
Una simulación por computadora descartó que la marca azul en el pecho izquierdo de Betsabé, en el famoso cuadro de Rembrandt, sea producto de un cáncer de mama, aunque el debate médico sobre la obra lleva más de cuatro décadas abierto y otras hipótesis todavía compiten por explicar la anomalía.
En 1983, los cirujanos P. A. Braithwaite y D. Shugg analizaron Betsabé con la carta del rey David —terminada por Rembrandt Harmenszoon van Rijn en 1654 y conservada en el Museo del Louvre de París— y publicaron una hipótesis que cruzó el arte con la medicina: las alteraciones visibles en el pecho izquierdo de la figura femenina podrían ser compatibles con un cáncer de mama. La coloración azulada en la parte inferior del seno y una hinchazón perceptible bajo la axila izquierda fueron los elementos que sustentaron su lectura clínica.
Desde entonces, el cuadro se convirtió en un símbolo recurrente de la enfermedad y fue citado en publicaciones oncológicas de todo el mundo. La hipótesis ganó peso adicional por la identidad probable de la modelo: Hendrickje Stoffels, compañera del pintor, cuya representación corporal el artista habría tomado del natural con la minuciosidad característica del realismo barroco neerlandés.

Las simulaciones de la Universidad de Twente pusieron en duda la teoría del tumor
Investigadores del instituto MIRA de la Universidad de Twente decidieron someter la hipótesis a una prueba computacional. Simularon millones de fotones con distintas longitudes de onda que incidían sobre un pecho con tumor y analizaron cuántos regresaban y qué color percibiría el cerebro humano a partir de esa luz.
El proceso de cálculo demandó 700 horas de analisis mediante computadoras. El resultado fue concluyente: una coloración azul de esas características solo podría producirse si el tumor estuviera ubicado entre uno y tres milímetros bajo la superficie de la piel. En la práctica, los tumores mamarios se desarrollan a una profundidad considerablemente mayor, y a esas profundidades no generan alteración alguna del color superficial. Los investigadores concluyeron que era “muy improbable” que la pigmentación registrada por Rembrandt tuviera su origen en un carcinoma.
Otras enfermedades también fueron propuestas para explicar la anomalía
Antes de que la Universidad de Twente publicara sus simulaciones, otros especialistas ya habían cuestionado el diagnóstico de cáncer por razones clínicas. Hendrickje Stoffels sobrevivió casi diez años después de que se pintara el cuadro, una trayectoria difícil de conciliar con un cáncer avanzado sin ningún tipo de tratamiento eficaz disponible en el siglo XVII.

En 2000, el oncólogo R. G. Bourne propuso como alternativa una mastitis tuberculosa o un absceso asociado a la lactancia. Otros investigadores señalaron una mastitis vinculada al embarazo. Y en 2020, el especialista vascular Paolo Zamboni planteó en su estudio la enfermedad de Mondor, una tromboflebitis superficial que afecta los vasos linfáticos y venosos de la mama y que sí podría generar una coloración visible en la superficie de la piel.
Rubens también plasmó signos similares en tres cuadros del Prado
El caso de Betsabé no es el único en la pintura barroca en el que los médicos han identificado posibles indicios de patología mamaria. Un artículo publicado en 2001 en Medicina Clínica por los investigadores Juan J. Grau, Miguel Prats y Matías Díaz-Padrón —este último del Museo del Prado de Madrid— analizó tres obras de Peter Paul Rubens conservadas en ese museo: Las tres Gracias, Orfeo y Eurídice y Diana y sus ninfas perseguidas por sátiros.
En Las tres Gracias, pintada hacia 1636, los autores describieron en la figura de la derecha una tumoración en el cuadrante superior externo del pecho izquierdo, con extensión hacia el hueco axilar, retracción del pezón y signos inflamatorios, elementos que consideraron compatibles con un cáncer localmente avanzado, estadio T4b o IIIb según la clasificación actual. Los investigadores destacaron que esa zona del cuadro, pintada sobre tabla, se conservaba en perfecto estado y que los restauradores no habían introducido cambios en el aspecto de la axila de la modelo.

El realismo barroco hace difícil separar el arte del testimonio
La polémica médica alrededor de estas obras está alimentada, en parte, por las propias convenciones estéticas del Barroco. Tanto Rubens como Rembrandt practicaban el realismo pictórico, una tradición en la que el artista buscaba reproducir con fidelidad lo que tenía ante sus ojos. Sus modelos eran personas reales, y sus cuerpos —con sus particularidades y asimetrías— quedaban registrados con una precisión que, siglos después, permite a los médicos especular sobre diagnósticos retroactivos.
Que Hendrickje Stoffels fuera realmente la modelo de Betsabé tampoco está confirmado con certeza absoluta, lo que introduce una variable adicional de incertidumbre. Lo que sí permanece es el debate: cuatro décadas después de que dos cirujanos australianos fijaran su mirada clínica sobre un lienzo del siglo XVII, la ciencia sigue sin cerrar el expediente.














