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El abuelo, el padre, el hijo y la Copa: cómo Messi tendió el puente generacional más emotivo de la Argentina

Lionel Messi acompañó durante más de dos décadas a varias generaciones de argentinos y se convirtió en un puente entre padres, hijos, abuelos y nietos alrededor de la selección argentina. REUTERS/Carlos Barria

Durante más de dos décadas, Lionel Messi acompañó a distintas generaciones de argentinos y seguidores en todo el mundo. Desde quienes todavía lo comparaban con Diego Maradona hasta los chicos que aprendieron a mirar fútbol con él como única referencia.

El fútbol es una síntesis de íconos. Cada partido es un mojón en nuestra vida. Hay argentinos que recuerdan dónde estaban cuando Diego Maradona invocó la “mano de Dios” en México 1986. Otros tienen grabados los penales del Mundial Italia 1990. O la final de Brasil 2014 o la noche de Qatar 2022.

Para varias generaciones, en cambio, hay una secuencia distinta: Messi entrando a una cancha, Messi haciendo un gol, Messi levantando una copa, Messi renunciando a la selección, Messi volviendo. Y, finalmente, Messi escribiendo a mano que ya no jugará para la selección argentina.

Lionel Messi fue mucho más que un futbolista para varias generaciones de argentinos. Fue una referencia compartida entre padres, hijos, abuelos y nietos. Un personaje que atravesó conversaciones familiares, sobremesas, llantos sin consuelo, gritos de goles desde el alma, viajes como peregrinaciones, bares desbordados, escuelas con pantallas gigantes y reuniones maratónicas.

Su recorrido coincidió con buena parte de la historia política, económica y social de la Argentina reciente. La historia de Leo en la selección es un puente entre cuatro generaciones.

Un mural de Lionel Messi en las calles de Rosario no es solo pintura sobre concreto; es el abrazo eterno entre una ciudad y su hijo más ilustre.

Cuando Messi debutó en el Mundial de Alemania 2006, la Argentina todavía estaba reconstruyéndose después de la crisis de 2001. La economía había comenzado a recuperarse con fuerza, pero permanecían las marcas sociales de aquellos años. En 2006, el desempleo había bajado de los niveles superiores al 20 % registrados durante la crisis a alrededor del 10 %, mientras el país acumulaba su cuarto año de crecimiento.

Messi, de algún modo, llevaba consigo una de las consecuencias de aquella crisis del 2001. El problema de crecimiento que había atravesado durante su infancia requería un tratamiento costoso. La obra social vinculada al trabajo de su padre, Jorge Messi, había cubierto durante un tiempo el tratamiento, pero con la crisis comenzaron los problemas con los reintegros. La familia buscó entonces alternativas en clubes argentinos, entre ellos Newell’s y River, hasta que apareció la posibilidad de Barcelona. En septiembre de 2000, cuando Leo tenía 13 años, Jorge y su hijo viajaron a España.

El 16 de junio de 2006 marcó su primer gol en un Mundial. Fue ante Serbia y Montenegro por la segunda fecha de la fase de grupos.

El pibe que salió de Rosario terminó convirtiéndose en el futbolista que regresaría simbólicamente a la Argentina cada vez que se ponía la camiseta celeste y blanca.

Antes de que Messi fuera Messi

El comunicador social argentino Fernando Gabrich estaba en Barcelona cursando un Máster de Periodismo cuando comenzó a escuchar hablar de aquel rosarino. “Hay un chico de Rosario que la rompe en el Barça”, le comentó un colega que trabajaba en La Vanguardia. Gabrich consiguió el contacto de Jorge Messi, entrevistó al padre y habló con aquel adolescente que todavía no había debutado en Primera.

La entrevista apareció en el diario La Capital de Rosario. La tapa lo presentó como una promesa del Barcelona. Gabrich todavía recuerda que Messi hablaba poco. También recuerda algo que entonces era difícil de imaginar: aquel chico iba a acompañarlo durante más de dos décadas de vida en Barcelona.

Fernando Gabrich entrevistó en Barcelona al adolescente Lionel Messi antes de su debut en Primera y lo presentó en La Capital de Rosario como una promesa del Barcelona.

“Ser argentino con Messi aquí era lo mejor. Disfrutar cada partido del Barça con Messi fue increíble”, cuenta hoy el periodista, que vive en Cataluña desde hace más de 22 años. Para alguien de la generación de Maradona, la comparación parecía inevitable. Con el tiempo, sin embargo, su propia experiencia cambió la escala.

“Creo que Leo lo superó”, sostiene Gabrich. No solamente por los títulos, sino por la cantidad de años de alegrías compartidas. Messi se convirtió así en una forma de conexión con la Argentina para quienes vivían lejos.

Un Mundial, una generación

Para la generación X, Messi llegó después de Maradona. Para los millennials, creció junto a ellos. Para la generación Z, en cambio, Messi es casi el principio de la historia.

Julian Bricco, relator de TyC Sports nacido en Rosario, pertenece a esa generación que escuchó de sus mayores que después de Pelé no aparecería nadie como Pelé. Después apareció Maradona. Y entonces llegó otra afirmación: después de Maradona no aparecería nadie igual. Y apareció Messi.

Lionel Messi anunció su retiro de la selección argentina el 31 de agosto de 2026 en Instagram, después de la final del Mundial 2026 y tras la muerte de su padre, Jorge Messi. REUTERS/Kai Pfaffenbach

Bricco utiliza una imagen para explicar lo que significaba verlo jugar: alguien llevó a su familia a la cancha para mostrarles cómo un futbolista parecía “levitar” sobre el campo. Pero para el relator hay otro aprendizaje que excede al fútbol. “Siempre se levantó”, dice. Y esa idea es la que intenta transmitirles a sus hijas: Messi no solamente enseñó a jugar, sino también a volver a intentarlo después de perder.

Ese recorrido explica parte de su dimensión generacional. Los más grandes pudieron verlo como heredero de Maradona. Los adultos jóvenes lo acompañaron desde sus primeros años en Barcelona. Los adolescentes que hoy tienen entre 15 y 20 años crecieron viendo a Messi como una presencia permanente.

“Lionel Messi ha sido el nexo de unión para todo el mundo futbolístico, incluso para sus detractores, porque hasta ellos debían hablar de él para estar a la altura de sus admiradores; intentaban buscarle defectos que luego él corregía en el campo para callarles la boca”, afirmó Moisés Llorens, corresponsal de ESPN en Barcelona.

El periodista sostuvo que el astro argentino ha logrado reunir a familias enteras frente al televisor y lo definió con una metáfora entrañable: “Messi es alegría, es como la Navidad o Papá Noel para los niños. Es un genio de la humanidad, a la altura de Gaudí o Picasso, que siempre iba dos segundos por delante del resto en la cancha”.

Respecto al futuro de la Albiceleste, Llorens advirtió sobre la presión del relevo: “Argentina va a tener que reinventarse para encontrar un líder mediático. Pensaba que Julián Álvarez podía ser el nuevo Messi, pero quien asuma su estandarte va a sufrir, porque al que le pongan esa etiqueta va a salir perdiendo. Messi ha sido único; lo que venga tendrá otro nombre y compararlo con él será siempre perder”.

“Lo de Messi es único, no solo por su destreza deportiva e inigualables cualidades futbolísticas, sino porque su vigencia absoluta durante más de veinte años en un nivel superlativo ha permitido el diálogo entre tres o cuatro generaciones en tiempo presente”, afirmó Javier Acuña, escritor rosarino y colaborador de Jot Down España.

El autor explicó que, a diferencia de otros deportistas icónicos como Diego Maradona o Gabriela Sabatini, donde los fanáticos debieron recurrir a la historia oral o al archivo para transmitir esa devoción a los más jóvenes, la carrera del capitán argentino permitió que un adulto y su sobrino de siete años compartan la misma fascinación en tiempo real.

De las derrotas al abrazo colectivo

La relación entre Messi y la selección argentina no fue inmediata. Durante años hubo críticas. La comparación con Maradona ocupó buena parte de la conversación pública. También estuvo aquella renuncia después de la derrota en la final de la Copa América Centenario 2016.

Después llegó el cambio. La Copa América 2021 rompió una espera de 28 años sin títulos en la selección mayor. Luego llegaron la Finalissima, el Mundial de Qatar 2022 y otra Copa América en 2024. En 2026, Messi disputó su sexto Mundial y llevó a Argentina nuevamente a la final, perdida ante España. Su carrera internacional terminó con 207 partidos y 125 goles, récords históricos de la selección.

Fernando Montenegro, periodista de TyC Sports y docente de UAI Rosario, tiene 44 años y puede observar ese recorrido desde varios lugares. Hacia abajo están sus hijos, Lautaro, de 15 años, y Juan Ignacio, de 11. Ellos conocieron principalmente al Messi de la etapa ganadora, el de la selección de Lionel Scaloni. “Mi lazo con mis hijos y Lionel Messi fue en la etapa más exitosa”, explica.

La figura de Lionel Messi resignificó la comparación con Diego Maradona y quedó como la referencia principal para los millennials, la generación X y la generación Z. REUTERS/Amanda Perobelli

Hacia arriba están sus padres y sus tíos. Allí ocurrió otra transformación: la discusión sobre quién había sido mejor, Maradona o Messi, comenzó a perder sentido después de Qatar. “Está el antes y el después de haber levantado también la Copa del Mundo”, dice Montenegro. El puente generacional quedó construido.

Para ejemplificar este fenómeno intergeneracional, Javier Acuña recordó una anécdota previa al partido contra Alemania en el Mundial de 2010. En esa ocasión, intentó transmitirle el legado maradoniano a uno de sus sobrinos trasnochando para mostrarle videos de Diego, buscando explicarle que Messi y el entonces DT eran “la continuidad de un linaje”.

Sin embargo, el escritor destacó que si hoy quisiera transmitir una magia similar a un niño de diez años, no haría falta ningún archivo: “Lo puede hacer mirando un partido la semana que viene con el Inter Miami. Y eso es mágico, porque une a gente de setenta u ochenta años con el pibe de cuatro”.

El corazón de la hinchada argentina latiendo en la Copa del Mundo de la FIFA 2026 en Estados Unidos. Lee Smith/ Reuters.

Veinte años de Argentina

Mientras Messi jugaba, Argentina cambiaba. Pasaron los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, el macrismo, la presidencia de Alberto Fernández, la pandemia de COVID-19 y la llegada de Javier Milei. Cambiaron las tecnologías, las formas de consumir televisión, las redes sociales y hasta la manera de seguir un partido. Messi permaneció.

Un niño podía comenzar a mirar un partido con su abuelo y terminar explicándole a su hijo quién era aquel jugador que había visto por primera vez en 2006. Un padre podía regalarle a su hijo una camiseta de Argentina y, años después, llevarlo a un estadio para verlo jugar. También están las historias personales.

En noviembre de 2004, cuando Leo todavía era un adolescente. Quien escribe estas líneas lo vio por primera vez en el Camp Nou. El viaje había surgido de una apuesta con Joan Mayans, un antropólogo catalán que había vivido en Rosario durante un intercambio universitario a fines de los años noventa. La apuesta era sencilla: quien se casara primero pagaría el pasaje al otro. Mayans perdió. El premio fue un viaje a Barcelona.

En el estadio, la expectativa estaba puesta en Ronaldinho. Hasta que en el segundo tiempo Frank Rijkaard hizo ingresar a un chico que todavía no era una celebridad.

“Ahí entra el pibe, el pibito de Rosario”, me dijo Fernando Gabrich, que estaba en la tribuna a mi lado. Era Messi.

Año 2007: Messi abraza a Ronaldinho tras el primer gol del FC Barcelona en la victoria de La Liga frente al Real Valladolid en el Estadio José Zorrilla. Getty Images/Denis Doyle

En el Camp Nou se jugaba un partido a beneficio de personas con VIH de América Latina y África. Barcelona enfrentaba a un combinado de estrellas internacionales dirigido por Johan Cruyff, en una noche en la que el resultado importaba menos que la causa. Ronaldinho, Deco, Andrés D’Alessandro, Michael Owen, Nakata y Jorge Campos eran algunos de los nombres que reunía aquel encuentro. Barcelona terminó ganando 4-3. Pero entre todas esas figuras apareció un chico de 17 años que todavía jugaba en el equipo filial.

Lionel Messi ingresó por Ludovic Giuly, lesionado después de una corrida por la banda, y antes de que terminara el primer tiempo marcó el tercero del equipo catalán. Todavía nadie podía saber que ese adolescente que acababa de entrar al Camp Nou iba a convertirse en el protagonista de los siguientes veinte años del fútbol argentino.

Años después, en agosto de 2009, nació mi hijo. Lo primero que tuvo sobre el pecho fue una camiseta argentina. Desde entonces, los partidos de Messi fueron parte de una rutina familiar. Hubo derrotas, finales, festejos y discusiones. También dos partidos compartidos en una cancha: Argentina-Paraguay en el Monumental, con gol de Nicolás Otamendi, y el partido despedida de Maxi Rodríguez, con esa ilusión siempre latente de verlo algún día nuevamente con la camiseta de Newell’s.

No hay nada de extraordinario en estas líneas. Todos tenemos un puente gracias a Messi. Leo forma parte de millones de historias familiares que se parecen entre sí.

Messi y Maxi, dos ídolos leprosos.

El último puente

La última escena tiene algo de paradoja. Messi nació futbolísticamente en Rosario, emigró a España cuando era un niño y pasó la mayor parte de su carrera lejos de Argentina. Sin embargo, terminó siendo uno de los argentinos que más consiguió unir a los argentinos dentro y fuera del país.

Gabrich lo resume desde Barcelona: “Es el único argentino que a los que vivimos afuera nos hizo sentir plenamente orgullosos de que sea argentino”, no solamente por el fútbol, sino también por su conducta como capitán.

Javier Acuña admitió que el futbolista construyó “una especie de presente perpetuo”. Con nostalgia, el escritor concluyó que hoy la sociedad descubre con pesar que ese ciclo no era eterno, aunque el capitán argentino lograra convencer al mundo de lo contrario durante décadas: “Ya sabíamos que no iba a durar para siempre, pero nos hizo creer que sí. Ese diálogo entre generaciones en tiempo presente me parece irrepetible”.

El valor simbólico aparece también en Montenegro. Para él, Messi fue un ejemplo dentro de la cancha y un embajador fuera de ella.

La relación de Lionel Messi con la selección argentina pasó de las críticas y la renuncia tras la Copa América Centenario 2016 a los títulos de la Copa América 2021, Qatar 2022 y la etapa de Lionel Scaloni. REUTERS/Carl Recine

Para Julián Bricco, representa además la capacidad de levantarse una y otra vez. Ahora ese puente cambia de forma.

El 31 de agosto de 2026, Messi anunció su retiro de la selección. Lo hizo en tres hojas escritas de puño y letra, fotografiadas y publicadas en Instagram. Había decidido retirarse el 21 de julio, dos días después de la final del Mundial. Pero la muerte de su padre, Jorge Messi, el 8 de agosto, terminó de confirmar aquella decisión. “Me vacié, ya no tengo más para dar”, escribió.

Jorge fue su papá. Y fue quien acompañó aquel tratamiento durante la infancia, quien buscó alternativas cuando la Argentina atravesaba una de sus crisis más profundas y quien viajó con él a Barcelona cuando todavía era un niño. Aquel chico que salió de Rosario en plena crisis terminó atravesando dos décadas de la historia argentina. Vio pasar gobiernos, crisis, recuperaciones, pandemias, mundiales y generaciones. Jugó mientras sus contemporáneos crecían, se casaban, tenían hijos y envejecían. Por eso su despedida es la de varias generaciones.

Lionel Messi celebra tras anotar el tercer gol de Argentina en el partido del Grupo J contra Jordania en el Mundial, el sábado 27 de junio de 2026, en Arlington, Texas. (AP Foto/Tony Gutiérrez)

Para quienes lo vieron debutar, es el cierre de una época. Para quienes crecieron con él, es despedir una parte de la propia juventud. Para quienes nacieron después de 2005, es descubrir que el jugador que parecía eterno también podía dejar de ponerse la camiseta argentina. Durante veinte años, Messi fue una de las pocas figuras capaces de sentar a varias generaciones frente a la misma pantalla y hacerlas sentir exactamente lo mismo.

Ahora queda una tarea difícil: aprender a mirar la selección sin buscarlo. Y también reconocer que, durante mucho tiempo, cada vez que Messi jugó para Argentina, una generación entera —y las que estaban antes y después— encontró una razón para volver a encontrarse. Los goles de Messi, los goles de Messi, los goles de Messi, los goles de Messi…