En la campaña presidencial de 1992, James Carville asesor de Bill Clinton acertó al poner letreros en todas las oficinas partidarias con la leyenda “Es la economía”, (agregándole una palabra poco amable) y razón tuvo, ya que a esa focalización le debe el triunfo en una campaña que se veía muy difícil, contra un presidente en ejercicio que además venía de ganar una guerra contra Sadam Husein.
Ahora, que el gobierno de Kast cumplió seis meses, quizás se debiera hacer algo parecido en la casa de gobierno, pero escribiendo “Es la geopolítica” (sin agregar ningún calificativo) ya que define no sólo las relaciones con EE. UU. sino también con el resto de Latinoamérica, incluyendo a la Argentina de Milei, donde postulo que lo más conveniente sería avanzar a la firma de un nuevo Tratado con Chile para prevenir conflictos futuros
Como opositor a Boric, José Antonio Kast tuvo éxito en dar en el blanco hasta que empezó a equivocarse después de haber ganado. Se adelantó al resto de los chilenos en su definición de los temas centrales de su campaña electoral y después de una derrota con Boric el 2021, fue electo presidente el 2025 con la mayor cantidad de votos de la historia. Además, por vez primera desde el retorno a la democracia, llegó a La Moneda un candidato que respaldó al general Pinochet. También, por vez primera un nuevo paradigma electoral ganaba, no sobre la base del Si y el No del plebiscito que en 1988 abrió paso a la democracia, sino una nueva mayoría con votaciones cercanas al referéndum que rechazó la constitución que quiso cambiar la historia de Chile.
Sin embargo, la coalición que entendió el cambio de Chile no lo ha hecho bien en el gobierno, y dado que no hay elecciones próximas, creo que se le abre la posibilidad de buscar un nuevo gran acuerdo nacional, imitando lo que Chile logró en su transición a la democracia.
Las dificultades actuales se iniciaron antes de asumir la presidencia, con el acto más personal de un presidente electo, como lo es la designación de su gabinete, y una vez en el gobierno, los errores no se han debido a una oposición fragmentada y confundida, sino que han sido, utilizando una expresión del tenis, errores no forzados, con un origen propio y no externo. Es lo que ha sido recogido por esta columna con los títulos de “El error de Kast” (25 de febrero) y “José Antonio Kast y los errores no forzados” (24 de mayo), es decir, ha caído en una situación habitual en la región, donde difícil ha sido transitar desde la campaña electoral a las demandas, realidades y dificultades de gobernar.
En una predomina el relato, la emoción y las promesas, en el otro, la búsqueda de las soluciones. Tan antiguo es que lo tenían claro los griegos en su edad de oro, toda vez que la política era entendida como un proceso, es decir, una pugna seguida de acomodamiento a una nueva realidad. Existían dos fases, la agonal (de argon, lucha) y la arquitectónica (de Arquitekton, construcción), y a la máxima autoridad política se la equiparaba a un timonel, cuya obligación era siempre conducir la nave del Estado a buen puerto, fuera en mar calmo o en tempestad.
En ningún caso es una situación exclusiva de Chile, ya que la exigencia para Kast es la misma que tienen todos aquellos recientemente electos en la región, sea Perú, Colombia, Honduras, Bolivia, como también quienes llevan un poco más de tiempo en Argentina o Ecuador, donde no basta con ser de derecha para tener un sucesor de la misma orientación, sino que para evitar fracasos y los bruscos cambios a un adversario, se necesita lo que no ha abundado en Latinoamérica, ser un buen gobierno, problema que hoy enfrenta Lula, quien de creerle a las últimas encuestas, podría ser reemplazado en Brasil por Flavio Bolsonaro, hijo de su predecesor, hoy encarcelado.
Ese es el desafío mayor para todos quienes hoy encarnan este masivo cambio en la región, gobernar bien, cumplir promesas, mejorar a sus países. Al respecto, creo que solo quienes lo hagan bien podrán entregarle la banda presidencial a alguien que quiera continuar lo hecho y no derribarlo todo, como por lo demás también ha pasado en EE. UU. con Biden y Trump.

En Chile, además, la alternancia no es un problema de estos últimos años, sino que tiene raíces profundas, ya que viene del siglo anterior, por lo que en solo en dos ocasiones, partidos y coaliciones pudieron tener varios gobiernos seguidos, los radicales bajo la constitución del 25 y la Concertación, bajo la del 80, gracias a que lo hicieron bien. En efecto, fueron excepciones, ya que sobresale la insatisfacción. A modo de ejemplo, fue la situación de 1946 a 1973, y entre 2020 a 2024, donde se convoca tanto a referendos como a elecciones locales, del congreso y presidenciales, entregando resultados opuestos en cada elección en relación con la anterior. Cuando la ley no ha permitido la reelección inmediata, han debido esperar el paso de un mandato para volver a ser gobierno, como ocurrió tanto con Piñera como con Bachelet
Algo más, en los últimos años se ha agregado una situación donde los electores demuestran tener muy poca paciencia a través del mundo, ni siquiera esperan los 100 días que popularizó Franklin Delano Roosevelt en los 30, sino que, por el efecto de las RRSS, se pierde con velocidad el apoyo, sobre todo, cuando han sido votos prestados en segunda vuelta. Para ejemplo, uno reciente fuera de la región, el Reino Unido, donde a pesar de su mayoría en el Parlamento, el gobierno de centro izquierda de Keir Starmer simplemente se desmoronó y debió renunciar.
Chile no ha entendido, ni con el gobierno de Boric ni con el actual de Kast, que la característica de los tiempos que vivimos es el predominio de la geopolítica, no solo bajo Trump, y no solo en los aranceles, ya que también estuvo detrás de la invasión de Ucrania por Rusia como también ha sido política oficial de China, desde que el tema fue impuesto por Xi Jinping en el Congreso XX del Partido Comunista en 2021 como también lo está en el actual en curso fijado para el segundo semestre de 2027.
También la geopolítica está detrás de las relaciones que EE. UU. está construyendo para la región, de lo cual son expresión la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y el Escudo de las Américas con su acento en la coordinación militar y policial, el control de las rutas del narcotráfico, la caracterización de los carteles como grupos terroristas, el intercambio de inteligencia. También lo es la forma veloz como se recuperó la relación privilegiada que Washington tuvo con Colombia hasta la elección de Petro, y, por cierto, la actual gira de Marco Rubio a Colombia, Ecuador y Perú, donde el tema fue reforzar temas de seguridad y narcotráfico, y donde queda claro la opción estadounidense, ya que fue a estos tres y ningún otro.
A Chile no solo le ha costado entender, sino también reaccionar a un escenario que puede seguir cambiando. Xi Jiping viaja a visitar a Trump el 24 de este mes, y después de Ormuz, uno de los temas va a ser el control o libre paso de los mares, por lo que los estrechos recobran o adquieren una importancia fundamental, existiendo un interés renovado en otros, como el de Bab el-Mandeb controlando el paso del medio oriente al mar Índico, como el de Malaca en Asia que es la ruta marítima más transitada del mundo, el de Bering que separa el continente asiático del americano, y por cierto, algo que Argentina tiene mucha mayor claridad que lo demostrado por Chile en estos días, el de Magallanes, que no lo olvidemos es el principal paso natural que conecta el océano Pacífico con el Atlántico. Agreguemos que la importancia de los pasos marítimos naturales y artificiales lo había dejado claro EE. UU. en la forma como recuperó el control del canal de Panamá, algo donde Chile debiera opinar más de lo que lo hace, ya que es uno de sus principales usuarios, donde también pasa buena parte de su comercio exterior, comercio del cual vive Chile, como país abierto que es.
El problema reciente para Chile es que Argentina puso en duda algo que no debió haber hecho, ya que el Estrecho de Magallanes le pertenece por completo a Chile, en cuanto a su soberanía y jurisdicción, de acuerdo con los dos tratados internacionales sobre los que se sostiene la relación entre ambos países, como lo son el Tratado de Límites de 1891 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Por lo demás, los presidentes Menem y Aylwin resolvieron 23 de los 24 puntos de conflicto fronterizo pendientes en el Acuerdo de Límites de 1991, enviando a arbitraje internacional el de Laguna del Desierto, resuelto a favor de Argentina en 1994.
Ahora, declaraciones de altos oficiales de la Fuerza Aérea y de la Marina argentina había sembrado dudas sobre la soberanía chilena en la boca del estrecho de Magallanes, lo que fue desafortunado, pero una conversación en Santiago entre Kast y Milei reafirmó la soberanía chilena, aunque no resuelve del todo el problema, creado por un decreto firmado por Alberto Fernández. Chile tuvo una actitud débil bajo Boric quien solicitó el reemplazo o modificación de ese decreto, lo que hasta ahora no se ha cumplido.

¿Por qué ha actuado así Argentina?
Porque periódicamente reaparecen actitudes y declaraciones donde Argentina es caracterizada como país bioceánico, cuando al menos en la relación con Chile ello quedó definitivamente descartado en 1891, con el tratado que fijaba el límite en “las más altas cumbres que dividían la separación de aguas”, es decir, Argentina en el Atlántico y Chile en el Pacífico.
Argentina ha entendido mejor que Chile el momento geopolítico que vive el mundo, y que le está abriendo la posibilidad de reponer el tema de la soberanía sobre las Malvinas, toda vez que al parecer EE. UU. estaría disponible para revisar su posición, en una reacción impulsiva de Trump, molesto por la actitud británica de falta de apoyo (al igual que otros países de la OTAN) en la guerra con Irán, además que tal como ha sido denunciado por altos oficiales en retiro en Londres, el Reino Unido no estaría en condiciones militares de enviar la flota al Atlántico sur, aunque así lo decidiera el gobierno.
Mi posición es que Chile y Argentina debieran negociar un Tratado para anticipar la resolución de conflictos futuros. A Argentina le conviene por el momento geopolítico que vive su política exterior, y a Chile también, ya que parece perdido, sin brújula y sin estrategia, salvo regresar a los 90 cuando predominaba el comercio, sin embargo, este le ha cedido protagonismo a otros elementos, como la geopolítica.
Chile y Argentina tienen una de las fronteras más extensas del mundo, y para crédito de ambos países, nunca han ido a la guerra, y han podido resolver pacíficamente sus diferencias. Más aún, a un ejército libertador que en 1817 cruzó en verdadera hazaña la Cordillera de los Andes desde Mendoza, Chile debe su independencia de España.
A los dos Tratados mencionados, el de 1891 y el de 1984, hay que sumar el acuerdo Menem-Aylwin para resolver los temas pendientes después del retorno de ambos a la democracia. Por ello, creo que si hay un nuevo Tratado este debiera anticiparse a conflictos potenciales, donde lejos el más importante es la futura renegociación mundial del Tratado Antártico que hace recobrar importancia geopolítica a los mares del sur del mundo.
Encontrar un marco que anticipe conflictos futuros es básico, porque hoy tanto Chile como Argentina plantean soberanía en ese continente, y ambos países, han hecho un gran esfuerzo invirtiendo al respecto, además que hacen figurar esos territorios en los mapas oficiales, a pesar de que ningún otro país les reconoce soberanía. De ahí la importancia de anticipar la resolución pacífica de conflictos, donde el tema antártico adquiere preferencia, ya que, si hoy se proyectan hacia allá, sus pretensiones se superponen unas ingresando al territorio pretendido por el otro.
Sin embargo, el desafío mayor lo tiene Kast a nivel interno, ya que quizás la incomprensión de los cambios que ha tenido el mundo es una expresión de un problema mayor, que es interno, consecuencia de un diseño político que fue muy útil para ganar la elección, pero hasta el momento, no lo ha sido para gobernar, lo que se refleja en las encuestas, que dan cuenta de la rapidez con la que esa inmensa votación que superaba la mitad se ha convertido en poco más del tercio, descenso que es atribuible a errores propios, incluyendo desorden en su sector político, al cual solo el presidente puede ponerle remedio, lo que hasta el momento ha preferido no hacerlo.
Se está dilapidando un momento extraordinariamente favorable por lo que se necesita un viraje, por un lado, una mejor comprensión del nuevo el escenario internacional y, sobre todo, en lo interno, Kast debe dejar de mirarse al espejo con dos imágenes que ya no son útiles como elemento de comparación, una es con Boric y su gobierno como dos extremos, y en el otro, con Piñera como alternativas dentro del sector de derecha.
Creo que lo que debe aspirar a compararse es con una experiencia exitosa, con el Chile de la transición que cambió positivamente y para mejor a Chile, transformándolo de ser uno del promedio a aquel que lideró a la región en indicadores de desarrollo social y de crecimiento económico.
A sus 40 años Boric va a ser nuevamente candidato presidencial, pero, los problemas que dejó pasaron a ser de Kast. En vez de una lectura reducida, Chile necesita un gran Acuerdo Nacional, que además ofrezca un horizonte de futuro para un gobierno que hoy no lo tiene, y que desafortunadamente demostró que no tenía un programa de soluciones, incluyendo aquel tema que le dio la mayor cantidad de votos como lo fue la seguridad y la lucha contra la delincuencia, donde además no hay soluciones fáciles o estas necesitan de varios gobiernos, por lo que se requiere de continuidad para avanzar en la solución.
La transición a la democracia tuvo éxito porque Chile fue capaz de consensuar temas que antes dividieron en dos al país. El escenario actual es bueno para otro gran Acuerdo Nacional, también con mayúscula, con solo dos objetivos que ni Chile ni ningún otro país latinoamericano ha conseguido simultáneamente, el primero es avanzar decididamente y sin complejos hacia ser un país desarrollado en lo económico, que en lo político lo que se pretende es una democracia de calidad, que siga las mejores políticas públicas, con instituciones que funcionen y al servicio de las personas.
En ese sentido, sólo la Democracia de los Acuerdos puede volver a cambiarle la fisonomía al país, tal como lo hizo el Chile de la transición, es decir retomar un camino que en líneas generales fue seguido hasta que la violencia que estalló en octubre del 2019, temporalmente descarrilara al país.
Kast puede hacer un viraje e incorporar a parte del centro político a una nueva propuesta, ya que tiene una experiencia donde fracasó, toda vez que, en el segundo intento de reforma constitucional, la victoria en constituyentes la obtuvo su partido, el Republicano. Sin embargo, la propuesta fue también rechazada por los votantes.
Ojalá no se repita esa experiencia. Chile necesita de un Acuerdo Nacional, no bastando para ello un solo sector. Para abordar un mundo cambiante, Chile necesita con urgencia una definición de la que carece sobre los intereses permanentes del país. La carencia chilena también es demostrada por la incapacidad del país para explicarle a EE. UU. que los intereses de Chile necesitan también de la relación económica que hoy tiene con China, su principal socio comercial y destino exportador.
Algunos de los problemas a solucionar llevan décadas, y le tocaron a este gobierno, de ahí la necesidad de no repetir el fracaso de la segunda propuesta constitucional. Por ello, el camino es insertarse de manera que el país salga ganador en el nuevo escenario internacional, dando un paso adelante para prevenir futuros conflictos con los vecinos, y a nivel nacional, avanzar decididamente en ofrecer a fuerzas políticas del centro un acuerdo para el futuro, que además coincide con uno de los cambios más profundos en la evolución de la especie humana, como es la IA.
Chile carece hoy de una visión de Estado de sus intereses, semejante a la que tuvo en los 90, donde la Democracia de los Acuerdos le permitió insertarse exitosamente en el mundo de aquel entonces. Lo mismo se debiera hacer ahora, ya que las banderas de la apertura comercial no entusiasman, cuando las reglas están siendo modificadas por la geopolítica y crecientemente, como todo, por la IA.
En cuanto a lo interno, no basta con recobrar la senda que conduce al desarrollo, ya que avanzar, al igual que en el tema de la delincuencia, se requiere más de un gobierno, además que no basta con pedir paciencia o más sacrificios, sino que se debe visualizar un horizonte de mayor trascendencia que sólo la “emergencia”.
Para un mundo de decisiones geopolíticas y de despliegue de la IA, se requiere ampliar la base, incorporar al centro, algo más que la guerra cultural o las disputas al interior de la siempre díscola derecha chilena, donde las victorias en las urnas necesitan de líderes que en la metáfora de Platón sean tejedores que entrelazan los diferentes hilos para un tejido común.
@israelzipper
Máster y PhD en Ciencia Política (U de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)













