
En 1891, luego de la crisis provocada por el colapso del régimen de Bancos Garantidos, que sacudió los cimientos del sistema financiero inglés y llevó a la banca Barings al borde de la quiebra, el periodista escocés William R. Lawson, columnista de la influyente revista Bankers Magazine, acuñó una expresión para describir cómo funcionaba el sistema financiero argentino: el gaucho banking.
Según Lawson, el gaucho banking era para las finanzas lo que el populismo era para la política. Los préstamos no se otorgaban a quienes tenían mejor crédito, sino a quienes tenían mejores contactos en el gobierno. Mediante una contabilidad creativa, se escondían las pérdidas y, cuando la crisis estallaba, el Estado salía al rescate.
Lamentablemente, el gaucho banking ha sido y sigue siendo un rasgo característico de nuestra organización monetaria y bancaria: la simbiosis tóxica entre el poder político de turno, la discrecionalidad regulatoria y un sistema bancario cautivo, utilizado como herramienta de financiamiento espurio, amiguismo y expansión artificial del crédito.
La larga historia
En su monumental estudio sobre la historia financiera argentina de principios del siglo XX, Gerardo Della Paolera y Alan M. Taylor demostraron que el gaucho banking distaba de ser la anécdota ocurrente de un periodista inglés. Mostraron cómo este peculiar modelo de organización bancaria explicaba no solo la crisis de 1890, sino también la de principios de la década de 1930, que puso fin definitivo al régimen del patrón oro. Luego, en Gaucho Banking Redux, argumentaron que el mismo problema había contribuido al colapso de la Convertibilidad en 2001.
Este peculiar modelo de organización bancaria explicaba no solo la crisis de 1890, sino también la de principios de la década de 1930, que puso fin definitivo al régimen del patrón oro (Della Paoelera y Taylor)
Para analizar la mecánica de estas crisis, Della Paolera y Taylor distinguen entre dinero externo (outside money) y dinero interno (inside money). Bajo la Convertibilidad, el primero era la base monetaria emitida por el BCRA y convertible en dólares; el segundo, los depósitos creados por los bancos y convertibles en efectivo. La reserva fraccionaria permite multiplicar esos depósitos, pero, si esa expansión se apoya en la extensión de préstamos incobrables, una pérdida de confianza puede provocar una corrida bancaria y, luego, una pérdida de reservas.

La dolarización suprime la convertibilidad externa: la base monetaria es el propio dólar y el Estado no puede emitirlo. No elimina el dinero interno, la reserva fraccionaria ni el riesgo crediticio; por lo tanto, no impide por sí sola una crisis bancaria.
La tesis de Della Paolera y Taylor es que la Argentina ha tendido históricamente a imponer anclas cambiarias rígidas mientras deja intactos el desorden de su sistema financiero y las presiones fiscales subyacentes. A fines de 1929, el gobierno suspendió la convertibilidad con el oro. El rescate y saneamiento de los bancos, asfixiados por créditos incobrables, culminó en 1935 con la creación del Banco Central y del Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias.
A fines de 1929, el gobierno suspendió la convertibilidad con el oro. El rescate y saneamiento de los bancos, asfixiados por créditos incobrables, culminó en 1935 con la creación del Banco Central y del Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias
En 2001, la película se repitió, pero con un agravante que Della Paolera y Taylor documentan en detalle: el uso de la banca pública como ariete y arma política deliberada.
No se trató únicamente de un gobierno nacional drenando la liquidez del sistema y forzando a los bancos a absorber deuda soberana. Existió, en paralelo, una auténtica “guerra fiscal de desgaste” librada desde las provincias. En particular, la gobernación de la provincia de Buenos Aires, en manos del peronismo, utilizó al Banco de la Provincia de Buenos Aires (BPBA) como una herramienta para erosionar la integridad del régimen de convertibilidad, con una expansión masiva de crédito a clientes con baja capacidad de repago, pero vinculados al directorio (crony lending).
El balance del BPBA se convirtió en una bomba de tiempo financiera que contribuyó a socavar la posición del gobierno nacional y a quebrar el régimen de Convertibilidad. La posterior emisión de cuasimonedas -los patacones- agravó la fragmentación monetaria y permitió eludir, desde adentro, la restricción impuesta por la Convertibilidad.

Reelaborado en términos modernos, el gaucho banking descansa sobre tres pilares:
- Politización de la asignación del crédito bancario: el capital no fluye hacia proyectos productivos solventes, sino hacia proyectos impulsados por “amigos del poder” o sectores protegidos cuya capacidad de repago es dudosa.
- Fragilidad estructural de la convertibilidad interna: la ilusión de computar activos de dudosa calidad crediticia a su valor nominal, preparando el terreno para una crisis de confianza.
- Riesgo moral estructural: la expectativa de que, ante la acumulación de préstamos incobrables en sus balances, los bancos serán “rescatados” por el banco central mediante emisión monetaria o pesificación forzosa.
Puede ocurrir que la acumulación de malos préstamos simplemente refleje la incapacidad de los bancos para evaluar bien el perfil crediticio de sus clientes. En este caso, no hay asignación del crédito por razones políticas. Sin embargo, el gaucho banking emerge cuando los bancos piden un salvataje con fondos públicos o, por presiones políticas, el gobierno decide rescatar a los deudores morosos.
¿Por qué esta discusión es relevante hoy?
Aunque el sistema mantiene niveles de capital y previsiones elevados, ya empiezan a escucharse en los medios opiniones respecto de que el gobierno o el Banco Central deben “hacer algo” para aliviar a los deudores que no pagan. El gaucho banking no es solo la politización en el otorgamiento del crédito, sino también la politización de su recupero. Es decir, el rescate con fondos públicos de créditos incobrables.
El gaucho banking no es solo la politización en el otorgamiento del crédito, sino también la politización de su recupero
Ceder al canto de esta sirena es el verdadero peligro. Cada vez que la política cede a la tentación de usar al Banco Central como un amortiguador social para rescatar deudores o subsidiar tasas, se reedita exactamente la lógica del gaucho banking. Cuando la morosidad sube, el mercado envía una señal transparente sobre la solvencia real y la capacidad de repago. Pretender anular esa señal mediante intervenciones discrecionales o flexibilizaciones políticas no resuelve el problema: traslada las pérdidas patrimoniales al balance del Banco Central, destruye la disciplina de mercado y siembra la semilla de una nueva crisis bancaria.

A esto se agrega la reciente decisión del BCRA de autorizar a los bancos a extender préstamos en dólares. Se supone, quizás, que su expansión contribuirá a reactivar la economía (¿y a generar una oferta de dólares cautivos?). El problema con esta medida es que el dólar no tiene el mismo estatus legal que el peso.
Para tener un sistema bancario bimonetario como el de Perú o Uruguay es necesario, como mínimo, eliminar el código penal cambiario y todas las restricciones a los movimientos de capitales. Idealmente, también habría que otorgarle curso legal al dólar, o al menos permitirles a los contribuyentes pagar sus impuestos en dólares. Caso contrario, ante el primer cimbronazo cambiario, esta seudodolarización puede terminar mal y generar presión política para un rescate de los deudores.
Para tener un sistema bancario bimonetario como el de Perú o Uruguay es necesario, como mínimo, eliminar el código penal cambiario y todas las restricciones a los movimientos de capitales
Aún más preocupante es la idea de que las provincias tengan un lugar en el directorio del BCRA. Sería una mala copia del sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos. Otra instancia de la afición argentina que Juan Bautista Alberdi tanto criticaba: copiar modelos foráneos sin tener en cuenta la realidad local.
El gaucho banking prospera más fácilmente cuando existe una moneda blanda y, por lo tanto, la expectativa de rescate estatal es más probable si hay suficiente presión política. Si bancos y deudores suponen que las pérdidas podrán socializarse mediante emisión, inflación, devaluación o pesificación, aumentan los incentivos para prestar y endeudarse mal.

Una dolarización oficial cerraría la vía ordinaria de esos rescates monetarios, endurecería la restricción presupuestaria y obligaría a financiar cualquier salvataje con impuestos o deuda explícita. Esto quizá explique por qué tantos banqueros locales se oponen a ella, a pesar de que, a mediano y largo plazo, les permitiría multiplicar su escala entre cuatro y cinco veces.
Ecuador, con un PBI equivalente al 20% del de la Argentina, tiene un sistema bancario que le presta al sector privado prácticamente lo mismo que el sistema bancario argentino (en pesos).
Intermediar una moneda buena siempre es mejor que intermediar una moneda mala, pero exige un modelo de negocios distinto, basado en el análisis de crédito y la calibración del riesgo
Intermediar una moneda buena siempre es mejor que intermediar una moneda mala, pero exige un modelo de negocios distinto, basado en el análisis de crédito y la calibración del riesgo, no en arbitrar a sus depositantes y el balance del BCRA.
Pero una dolarización oficial no eliminaría la posibilidad de insolvencia de algún banco o de una corrida bancaria. Debe complementarse con requisitos estrictos de capital y liquidez, información transparente y una banca pública que se ajuste a los mismos criterios que el sector privado. No garantiza que no haya crisis, pero hace que el gaucho banking sea mucho más difícil y que el costo de cualquier rescate bancario sea más transparente y visible.
El autor es Economista e historiador. Esta columna fue publicada en el Blog del Libro Dolarización: Una solución para la Argentina














