
La incertidumbre que durante casi cuatro años rodeó a la familia de Carlos Ramírez llegó a su fin con un desenlace devastador.
Estudios genéticos confirmaron en las últimas horas que los restos óseos calcinados hallados en 2024 en la zona de Punta del Mono, en el barrio Bajada Grande de Paraná, pertenecían al hombre de 65 años desaparecido desde el 15 de noviembre de 2022.
El hallazgo, comunicado oficialmente por la Justicia, cerró una etapa de angustia, pero abrió nuevos interrogantes para los allegados, quienes aún reclaman respuestas sobre las circunstancias que rodearon la muerte.
La confirmación se produjo a través de una notificación judicial recibida por la familia. Gonzalo Ramírez, hijo de Carlos, relató la manera en que recibieron la noticia: “Hace dos días me notificaron que un cuerpo que aproximadamente hace un año se encontró calcinado en la zona donde había desaparecido mi padre concuerda en un 98% con el ADN”. El impacto emocional fue inmediato. “Recibir esta noticia fue muy duro”, expresó Gonzalo, visiblemente afectado por la situación.
El resultado del análisis genético representó un punto de inflexión para la familia, que durante años no tuvo ninguna certeza sobre el paradero de Carlos. La noticia también trajo consigo una nueva frustración: la comunicación de que la causa judicial sería cerrada, pese a que persisten dudas fundamentales sobre los hechos.
Según informó el portal El Once, la información genética, que estableció una coincidencia del 98% entre el ADN del cuerpo hallado y el de Carlos Ramírez, fue acompañada por la notificación de que la investigación judicial se daba por concluida. Gonzalo Ramírez manifestó su desacuerdo con la decisión: “Lo único que me dijeron fue que concuerdan los genes y nada más. También me dijeron que la investigación está cerrada, algo con lo que tampoco estoy de acuerdo”.
A lo largo de los años de búsqueda, los familiares aseguran no haber recibido respuestas claras sobre el avance del expediente ni explicaciones sobre la demora para identificar los restos encontrados en Bajada Grande. “Pregunté por qué tardaron tanto y no me dieron nada concreto”, señaló Gonzalo, quien además cuestionó que no se profundice la investigación sobre las circunstancias de la muerte de su padre.
Cuando solicitó la apertura de nuevas líneas investigativas tras el hallazgo del cuerpo calcinado, la respuesta oficial fue que la Justicia no pudo determinar la causa del deceso. “Me dijeron que no pueden comprobar cómo falleció y que ellos ya habían cumplido con encontrarlo”, afirmó.
El hallazgo de los restos óseos se produjo en 2024, en un sector de difícil acceso conocido como Punta del Mono, en Bajada Grande. En ese momento, las autoridades policiales solicitaron “prudencia” y evitaron confirmar la identidad de la víctima hasta contar con estudios científicos concluyentes.
Sin embargo, los familiares sostienen que el área ya había sido recorrida durante los primeros operativos de búsqueda. “Nosotros ese lugar lo recorrimos. Inclusive los mismos animales anduvieron por ahí. Creemos que él no estaba ahí en ese momento”, planteó Gonzalo Ramírez, sumando un elemento de incertidumbre a la investigación.
La familia insiste en que la pesquisa debe continuar para esclarecer cómo murió Carlos Ramírez y por qué apareció en ese lugar. “Queremos saber qué pasó y lo único que nos dijeron es que está cerrada la causa”, lamentaron.
Cintia Ramírez, sobrina de Carlos, recordó cómo fueron los primeros días tras la desaparición y las dificultades para obtener información. “Las cámaras lo tomaron en Chango Más y después nada. Nos llamaban esporádicamente para decirnos que lo seguían buscando”, relató.

Durante los primeros meses, la familia observó un despliegue de rastrillajes con perros, drones y helicópteros, aunque nunca se encontraron pistas concretas sobre el paradero de Carlos. “Después era nada. Uno llamaba y preguntaba y decían que lo estaban buscando”, expresó Cintia.
La investigación atravesó distintos fiscales y nunca se ofreció una recompensa para obtener información sobre el paradero del hombre. “Nunca hubo sospechosos. Cambiaron tres veces de fiscales y jamás dieron recompensa por mi tío”, afirmó.
Carlos Ramírez era empleado municipal en el cementerio y, según su familia, mantenía una rutina sencilla. El día de su desaparición había salido con la intención de retirar dinero de un cajero automático. “Quería ir al Walmart porque había un cajero. Repetía siempre lo mismo, que quería esa plata para comprarse un televisor por el Mundial”, explicó Cintia.
Los allegados aseguran que nunca detectaron conflictos personales ni amenazas. “Era una persona de su casa, del trabajo y de la casa de mi papá. No era alguien de salir ni de tener problemas con otras personas”, añadió su sobrina.
No obstante, reconocieron que semanas antes de la desaparición percibieron algunos cambios de comportamiento. “Lo notábamos un poco raro, como ido, decía algunas incoherencias, pero nunca pensamos que le iba a pasar algo así”, recordó Cintia.
El caso de Carlos Ramírez representa una situación que, según sus familiares, deja más preguntas que respuestas. La familia cuestiona la ausencia de nuevas líneas investigativas y la falta de comunicación clara por parte de las autoridades. Consideran que la investigación, cerrada tras la confirmación genética, no indagó en profundidad sobre la causa de la muerte ni las circunstancias en que los restos fueron hallados.
Y durante casi cuatro años, la familia de Carlos Ramírez enfrentó una búsqueda sin resultados concretos y con limitados avances judiciales. La confirmación de la identidad de los restos puso fin a una etapa de incertidumbre, pero abrió una nueva instancia de reclamos. “Uno siente que algo le pasó desde el primer momento. Ahora queremos saber por qué y qué fue lo que ocurrió”, concluyeron los familiares.













