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Fue un futbolista talentoso y polémico, lo echaron de un Mundial y protagonizó un escándalo histórico: “Cerdo, me has robado la mujer”

El gesto de Effenberg que lo persiguió toda su carrera

En el Mundial de Estados Unidos de 1994, con Alemania ganando 3-2 ante Corea del Sur y faltando poco más de un cuarto de hora para el final, Stefan Effenberg abandonó el campo entre silbidos. No corrió hacia el banco, no agachó la cabeza. Se detuvo, se giró hacia la tribuna y levantó el dedo medio ante decenas de miles de sus propios hinchas. El gesto duró apenas unos segundos, pero le costó la selección, le cerró las puertas de la Eurocopa de 1996 y lo convirtió, de un día para el otro, en el enemigo público número uno del fútbol alemán.

Lo llamaban Der Tiger —el tigre— y el apodo no era casual. Effenberg nació en Hamburgo el 2 de agosto de 1968 y desde sus primeros pasos en el fútbol profesional quedó claro que no encajaba en el molde del centrocampista alemán ordenado y disciplinado. Era audaz, físico, dominante. Tenía una visión de juego que pocos de su generación podían igualar y una capacidad de conducción que lo hacía distinto. Pero todo eso venía empaquetado junto con un temperamento volcánico y una aversión casi congénita a cualquier forma de autoridad que no fuera la propia.

Debutó como profesional en el Borussia Mönchengladbach en la temporada 1987/88, convocado por el entrenador Wolf Werner, quien lo había seguido de cerca desde las divisiones inferiores. En su tercer partido ya acumulaba su primera tarjeta amarilla. En tres temporadas en el club disputó 73 encuentros y marcó 10 goles desde el mediocampo, números que llamaron la atención del Bayern de Múnich, que lo compró en el verano de 1990 por alrededor de dos millones de dólares. El salto parecía lógico. El desembarco, sin embargo, fue tormentoso.

En su primera etapa bávara, el equipo terminó décimo en la Bundesliga —la peor posición del club en 14 años— y quemó tres entrenadores en una sola temporada: Jupp Heynckes, Sören Lerby y Erich Ribbeck. Effenberg, que ya se consideraba el líder natural del plantel, chocó directamente con Heynckes. Según se reconstruyó luego, en pleno vestuario le dijo al entrenador: “Oye, Heynckes, salgamos un momento”. Poco después, el que sería el técnico del triplete del Bayern presentó su renuncia. Effenberg también se fue.

Pasó dos temporadas en la Fiorentina, donde vivió el descenso a la Serie B y la posterior vuelta a la primera división italiana junto a Gabriel Batistuta. Cuando llegó el Mundial de 1994, Effenberg llevaba varios años en la selección y era considerado uno de los mediocampistas más completos de Europa.

Tras el retiro, fue técnico, aunque luego se convirtió en analista (REUTERS/Ralph Orlowski)

El dedo que lo mandó a casa

El 27 de junio de 1994, en el Cotton Bowl de Dallas, con un calor que rozaba los 48°C, Alemania cerraba la fase de grupos ante Corea del Sur. El partido estaba 3-2 y el equipo sufría. El seleccionador Berti Vogts decidió reemplazar a un Effenberg agotado por Thomas Helmer. Cuando su número abandonó el campo, la tribuna —mayoritariamente alemana— lo recibió con una lluvia de pitos. Effenberg se paró. Se dio vuelta. Y respondió con el dedo medio.

El gesto no fue fugaz ni accidental. Fue deliberado, sostenido y visto por millones de personas. En Alemania, la prensa estalló. Der Stinkefinger —el dedo apestoso— se convirtió en el título de portada. La Federación Alemana de Fútbol (DFB) actuó esa misma noche: el presidente Egidius Braun y Vogts decidieron que Effenberg debía irse a casa. Sin multa económica, sin sanción formal. Simplemente lo sacaron de la concentración y lo pusieron en un avión.

Lo que agravó todo fue su negativa a disculparse. Effenberg no mostró arrepentimiento entonces ni lo haría después. Mario Basler, compañero de aquel plantel, lo resumió años más tarde en un documental de la ARD: “Si lo echaron a él, habrían tenido que echar a otros cuatro o cinco”. La mayoría del grupo consideró la medida excesiva, pero el daño ya estaba hecho. Alemania cayó en cuartos de final ante Bulgaria sin Effenberg. Él no volvería a jugar un partido oficial con la selección hasta septiembre de 1998, apenas dos amistosos, bajo el mismo Vogts que lo había enviado a casa cuatro años antes.

Privado de la Eurocopa de 1996 —que Alemania ganó—, Effenberg regresó al Borussia Mönchengladbach y vivió su etapa quizás más tranquila. Fue clave en la conquista de la Copa DFB de 1995, con un gol en la final ante el Wolfsburgo, y acumuló cuatro inclusiones consecutivas en el once ideal de la Bundesliga. Pero el club no podía competir con los grandes y en 1998, cuando Ottmar Hitzfeld lo llamó para volver al Bayern, Effenberg no dudó.

El affaire que dividió al vestuario

La segunda etapa en Múnich fue la consagración deportiva y también el capítulo más escandaloso de su vida personal. Hitzfeld lo convirtió en el líder indiscutido del mediocampo bávaro, le entregó la cinta de capitán en 1999 y construyó el equipo a su alrededor. En tres temporadas, el Bayern ganó tres Bundesligas consecutivas y la Liga de Campeones de 2001, en una final ante el Valencia en el San Siro de Milán en la que Effenberg anotó el penal del empate tras que Mehmet Scholl fallara el suyo, y luego convirtió otro en la tanda definitiva. Fue elegido Mejor Jugador de Europa de la UEFA ese año.

Su biografía también fue generadora de polémicas. A Lothar Matthäus lo trató de

Pero mientras ganaba todo sobre el campo, su vida privada se convertía en escándalo. Effenberg llevaba una relación con Claudia Strunz, la esposa de Thomas Strunz, su compañero en el Bayern y en la selección alemana. Strunz descubrió la aventura a través de un mensaje en el teléfono de su mujer. El vestuario del Bayern, que ya convivía con la tensión crónica entre Effenberg y Lothar Matthäus —a quien en su autobiografía calificaría de “bocón y cagón”, dedicándole un capítulo titulado “Lo que Lothar Matthäus sabe sobre el fútbol”, seguido de una página en blanco—, tuvo que absorber un conflicto de otra magnitud.

“Tú, cerdo, me has robado la mujer”, declaró que fue la reacción de su compañero al advertir la infidelidad. Effenberg se separó de su primera esposa, Martina, en 2002, y se casó con Claudia en diciembre de 2004. Como si la situación no fuera ya suficientemente explosiva, en 2003 publicó su autobiografía Ich hab’s allen gezeigt (“Se lo he demostrado a todos”), donde narró sin filtros sus años en el fútbol, incluyó fotografías eróticas junto a Claudia —la ex mujer de su compañero— y arremetió contra exentrenadores, compañeros y periodistas. Las páginas también tenían errores ortográficos, que los medios alemanes se encargaron de señalar con una mezcla de escándalo y burla.

Los escándalos no se limitaban al plano sentimental. En octubre de 1998, Effenberg fue detenido conduciendo con 1,1 gramos de alcohol en sangre. El Bayern le impuso una multa interna. En agosto de 2001 llegó a un acuerdo extrajudicial por 125.000 marcos alemanes luego de ser acusado de golpear a una mujer en una discoteca de Múnich. En 2002, una entrevista en Playboy en la que afirmó que los desempleados recibían demasiados subsidios como para que valiera la pena buscar trabajo derivó en una suspensión temporal en el plantel bávaro.

Retirado del fútbol en 2004, tras un paso intrascendente por el Wolfsburgo y una última temporada en el club catarí Al-Arabi, Effenberg se radicó en Florida con Claudia. Volvió al fútbol alemán en octubre de 2015 como entrenador del Paderborn, peleando por no descender. Lo despidieron cinco meses después. Hoy trabaja como analista y comentarista en medios alemanes, un rol que ejerce con la misma franqueza —y la misma voluntad de confrontar— que definió cada etapa de su carrera. En sus propias palabras, recogidas por These Football Times: “Siempre fui por mi propio camino, siempre nadé contra la corriente. Creo que eso tuvo sus beneficios”. No guarda rencores. Tampoco, al parecer, remordimientos.