
Hay regresos que no solo cierran ciclos, sino que abren puertas a nuevas preguntas sobre identidad, pertenencia y memoria. Después de más de treinta años de aquel primer desembarco en la escena argentina, Blanca Oteyza vuelve a caminar los pasillos de un teatro en Buenos Aires. La actriz española, que supo construir una historia de amor con el público argentino antes de continuar su camino en su tierra natal, regresa ahora para habitar un personaje que parece escrito a la medida de su biografía. Y también de sus nostalgias.
Antes de la primera función de Margarita Xirgu. Una actriz entre dos continentes, bajo dirección de Javier Demaría, en el Palacio Libertad, Oteyza habló en exclusiva con Teleshow de todo lo que implica este reencuentro.
No es casual que la cita la convoque a ponerse en la piel de Margarita Xirgu, la legendaria actriz que también supo tender un puente vital y artístico entre el continente europeo y el americano. Oteyza, que llegó a Buenos Aires en 1991 y dejó huella en el teatro, la televisión y el cine, conoce como pocas el vértigo de reinventarse en otro territorio y sentirse extranjera y local al mismo tiempo. El público la recuerda por hitos como El diario de Adán y Eva, junto a Miguel Ángel Solá, su expareja y padre de sus dos hijas, María Luz y Cayetina, y por ficciones como Nueve lunas y Cara bonita, pero también por una sensibilidad que desafía fronteras. De regreso en España, multiplicó su legado como directora y docente, y aprendió a mirar la escena desde nuevos lugares.
Hoy, su vuelta tiene la potencia de un espejo: Oteyza se sumerge en la vida de Margarita Xirgu, otra española que cruzó el Atlántico y, en su caso, encontró en la Argentina un segundo hogar, atravesando proyectos, desafíos y pasiones. Acompañada en escena por el bandoneonista Julio Coviello, la actriz le da voz y cuerpo a una historia que también dialoga con la suya propia: la de quienes cruzan océanos y, en cada viaje, se reinventan sin dejar de ser quienes fueron. Entre recuerdos, emociones y música, Oteyza comparte con este medio esa intimidad de artista y mujer que da sentido al gran teatro de la vida.

—¿Qué sentiste al volver a la Argentina con este proyecto tan importante?
—Me movilizó el deseo de regresar, que tengo desde hace muchos años, desde que me fui de aquí. Siempre fue un sueño pendiente volver. Fueron ocho años muy intensos en este país y realmente con este proyecto, Margarita Xirgu, encontré la obra con la que sentí ganas y valor para volver a subirme a un escenario.
—¿Por qué elegiste justamente la historia de Margarita Xirgu para este retorno?
—Me atrajo que Margarita, una gran mujer y pionera en muchos aspectos, recibiera tan poco reconocimiento en España. Su amor por el teatro, sus problemas de salud, su compromiso con los papeles, su dirección como mujer, su relación con Federico García Lorca y la poesía, sus matrimonios y amantes, todo eso me resultó imposible de ignorar. Además, encuentro muchos puntos en común con mi historia. Llevo casi dos años interpretándola y cada vez que la estudio, me siento más identificada. En la obra que escribimos junto a Javier Demaría, aunque la idea del personaje nació en mí, mostramos a nuestra Xirgu, desde su infancia hasta su muerte, y no solo sus supuestas inclinaciones políticas o sexuales.

—¿Qué te emociona de seguir contando esta historia que para muchos era desconocida, pero que representa tanto para el arte y el espectáculo?
—Cada vez que la interpreto o repaso la obra, siento que los valores humanos siguen siendo los mismos: el honor, el compromiso, la honestidad, luchar por los sueños y por la libertad, respetando al otro. Estos principios siguen vigentes. En estos tiempos, después de dos años de hacer la obra, veo que con poesía y música, incluso voy acompañada por un músico maravilloso, la gente sigue emocionándose con esta historia pequeña de una mujer enorme.
—¿Con qué aspectos de Margarita Xirgu te sentís más cercana después de tanto tiempo interpretándola?
—Hay muchas cosas que me identifican con ella. Creo que la principal es la coherencia: actuar de acuerdo a lo que uno piensa y dice. Margarita fue coherente con sus ideas. Se fue de España sin saber que estallaría la Guerra Civil y nunca pudo volver. Terminó sus días en Uruguay. Esa determinación y consecuencia me interpela profundamente.

—¿Cómo viviste vos el estar lejos de tu tierra y tus seres queridos, igual que Margarita?
—No fue un exilio forzado, pero sí me fui de mi país persiguiendo el sueño de desarrollarme como actriz, lejos de mi familia y mis afectos. Tuve que salir para cumplir mi vocación y luego, como madre, mostrar a mis hijas que es importante tener principios y ser coherente con ellos, aunque sean pocos, pero sostenerlos.
—Después de tus años en Argentina y tu regreso, ¿cómo sentís el vínculo con el público local?
—Siempre sentí una enorme generosidad de parte del público argentino. Me sigue demostrando cariño y profesionalismo, y eso me emociona. Nunca corté mis lazos con Argentina; sigo trabajando con actores y actrices argentinos desde Madrid, y tengo una hija nacida aquí. La generosidad y el afecto que recibí y que sigo recibiendo no alimentan mi ego, sino que me impulsan a ser mejor persona.

—¿Sentís una doble pertenencia entre España y Argentina?
—Desde joven sentí la necesidad de ser ciudadana del mundo. Las experiencias y aprendizajes en diferentes lugares me hicieron ver que el mundo es grande y pequeño a la vez. No creo en las fronteras ni en las naciones como algo determinante. Argentina es mi país de adopción por decisión propia. No se trata de doble nacionalidad, sino de un sentimiento.
—¿Qué te aportaron España y Argentina, tanto en lo personal como en lo artístico?
—Yo he aprendido muchísimo de Argentina. Aprendo cada día de todo. Por supuesto que aprendo de España, aprendo de la gente, aprendo absolutamente de todo. Pero reconozco que mi debut realmente profesional en el Teatro Cervantes de Buenos Aires, eso dejó una marca. Eso marca porque justamente lo que vine buscando en Argentina fue una cosa que, en esa niña que vino y en España, no encontraba, que era el amor al arte. Y aquí en Argentina lo conocí.
El amor al arte absolutamente desinteresado, absolutamente generoso, trabajo en equipo. Aquí supe lo que era una cooperativa artística. He conocido aquí cómo señores de traje y corbata dejaban su trabajo a las ocho de la tarde, se quitaban la corbata, la chaqueta y se metían a ensayar hasta las doce de la noche.

—¿Percibís algún cambio en el ámbito artístico argentino desde tus primeros años hasta hoy?
El mundo cambió y yo también. Volver es una mezcla de lo conocido y lo nuevo. Reconozco las calles, pero siempre hay algo diferente. Artísticamente, Argentina sigue siendo una referencia mundial en formación de actores. Es una de las grandes cunas del teatro, como Londres o Berlín en Europa.
—¿Tenés algo pendiente por hacer en Argentina? ¿Te gustaría hacer temporada o probar con otros géneros?
—No haría un musical porque sería un desastre… Pero sí, me encantaría volver a hacer temporada aquí. El sueño de trabajar en ambos países sigue vivo. Estas semanas en Buenos Aires son para retomar esos lazos. Ahora es el momento de volver.
—¿Cómo vivís los días previos al estreno? ¿Lográs relajarte o la concentración te gana?
—Salgo poco, estoy muy concentrada. Cuando se acerca el estreno y más en Buenos Aires, en el Palacio Libertad, que me impone tanto respeto, no puedo distraerme. Esta vuelta se venía gestando hace meses y la expectativa era grande, así que tuve que poner un límite y recordar que soy actriz, que no está mi vida en riesgo y que solo tengo que hacer mi trabajo.

—¿Tus hijas viven acá o en España? ¿Cómo es el vínculo familiar hoy?
—Mis hijas viven en Madrid y son dos grandes artistas. María, la mayor, nació aquí, trabaja en publicidad y tiene un grupo musical que ya va por su tercer disco. Cayetana es actriz, tiene su propia compañía. Nos admiramos mucho y nos llevamos muy bien las tres. Es una familia de artistas, como Miguel Ángel (Solá), que sigue actuando y espero que lo siga haciendo por varios años más.
—¿Qué te quita el sueño en la previa al estreno?
—Duermo mal desde hace tiempo, en parte por la responsabilidad de este estreno. A las cuatro de la mañana ya estoy despierta. Lo que más me importa es estar a la altura de este regalo, de algo que gestamos junto a Javier Demaría. Estrenar aquí es una enorme responsabilidad.
—¿Qué te gustaría que el público argentino se lleve de la obra?
—Emoción. Que salgan conmovidos por esta historia.

—¿Creés que hay algo que el público puede aprender de Margarita Xirgu a través de tu interpretación?
—Mucho. De la Margarita humana se sabe muy poco. En la obra rescatamos anécdotas, como su primer contacto con el escenario a los ocho años o su relación con un torero. Quiero mostrar ese costado humano, más allá de los juicios y especulaciones, y que la gente conozca a una mujer que fue pionera y dejó huella.
—Como mujer y artista, ¿sentís que hoy la mujer tiene más protagonismo en el espectáculo o aún hay obstáculos?
—El lugar de la mujer avanzó mucho, pero no hay que olvidar que ese camino se abrió con el esfuerzo de muchas mujeres y también hombres. Nada se logró de un día para el otro. Hay que recordarlo y seguir luchando por un mundo más justo.

—¿Si tuvieras que convencer a alguien para ver Margarita Xirgu, qué le dirías?
—Es un plan precioso: durante una hora y media se escucha música en vivo con bandoneón, poesía, la historia de una mujer que dejó marca y huella. Es un espectáculo sensible, sencillo y profundo, que acerca a Lorca y a la figura de Xirgu desde una historia pequeña y a la vez muy grande.
Crédito de fotos: Jaime Olivos.













