Dolores Covacevich, magíster en Género y Políticas Públicas y especialista en Sexualidad, sostiene que el deseo no desaparece con la vejez, pero puede quedar limitado por prejuicios que asocian el envejecimiento con deterioro, dependencia y falta de atractivo. Su planteo ubica al edadismo como una barrera que condiciona tanto la mirada social como la forma en que las propias personas mayores reconocen y expresan sus vínculos, su intimidad y su autonomía sexual.
“Cuando pensamos en sexualidad, pocas veces imaginamos a una persona de 70, 80 o más años como sujeto de deseo. Podemos imaginar fácilmente a una persona joven teniendo una cita, enamorándose, teniendo relaciones sexuales o utilizando una aplicación para conocer a alguien. Pero cuando esa misma persona envejece, nuestro imaginario parece hacer un pequeño cortocircuito”. sostiene la especialista.
La especialista cuestiona la idea de que la juventud concentra la belleza, la vitalidad y el deseo, mientras que las edades avanzadas quedan reducidas a pérdidas físicas o a la cercanía de la muerte. “Esa fecha no está escrita en nuestros cuerpos, sino en los estereotipos que construimos en torno a las edades”, plantea.

Los cambios corporales, los dolores, las necesidades de cuidado y las consultas médicas forman parte del paso del tiempo, pero no agotan la experiencia de envejecer. Para Covacevich, esa etapa también puede incluir aprendizajes, vínculos nuevos, otras formas de habitar el cuerpo y modos distintos de construir intimidad.
El edadismo puede convertir el deseo en una forma de autocensura
Covacevich advierte que las personas mayores suelen quedar fuera del imaginario social como sujetos deseantes. Esa exclusión no se expresa solamente en comentarios que consideran inapropiado que alguien mayor inicie una relación, tenga citas o exprese interés sexual: también define qué vínculos se juzgan legítimos según la edad de quienes los protagonizan.
“Envejecer también puede implicar transformaciones, aprendizajes, nuevos vínculos, otros modos de habitar el cuerpo, nuevas formas de intimidad y posibilidades que antes no estaban presentes. No se trata de negar las pérdidas, sino de evitar que las pérdidas sean la única manera de narrar la vejez”, afirma.

“Y esas posibilidades tampoco están distribuidas de la misma forma para todas las personas. La manera en que llegamos a la vejez está atravesada por condiciones sociales, económicas, de género, de orientación sexual, de identidad de género, de discapacidad, de territorio y de redes de apoyo. Por eso, hablar de una vejez posible también implica preguntarnos para quiénes están realmente disponibles esas posibilidades”, agrega.
La especialista señala que el edadismo reúne estereotipos, prejuicios y discriminaciones vinculadas con la edad, mientras que el viejismo concentra esas representaciones negativas sobre la vejez. Ambas miradas pueden manifestarse mediante infantilización, paternalismo, invisibilización de decisiones personales y desexualización.
“El edadismo refiere a los estereotipos, prejuicios y formas de discriminación construidos en torno a la edad. No afecta exclusivamente a las personas mayores: también puede utilizarse para deslegitimar a las personas jóvenes”, sostiene.
“El viejismo puede operar socialmente, a través de las instituciones, los medios, los vínculos y las representaciones culturales, pero también puede ser internalizado por las propias personas mayores, que pueden reproducir sobre sí mismas o sobre otras personas mayores las ideas y mandatos negativos asociados al envejecimiento”, afirma.

Covacevich explica que los mandatos sociales pueden incorporarse a la percepción individual: “La desexualización no siempre necesita ser impuesta explícitamente desde afuera: puede convertirse también en una forma de autocensura”.
Una mujer mayor puede enfrentar mandatos de belleza y juventud que no recaen de igual modo sobre un varón de su edad. Las personas mayores LGBT+ pueden cargar con trayectorias de invisibilización y discriminación, mientras que quienes tienen discapacidad pueden ser vistas antes desde la dependencia y los cuidados que desde su capacidad de decidir y desear.
“Por eso necesitamos una mirada interseccional: la edad no opera sola”, afirma Covacevich. La posibilidad de construir intimidad, ejercer la sexualidad y ser reconocida como una persona deseante depende de esas condiciones sociales y materiales.
La intimidad no se reduce a las relaciones sexuales
Para Covacevich, después de los sesenta años no comienza una sexualidad ajena a la historia previa ni termina la que existía antes. Se transforma junto con las biografías, los cuerpos, los vínculos, los deseos y las condiciones de vida.
“La sexualidad tampoco aparece de repente en la juventud ni desaparece con la vejez. Se construye y reconstruye a lo largo del curso de vida, atravesada por aprendizajes, mandatos, experiencias, vínculos, desigualdades y transformaciones sociales”, agrega.

“Y en este punto aparece una cuestión clave: muchas veces ni siquiera pensamos en nosotros mismos como personas que podemos envejecer, como si la vejez fuera siempre algo que les sucede a otros. Sin embargo, envejecer forma parte del curso de la vida y constituye una posibilidad que nos interpela desde que nacemos, aunque no todas las personas tengan las mismas oportunidades de llegar a edades avanzadas”, sostiene.
La especialista enumera formas diversas de vivir esa dimensión: puede haber pareja, encuentros sexuales, masturbación, fantasías, afectos, exploraciones o nuevas modalidades de contacto. El conflicto aparece cuando una experiencia juvenil, heterosexual y centrada en determinados cuerpos se convierte en la medida con la que se evalúan todas las demás.
“Una sexualidad diferente no es necesariamente una sexualidad menor”, sostiene. Bajo esa perspectiva, los cambios no deberían interpretarse de forma automática como pérdidas.
La intimidad, agrega, comprende afecto, confianza, conversación, cuidados, deseo, contacto y formas de compartir. Una persona que se enamora tras una separación, una viudez o muchos años de pareja no reemplaza necesariamente a alguien: construye un vínculo desde una trayectoria distinta.
Covacevich remarca que la autonomía sexual no depende únicamente de una decisión individual. Las redes familiares y sociales, la privacidad, la movilidad, los recursos económicos, los espacios de encuentro y el reconocimiento social condicionan la posibilidad real de establecer relaciones.
La especialista plantea: “No alcanza con decirle a alguien ‘sé libre’ si no cuenta con recursos, privacidad, movilidad, redes, espacios de encuentro o reconocimiento social”.
El Día Internacional de las Personas Mayores, que se conmemoró el 1 de octubre, ofreció para Covacevich una oportunidad para debatir qué lugar ocupan el deseo, el placer, los vínculos y los derechos sexuales en las edades avanzadas. “Hablar de sexualidad en la vejez no es solamente hablar de sexo”, concluye.













