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“¡Están vivos todos los huevones!”: a 16 años del increíble rescate de los 33 mineros chilenos atrapados 69 días en la Mina San José

Los mineros chilenos estuvieron 69 días bajo tierra (Min Minería de Chile)

El presidente chileno Sebastián Piñera no perdió el tiempo: apenas vio que el minero Florencio “Floro” Ávalos se desprendía del abrazo de su esposa y su hijo se le tiró encima con una sonrisa radiante para que las cámaras de televisión y las de los reporteros gráficos captaran su gesto cuidadamente emocionado.

—¡Florencio, no sabes cuánto te hemos esperado! —le dijo en voz muy alta para que fuera captada a la perfección por los micrófonos.

Corrían los primeros minutos del miércoles 13 de octubre de 2010 y hacía apenas uno o dos que Ávalos había emergido de las profundidades de la tierra a bordo de la cápsula Fénix en un recorrido de 722 metros. Allí seguían todavía sus 32 compañeros desde que habían quedado atrapados por un derrumbe de la mina San José, en Atacama del 5 de agosto, hacía 69 días. Durante ese tiempo estuvieron 17 días completamente incomunicados hasta que se supo que seguían vivos.

Todavía enceguecido por las potentes luces de los reflectores, el primer hombre rescatado por la “Operación San Lorenzo” —bautizada así por el patrono de los mineros— respondió mecánicamente al abrazo del presidente, sin saber que ese hombre que lo abrazaba había intentado darlos por muertos a todos para evitar los costos de una incierta operación de salvamento. Nadie les había contado eso a los mineros mientras seguían atrapados.

Al mismo tiempo que Piñera abrazaba a Ávalos, la cápsula volvía a descender. Durante las siguientes 32 horas iría subiendo de a uno a los mineros, a razón de un hombre cada 30 o 40 minutos. Una vez que todos estuvieron en la superficie, el último en subir fue el rescatista Manuel González, que se bajó de la Fénix 2 a las 00.33 del jueves 14 de octubre.

Entonces se pudo anunciar que el rescate había sido un éxito completo y en un primer momento nadie se percató de la coincidencia: el día durante el cual los mineros fueron rescatados, se cumplían 38 años desde la culminación de otra historia que había mantenido en vilo a todo el mundo, cuando el 13 de octubre de 1972 los rugbiers uruguayos sobrevivientes de la caída del avión en que viajaban fueron encontrados en la cordillera. A ellos también, como Piñera a los mineros, muchos los habían dado por muertos.

Los 33 mineros no demorarían en enterarse que la operación de rescate se llevó a cabo solo gracias a la presión popular, porque apenas dos días después del derrumbe, el 7 de agosto, el presidente quiso suspenderla y ordenó levantar una cruz para recordarlos en la entrada de la mina. La reacción de los familiares y de la opinión pública lo obligaron a dar marcha atrás. Recién el 22 de agosto se supo que estaban vivos, y Piñera intentó entonces una justificación con la que provocó otra ola de indignación popular. “¿Qué tal si no los encontrábamos en 17 días, en 20 días, en un mes, en dos meses? ¿Qué tal si los encontrábamos y estaban todos muertos?”, se defendió, como si esas palabras fueran un argumento.

Piñera no fue el único en dar la espalda a los 33 hombres atrapados. Ese mismo 22 de agosto, en la misma sintonía que el presidente, en lugar de alegrarse al saber que los 33 mineros seguían con vida, uno de los propietarios de la mina, Alejandro Bohn, le dijo a un periodista de El Diario de Cooperativa que era “difícil” que la compañía pudiera pagarles los sueldos. Cuando el dueño de la San José hizo esa declaración tan siniestra como escandalosa, a los mineros todavía los esperaba un encierro de otros 52 días, durante los cuales se comunicaron con el exterior a través de un hueco de apenas 12 centímetros de diámetro, un pequeño agujero que evitó que la mina se convirtiera en su tumba.

El minero chileno Raúl Bustos abraza a su pareja mientras el presidente de Chile, Sebastián Piñera (derecha), aplaude tras su rescate de la mina San José (Hugo Infante/Gobierno de Chile/AFP)

Un derrumbe monumental

A las dos y media de la tarde del jueves 5 de agosto, los mineros que estaban trabajando en la San José escucharon un estruendo seguido por una tremenda onda expansiva. En ese momento había 34 hombres debajo de la superficie, pero uno de ellos, Raúl Villegas, iba subiendo al volante de un camión y alcanzó a llegar a la boca de la mina. Los otros 33 quedaron atrapados por el derrumbe provocado por un bloque de diorita de la altura de un rascacielos que se desprendió de la montaña y cayó atravesando los distintos niveles de la mina como si fueran de cartón.

El director de la mina, Carlos Pinilla, estaba en su oficina cuando escuchó el estruendo, pero no se preocupó porque pensó que era otra de las explosiones programadas dentro del socavón. Recién reaccionó cuando sonó el teléfono y alguien le gritó con desesperación: “¡Salga y mire la bocamina!”. Lo que vio fue una imagen espantosa: una nube de polvo impresionante, acompañada por una ominosa banda de sonido de crujidos que salían de las entrañas de la tierra y sonaban como quejidos.

En el socavón, una vez superados el espanto y la sorpresa, los mineros vieron que la rampa que llevaba a la salida estaba bloqueada por una verdadera pared de piedra. Uno de ellos, Luis Urzúa, murmuró una frase desesperada: “Parece la losa del sepulcro de Jesús”. Otro, mucho más prosaico, se limitó a decir con resignación: “La hemos cagado”. La noticia del derrumbe llegó de inmediato al pueblo y los familiares de los trabajadores de la mina comenzaron a congregarse en el lugar con una demanda única: “¡Rescátenlos!”.

El inicio de los trabajos de salvamento demoró ocho horas. El primer intento fue llegar hasta la chimenea de ventilación de la mina, para que los mineros subieran hasta allí por una escalera de emergencia. No pudieron porque la empresa había dejado sin instalar un tramo. De todos modos, se podía intentar a través de ese hueco por otros medios, pero esa posibilidad se esfumó la tarde del sábado 7, cuando un nuevo derrumbe cortó el acceso a la ventana de ventilación.

A partir de ese momento, para las autoridades de la mina y el presidente Sebastián Piñera, los 33 mineros estaban muertos. El mandatario ordenó detener las tareas de rescate, lo que desató la ira de los familiares y del pueblo chileno, que lo obligaron a retomarlas. Para entonces, los hombres atrapados en el interior de la mina se habían dado cuenta de que demorarían en rescatarlos y decidieron racionar la poca comida que tenían. Se trataba de sobrevivir con lo que hubiera al alcance.

Fotografía de la zona desértica cercana a la mina San José, en Copiapó, Chile (EFE/ Alberto Valdes)

Imágenes de ultratumba

Durante las primeras horas después del derrumbe, sin pensarlo, los mineros prácticamente saquearon el armario donde se guardaban los pocos alimentos destinados a los refrigerios: galletitas dulces y saladas, latas de atún, algunas botellas de agua. Era comida para 48 horas y casi acabaron con ella.

El primero en darse cuenta de que, si no cuidaban lo poco que quedaba pronto morirían de hambre fue el capataz Mario Sepúlveda y el sábado a mediodía decidió racionar los alimentos. Tomó 33 vasos y puso una cucharadita de atún en cada uno de ellos antes de agregarles agua para fabricar una suerte de sopa. Para acompañar, le dio dos galletitas a cada minero. “Es delicioso, buen provecho, que les dure”, les dijo, tratando de arrancar alguna sonrisa. No lo logró. Si querían sobrevivir debían aguantar con esas escasas 300 calorías hasta el día siguiente. En cuanto al agua, las botellas se acabaron pronto y empezaron a tomar la que encontraron en los sistemas de refrigeración de las máquinas. Estaba mezclada con aceite, pero era lo único disponible y también debieron racionarla. De esa manera sobrevivieron los 17 días siguientes. Después de la primera semana muchos apenas si podían incorporarse, otros tenían temblores constantes y el desánimo era general.

El capataz Sepúlveda era uno de los que se mantenían más o menos enteros y trataba de dar ánimo, a veces con métodos que rozaban lo violento. Cuando vio que uno de sus compañeros, Claudio Yáñez, llevaba horas tirado en el piso, casi sin moverse, débil y entregado a lo que creía que era una muerte segura, caminó hasta él y lo amenazó: “¡Eh, conchatumadre, levántate, porque si sigues tirado ahí te morirás y te comeremos!”. El grito, que retumbó por todo el interior de la mina, no sonó a chiste. Hacía días que no tenían nada para alimentarse.

Habían llegado al límite y para el 22 de agosto la mayoría ya se había resignado a morir. Fue entonces cuando escucharon el ruido de un trépano y vieron emerger la punta metálica que rompía la pared de roca. Carlos Mamani se arrodilló frente al tubo metálico y rezó. “Sentí como si una mano hubiera atravesado la piedra y llegado hasta nosotros”, contó después. Otro empuñó un martillo y golpeó la punta que asomaba. Fueron golpes rítmicos, humanos, para que quienes los escucharan supieran que eran ellos, que los habían localizado. Inmediatamente después, otro de los mineros escribió una frase con un lápiz rojo sobre un papel blanco y lo colocó en una de las barras de la sonda con la esperanza de que lo llevara hacia arriba. Al escuchar los golpes rítmicos que transmitía el tubo de perforación, los rescatistas fueron recuperando el trépano, tramo a tramo y, en el último, después de lavarlo con agua, encontraron una marca roja.

—¿Eso estaba allí? —preguntó uno.

—¡No! —contestó el que operaba la maquinaria.

Revisaron más a fondo y encontraron varios papeles embarrados. Uno de ellos tenía escrito en rojo: “Estamos bien en el refugio, los 33”. Otro decía: “El trépano abrió brecha en el nivel 94”.

El minero chileno Mario Sepúlveda (en el centro, con gafas de sol) celebra tras ser llevado a la superficie —el segundo en ser rescatado del subsuelo— después de una odisea de 10 semanas en la mina San José, a 800 km al norte de Santiago de Chile (Rodrigo Arangua/AFP)

Una luz de esperanza

Los rescatistas no perdieron un minuto y le llevaron los mensajes al ministro de Minería, Laurence Golborne, para que los leyera. “¡Están vivos todos los huevones!”, gritó y desató una explosión de vivas y aplausos entre los familiares y periodistas que permanecían en los alrededores de la mina. Así se supo arriba que estaban vivos y así también ellos supieron que todavía los buscaban.

Empezaron a pasarles agua y alimentos por un agujero de 12 centímetros de diámetro. También medias elásticas, para facilitar la circulación de las piernas. Esto último provocó una pequeña rebelión. Las únicas disponibles eran color rosa, y varios de los mineros se negaron a ponérselas, pidiendo que les dieran medias de otro color. El médico Andrés Llarena zanjó la cuestión: “¡Pónganselas!”, les ordenó.

Todo debía hacerse con extremos cuidados. El racionamiento de la comida que les hicieron llegar también fue fundamental. Los médicos tenían claro que darles alimentos de golpe podía ser fatal, sus organismos, luego de un largo ayuno, seguramente no tenían los fosfatos ni el potasio suficientes para procesar los carbohidratos. Pidieron asesoramiento a la NASA, desde donde les recomendaron que procedieran con “mucha frugalidad y lentitud”. Por eso, pese a las protestas de los hombres encerrados, los dos primeros días solo les hicieron llegar una bebida energética rica en potasio, fosfatos y vitamina B, con un valor de 500 calorías.

También decidieron darles una mala noticia, para no generar falsas expectativas que luego fueran contraproducentes: “No vamos a poder rescatarlos antes de Navidad”, les avisaron. Por esos días, otro de los mineros, Víctor Segovia, escribió en el diario que empezó a llevar en uno de los cuadernos que le hicieron llegar: “Los ánimos están muy bajos. Antes de que llegara la ayuda había paz. Ahora, en vez de estar más unidos, no hacemos más que pelearnos y discutir… Ahora sé cómo se siente un animal en cautiverio, siempre dependiendo de una mano humana que lo alimente”.

Poco a poco, las condiciones de encierro se hicieron más tolerables. El agujero se agrandó, pudieron comer sin estar racionados, lograron comunicarse con sus familias mediante una línea telefónica e incluso les hicieron llegar un cable de fibra óptica para que lo conectaran con una pequeña pantalla y ver los partidos de la selección chilena. Se emocionaron cuando el equipo salió a la cancha con una camiseta que decía “Fuerza mineros”.

Después de querer darlos por muertos y frenar las operaciones de rescate, el presidente Enrique Piñera celebra que están con vida los 33 mineros chilenos (Min. Minería de Chile)

El rescate y los engaños

El rescate llegó más de dos meses antes que lo calculado inicialmente. Para lograrlo, los equipos de salvamento trabajaron sin descanso. Luego de 33 días de perforaciones, una máquina perforadora Schramm T130 consiguió romper fondo y llegar al refugio y en las jornadas siguientes se “encamisó” el túnel a través del cual se sacaría a los hombres utilizando una cápsula con capacidad para una persona ideada por el ingeniero Alejandro Poblete Villablanca. La llamaron “Fénix”, como el ave que resurge de sus cenizas, como los propios mineros.

La madrugada del 13 de octubre comenzaron a salir, uno por uno, izados en la cápsula. Afuera se había montado un operativo monumental para transmitir el espectáculo, con cámaras de televisión que transmitieron minuto a minuto, vía satélite, el suceso. Se calcula que fue uno de los acontecimientos mediáticos con mayor cobertura de la historia, con alrededor de 1.300 millones de espectadores que lo siguieron en vivo y en directo. La “Operación San Lorenzo” sigue siendo el mayor rescate exitoso de la historia de la minería mundial, sin que se lamentara un solo muerto. Es un caso único.

Pero a la alegría por haber salvado la vida le siguió la desazón. Durante el largo tiempo que estuvieron atrapados en el fondo de la mina San José, los mineros recibieron todo tipo de promesas: desde pensiones vitalicias por parte del Gobierno hasta viajes con sus familias a los complejos turísticos más sofisticados del mundo. Ninguna de esas promesas se cumplió.

No solo eso, también se sintieron utilizados y estafados: se escribieron libros y se hicieron documentales y películas de ficción con la tragedia que debieron vivir sin que recibieran nada a cambio. “Nos ofrecieron grandes proyectos, pero esas cosas se hacen con abogados, uno solo no puede hacer nada, no tiene las facultades, y eso nos llevó a ser engañados, a quedar con las manos vacías. A diez años seguimos tratando de recuperar nuestra dignidad, nuestros derechos”, se quejó en 2020 uno de los mineros rescatados, Luis Urzúa. Habían cedido sus derechos a los abogados Remberto Valdés y Fernando García, que negociaron los contratos para la realización de la película y de un libro y, finalmente, se quedaron con todas las regalías.

Habían sido recibidos como héroes, pero muchos de ellos no tardaron en convertirse en parias, porque ninguna otra empresa minera quiso contratarlos por temor a que promovieran mayores exigencias en materia de seguridad. “Los dueños o los gerentes de las empresas piensan que nosotros, los 33, vamos a ser una molestia, una pulga en la oreja por el tema de la seguridad, porque si no se cumplen las medidas, tenemos llegada con los medios de comunicación, con las autoridades… entonces eso nos juega en contra», explicó al cumplirse diez años del rescate Omar Reygadas, que nunca volvió a bajar a una mina y se reconvirtió como conductor de camión para una empresa de transportes.

Muchos quedaron con graves secuelas psíquicas, por las que tampoco fueron compensados. Luis Sepúlveda describió en una entrevista con la BBC Mundo sus sufrimientos, que son similares a los que padecen algunos de sus compañeros. “Despierto. Duermo poco. A veces me veo en la mina, tirado en el lugar donde estaba. Eso te pone mal. A veces me da miedo ir a acostarme, siento que no voy a despertar más”, relató.

Recién en septiembre de 2023, casi 13 años después del rescate, 31 de los 33 mineros le ganaron un juicio al Estado chileno, que fue condenado a pagarles 46.000 dólares a cada uno. Raúl Bustos y Juan Illanes fueron quienes no decidieron sumarse al reclamo. El primero consideró que el juicio debía ser contra la minera y no contra el Estado, mientras que el segundo aseguró que él ya estaba “en otra parada”.

En cambio, el presidente Sebastián Piñera, el mismo que intentó declararlos muertos y suspender las tareas de salvamento apenas dos días después del derrumbe, fue uno de los mayores beneficiados. La “Operación San Lorenzo” impulsó fuertemente su popularidad, consolidando uno de los momentos más emblemáticos de su primera administración. Una encuesta realizada por el diario chileno La Tercera pocos días después del rescate reveló que el 62% de los encuestados consideraba que su imagen había mejorado gracias a esa operación que, en realidad, no había querido hacer.