Con solo 19 años, Matías Islas dirige un negocio de compraventa de relojes y antigüedades que comenzó en la feria de San Telmo. En una entrevista con Infobae a las Nueve, contó cómo empezó a vender de adolescente, cómo llegó a operar piezas de lujo y qué cuidados toma ante las falsificaciones.
“El artículo de lujo es un nicho muy lindo porque pasás a entender cómo es que una persona paga 200 mil dólares un reloj. Y hay gente que paga 2 millones de dólares, es una locura verlo. Es algo mucho más común de lo que uno cree”, definió en una charla con el equipo integrado por Gonzalo Sánchez, Tatiana Schapiro, Ramón Indart y Cecilia Boufflet.
Matías Islas repasó el origen de su vocación: “Esto arranca a los catorce o quince años. Mi vieja me dijo: ‘Juntemos los juguetes, vamos a regalarlos o donarlos’. Pero yo decidí venderlos. En San Telmo hay mucho turismo y mucha rotación, así que vendí todo y junté quinientos dólares”.
Según su relato, el entonces adolescente le gustó tener su propio dinero. Por eso, reinvirtió ese primer capital en la compra de otros objetos, hasta que llegó a las antigüedades, tras buscar oportunidades en barrios y ferias del conurbano bonaerense.
“Vi que en San Telmo todos vendían antigüedades y que no había gente joven en el rubro. Dije: ‘Acá puedo hacer diferencia’. Empecé a comprar y vender de todo, desde camisetas de fútbol hasta álbumes de postales. Me di cuenta de que cuanto más sabía, más podía ganar”. La experiencia de recorrer ferias y negociar con comerciantes lo llevó a especializarse en arte, relojes y piezas de colección.
El salto digital fue decisivo. “Yo era muy anticuado en la parte del comercio, lo ejercía de una forma muy clásica. No usaba nada digital. Pero cuando empecé a juntarme con gente joven que hacía comercio electrónico, entendí que el negocio estaba en las redes. Hoy la mayoría me conoce por lo que muestro en Instagram y TikTok”, relató.
En este marco, su exposición viral le permitió construir una comunidad y ampliar la cartera de clientes: “Mucha gente me viene a vender y también a comprar. Me centro más en la venta en redes y en la compra con comerciantes”.

Las ganancias y los riesgos
El joven empresario detalló cómo evolucionó su negocio, ubicado en Perón 1111, hacia la alta relojería. “El primer reloj lo vendí a los 15 años, pero recién el último año me metí de lleno. Hay que tener presupuesto, no podés arrancar con 500 dólares”, contó. Puntualmente, mencionó que su mayor venta fue un reloj Paul Newman en más de 200 mil dólares. “Fue una operación entre varios comerciantes, cada uno puso algo: el contacto, el cliente, la plata. Lo importante fue ver ese reloj, para mí fue una locura”, describió.
Islas profundizó sobre el riesgo de falsificaciones en el sector, y aclaró que trabaja con un “taller propio con cuatro relojeros que se dedican a diferenciar originales de falsos”. “Es el 90% de su tarea. Hay papeles truchos, sellos originales, máquinas iguales a las de fábrica. Es difícil darse cuenta. Hay relojes que se compran por 10 mil dólares y resultan valer cero”, ilustró.
La rentabilidad varía según la pieza y el canal de venta: “Hoy el ticket promedio de lo que vendo son 2 mil dólares, pero tengo relojes de 100 hasta 300 mil dólares. Tengo licencia oficial para vender marcas como Citizen. Un Rolex, por ejemplo, arranca en 2500 dólares y lo que más se vende son los de acero, que vuelven a estar de moda”.
El mercado relojero
Consultado sobre el perfil de sus clientes, Islas afirmó: “Cuando uno compra un reloj de alta gama hace una inversión, no solo por gusto, sino como resguardo de valor. Hay que tener mucho cuidado dónde se compra. En los freeshop, por ejemplo, el mismo modelo puede costar el triple que en mi oficina. Yo vendo nuevos y usados, siempre con documentación”.

El joven empresario reconoció que el mercado argentino tiene características propias: “No hay tanto mercado de relojes robados como antes, porque tienen una línea de rastreo muy grande. El mercado nacional es chico y si te roban un reloj, es fácil de localizar”.
Sobre el significado del reloj para quién lo usa, reflexionó: “Habla de la cultura de la persona. Es como el que compra una obra de arte o una escultura: depende de la educación en el tema. Hay quienes compran en shopping y después descubren que vale mucho menos”.
Por último, Islas también se refirió a su popularidad inesperada: “Nunca pensé en ser un personaje de redes. La diferencia es que yo hablo de lo que sé y la gente lo nota. Antes, el cliente no preguntaba quién era el vendedor; ahora, un pequeño porcentaje compra porque le caigo bien, pero la mayoría sigue eligiendo por la pieza”.
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