, Dios, gracias”, porque me enseñaron que esa es la oración más cortita que uno puede hacer y es la que reúne todo.

—¿Extrañás el teatro?
—Sí, lo que pasa es que yo, por ejemplo, ahora lo saco a López ( su perro) y ya empiezo a hablar con la producción y hablamos durante todo el día, porque vamos viendo distintas noticias y distintas cosas que van pasando y me voy informando. Me voy informando de todo, de lo que pasa acá, lo que está pasando en el mundo. Por más que nosotros no toquemos noticias internacionales.
—¿Cómo es tu vínculo con la ayuda social fuera de la televisión?
—Siempre tuve esa parte de acercamiento hacia la gente y a ayudar. Eso me hace sentir bien.

—¿Alguna vez pensaste en dedicarte a la vida religiosa?
—Cuando era chica, después que me separé de un novio, entonces fui al colegio y digo bueno, ya está, basta. Yo me voy a hacer monja, porque total, yo iba los fines de semana iba a, a enseñar catequesis a Monte Grande, porque las monjas tenían un campo de deporte del colegio. Ya pensás a los veinte años que no tenés el mundo por delante. Digo, bueno, yo voy al colegio, me meto de monja y empiezo a ayudar. Y la monja superiora, la madre Ascensión, me dijo: “No, Georgina, tu misión está en la Tierra, está en el mundo. Vos tenés que ir al mundo, este, llevar el mensaje de Dios de otra manera” Me dijo: “Ve al mundo, si no eres feliz, vuelve. Vuelve al colegio, que te abriremos las puertas de par en par y te recibiré con los brazos abiertos”.
—¿Sentís que esa misión sigue presente?
—En un punto yo siento que todos los días estoy haciendo esa misión, y me hace sentir el corazón ancho.














