
El desarrollo de Vaca Muerta transformó a la Argentina en uno de los exportadores energéticos de mayor crecimiento en el mundo. En el primer semestre de 2026, el superávit en la balanza comercial de combustibles y energía alcanzó los USD 5.076 millones, un salto del 61,7% frente al mismo período del año anterior, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Las proyecciones son todavía más ambiciosas: un informe privado estima que ese saldo podría escalar a USD 13.600 millones al cierre del año. El problema es que la Argentina carece de la infraestructura de transporte, almacenamiento y exportación que exigirá una mayor producción hidrocarburífera, y tampoco tiene salida directa al Océano Pacífico, el camino más corto hacia los mercados asiáticos que hoy concentran la mayor demanda global de energía. Justo ahí es donde podría entrar Chile.
Ximena Rincón llegó a Buenos Aires esta semana como parte de la delegación chilena para participar en la X Mesa de Diálogo del Siesur (Sistema de Integración Energética del Sur), el foro regional apoyado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que reúne a los ministros de energía de la Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia con el objetivo de expandir las transferencias eléctricas entre países y trazar un plan de acción conjunto para 2026-2027.
Lleva poco más de cinco meses al frente del Ministerio de Energía del gobierno de José Antonio Kast y, en ese tiempo, visitó Vaca Muerta junto al canciller Francisco Pérez Mackenna, se reunió con el ministro de Economía Luis Caputo y mantuvo contacto permanente con el secretario de Coordinación de Energía y Minería, Daniel González. En diálogo exclusivo con Infobae, detalló el estado de las negociaciones y su visión sobre lo que ambos países pueden construir juntos.

— ¿Qué puede ganar cada país con un acuerdo de integración energética?
— Chile y Argentina juntos serían dinamita. La Argentina tiene una riqueza enorme en materia de gas natural e hidrocarburos, y nosotros tenemos infraestructura para la salida de esos recursos al Pacífico. Pero además podemos poner nuestra energía renovable en Argentina. Es un win-win desde todo punto de vista. La pregunta es si somos capaces de construir un acuerdo de integración energética —ya no solo minero, ya no solo de cooperación— para aprovechar los recursos que existen en ambos lados de la cordillera.
— ¿Cómo sería ese acuerdo en términos concretos?
— Lo primero es darle un marco jurídico, porque eso da certeza. Un acuerdo binacional como el que tenemos en materia minera permite planificación, certeza y un apoyo recíproco que hoy es fundamental. Argentina acaba de destrabar una norma que prohibía ciertas ventas fuera del territorio nacional. Se entiende esa norma en un contexto donde no tenían disponibilidad de recursos, pero hoy tienen recursos para 200 años. Eso liberaliza la posibilidad de comercializar. Y un acuerdo de integración que pase por la validación de los parlamentos —como lo hicimos en materia minera— es el escenario deseable.
— Chile tiene la terminal de GNL Quintero. ¿Qué rol jugaría en este esquema?
— GNL Quintero son además socios de los argentinos. Entonces hay que articular con Codelco, con ENAP, con GNL Quintero, con todos los actores de allá y con los actores políticos que conocen la importancia del desarrollo productivo en esos territorios. Una parte del gas se queda en Chile y otra parte sigue camino, pero para eso se necesita almacenar, disponer y embarcar. Eso crea negocio, crea oportunidad. Esa infraestructura ya existe en Chile. De hecho, estamos trabajando con los alcaldes de Concón, Quintero y Puchuncaví para pensar una estrategia de desarrollo a largo plazo, en asociación público-privada, donde las empresas sean socias del territorio. Allá hablan de zonas de sacrificio: nosotros queremos hablar más de eso.

— Los cortes de gas de mediados de los 2000 dejaron una marca en Chile. ¿Cómo se reconstruye esa confianza?
— Eso tiene que ser una lección aprendida. Por eso son tan importantes los acuerdos bilaterales que den soporte de los Estados a los acuerdos entre privados. Lo que ocurrió en esa historia no tan lejana tiene que ser un ejercicio de aprendizaje, de entender lo importante que es respetar los compromisos. Hoy el escenario es distinto: está Vaca Muerta. Pero como no necesariamente las condiciones objetivas son las que crean realidad, tener un tratado con penalidades y un marco jurídico que permita pactar y lograr acuerdos firmes habla de un espacio diferente. Una integración energética con Argentina puede significar que la energía baje de precio para los chilenos, y eso es una buena noticia. Porque hoy la energía no es un elemento más: es habilitante de todo. En salud, en educación, en desarrollo productivo, en inteligencia artificial. Sin energía las cosas no pasan.
Relación bilateral
El vínculo de ambos países tiene larga data. El Tratado de Integración y Complementación Minera, firmado en diciembre de 1997 por Carlos Menem y Eduardo Frei —y relanzado este año—, sobrevivió 17 cambios de gobierno entre ambos países sin interrupciones y hoy respalda una cartera de inversiones conjunta superior a los USD 20.700 millones en proyectos de cobre, oro y litio a lo largo de los 6.691 kilómetros de frontera compartida en la Cordillera de los Andes.
Es, además, el único instrumento jurídico de este tipo en el mundo: ningún otro par de países vecinos habilitó la explotación minera binacional en la propia zona de frontera.
La propia Rincón integró el equipo técnico que negoció ese acuerdo hace casi tres décadas, al inicio de su carrera como abogada. Hoy, ese tratado minero es el modelo sobre el que ambos gobiernos quieren construir algo más amplio: un acuerdo de integración energética con respaldo parlamentario, penalidades y certeza jurídica para los contratos privados, que incluya garantías para evitar que se repitan los cortes de gas que marcaron la relación bilateral a mediados de los 2000.
— Argentina empieza a desarrollar su industria minera con fuerza. ¿Chile lo ve como una amenaza?
— Soy amiga de la competencia, porque cuando no la hay no existe ningún incentivo a mejorar ni a ser más productivo. Chile es un país minero, ha sido muchos años eminentemente minero, tiene grandes reservas aún en litio, las mejores sin lugar a duda. Y creo que la competencia le hace bien, porque lo dinamiza, lo activa, lo alerta. En materia minera, Chile exportó al mundo su conocimiento y sus capacidades técnicas. Que Argentina se desarrolle en ese sector, bienvenido sea.
— El gobierno de Kast acaba de tomar una decisión histórica respecto a Codelco. ¿Qué implica?
— Por primera vez en la historia, todas las utilidades de Codelco van a ser reinvertidas en la empresa. Eso no había sucedido nunca: los dividendos los recolectaba el Estado y no se quedaban en inversión. Para una empresa, eso tiene un costo muy grande. Desde el punto de vista de la mitología política, algunos podían pensar que el ideario del presidente Kast era privatizar Codelco. Esta decisión va exactamente en el sentido contrario: apuesta por la empresa para sacarla adelante, pagar la deuda que tenía, reactivarla, invertir en capital humano. Es como YPF.
— ¿La confluencia política entre los gobiernos de Kast y Milei facilita este tipo de acuerdos?
— Las personas y las comunidades no son ideológicas. Si se mira el porcentaje de militancia en cualquier país, es bajísimo. La ciudadanía quiere que los problemas se resuelvan, que existan proyectos. No les importa quién lo haga, lo que les importa es que se haga. Lo que el presidente Kast nos señaló es que tenemos que resolver los problemas, agilizar los proyectos, avanzar sin excusas. En Chile hablamos de “permisología”; acá tienen un ministro de Desregulación; la ministra de Uruguay habla de destrabar nudos. Es algo que atraviesa a todos. Si hay suficiente conciencia de la importancia de resolver esos problemas, puede haber un cambio que beneficie a todos los países. Pero nadie dice que va a ser para siempre, porque tenemos una ciudadanía que demanda que las promesas se cumplan.













