“Me salvó la vida Argentina dos veces, tres veces. Solo tenía una visa argentina. Mi Gobierno me quería matar en ese momento. Y la Argentina me quería salvar.”
Mohammad Altamimi, de 37 años, hace una pausa antes de seguir. Hace ocho años llegó al país escapando de la guerra civil en Siria después de esconderse en el baúl de un auto, cruzar montañas de noche, huir de militares con perros entrenados y sobrevivir a una bala que le quemó la piel.
Mientras sirve helados en una heladería de Flores Norte, cuesta imaginar todo lo que tuvo que pasar para llegar a estar ahí detrás de ese mostrador. Tuvo que atravesar y sobrevivir a una de las rutas de escape más peligrosas de Medio Oriente.
La vida en Siria antes de la guerra
Antes de la guerra Mohammad llevaba una vida estable, rodeado de una familia numerosa. Había terminado el servicio militar obligatorio de dos años de duración, trabajaba en una empresa importadora de materiales para la construcción y había montado dos pequeños negocios propios, uno de zapatillas y otro de mochilas para mujeres. Su padre trabajaba en la industria petrolera, su madre ama de casa y sus hermanos eran profesionales. “Vivíamos bien”, resumió.

La guerra civil en Siria comenzó de forma gradual, con manifestaciones y reclamos sociales contra el régimen de Bashar al-Assad que pronto escalaron en violencia. “Era el Gobierno contra el pueblo. La gente salió a la calle para cambiar algo que no les gustaba del país. Y el gobierno empezó a matar gente en la calle. Otras personas sacaron armas. Empezó la guerra así, gobierno contra pueblo”, explicó el sirio que pensó erróneamente que, tras haber cumplido con el servicio militar, no sería convocado nuevamente al ejército, pero con el avance del conflicto esa seguridad se hizo trizas. Por otra parte, la presencia de potencias extranjeras, como Rusia e Irán, fortaleció al gobierno y acentuó la represión en las calles.
“Yo pensaba que iba a terminar rápido. Había peleas. Después de eso empezó la guerra fuerte. Empezaron las bombas. Estaba en casa y escuchaba ”boom” ¿qué pasó?». Una bomba al lado de la casa. Así empezó. El conflicto era más grande y empezó a morir mucha gente”, relató. Cientos de miles de muertos. El uso de armas químicas fue documentado en varias ocasiones, especialmente por parte del régimen, lo que generó condena internacional.

La experiencia en Sudán
En ese contexto, Mohammad intentó encontrar la salida. A través de conocidos, surgió la posibilidad de viajar a Sudán, en África, donde un compatriota le aseguró que había trabajo y estabilidad. Vendió sus negocios que ya no rendían nada en la guerra, dejó atrás la empresa y partió con la esperanza de empezar de nuevo. Sin embargo, la realidad lo golpeó al llegar: el contacto que lo iba a recibir con techo y trabajo dormía sobre unos cartones en el piso de una fábrica.
“Hace dos días me echaron de la casa. Pasó todo rápido y no lo pude hablar con vos”.
Sin documentos para alquilar, el joven sirio durmió algunas noches en una plaza de una mezquita y sobrevivió gracias a la ayuda de otros compatriotas que fabricaban almohadas, que había conocido en el vuelo. Lo que ganaba durante largas jornadas cortando algodón apenas le alcanzaba para comprar comida. La situación era desesperante. “Una chica que conocí en la plaza quiso ayudarme y alquilar un lugar para mí a su nombre, diciendo que venía de la guerra, pero le dijeron que ella no podía hacer eso porque no era su marido”, recordó.
“Mi familia acá en Argentina se enteró de mi situación en África, que estaba peor que nunca. Y dijeron: ”Lo traemos para Argentina». Son primos lejanos, de segunda generación, familia que nunca había visto, pero que decidieron darle la mano que necesitaba. Sabían por el contacto con otro pariente que él la estaba pasando muy mal en Sudán. Y a Mohammad le interesó la propuesta concreta de su familia lejana, sin saber del país más que los nombres de Maradona, Messi y el hábito de tomar mate, ya que en Siria también se consume mucha yerba mate, aunque la ceremonia es distinta.
Tras la difícil experiencia en Sudán que duró dos meses y medio y la insistencia de su familia en que se volviera, Mohammad regresó a su país en guerra, a pesar del riesgo de ser reclutado por los militares. El viaje de vuelta implicó pagar a personas con contactos en el gobierno para poder atravesar los controles y llegar a su casa sin ser detenido. Tenía que volver sí o sí para sacar la visa para la Argentina y esperar cuanto demorara el trámite. Podía ser un año, por la cantidad de personas que querían abandonar el país.
Mientras tanto, a miles de kilómetros en una heladería familiar de Belgrano, un hombre entró al local y sintió especial curiosidad por un sabor. Le preguntó a su prima detrás del mostrador:
— ¿Por qué este helado se llama Crema Siria?
— Porque tenemos familia en Siria y hay un primo mío que va a venir.
— Yo fui embajador argentino en Siria.
Mohammad tuvo su golpe de suerte en medio de la adversidad. El diplomático, al enterarse de que estaba atrapado en la guerra, aceleró los tiempos. Obtuvo la visa en 13 días.
“Antes que me dieran la visa, alguien de inmigración fue a la casa de mi tío para ver dónde iba a vivir, si tenían una buena calidad de vida para recibirme, porque el Gobierno no me iba a pagar nada. Es algo que se llama programa Siria-Argentina, que Argentina ayuda a la gente de Siria que necesita salir afuera del país. Vinieron a la casa y me dijeron que sí“, recordó.
Travesía de escape: en el baúl de un auto
Con el viaje en puerta, el boleto que había pagado su tío argentino, Mohammad tuvo cenas, fiestas de despedida de su familia y sus amigos. Vuelos desde Siria ya no había. Tenía que partir desde la vecina Beirut, en El Líbano.
“VOLVÍ MUY TRISTE A CASA Y MI MAMÁ EMPEZÓ A LLORAR”
“Yo estaba en el auto para cruzar la frontera, con el pasaporte y ¿qué me dijeron? Este chico no puede viajar afuera del país porque está en edad para ser reclutado en el ejército», rememoró. Intentó darles un dinero para que lo dejaran pasar. Lo rechazaron. ”Volví muy triste a casa y mi mamá empezó a llorar», resumió.
La decisión estaba tomada. “Tengo un amigo que viaja siempre a Líbano y tiene un rango militar”. Este le dijo:
— Yo te llevo.
— ¿Cómo me vas a llevar?
— En baúl.
Sin pensarlo dos veces se escondió en el baúl, lograron burlar los controles y llegaron al territorio libanés, aunque nuevos problemas lo esperaban.
“EN ESE MOMENTO DIJE ARGENTINA ES MI PAÍS”
Lo demoraron por ingresar de manera ilegal. Mohammad se aferró a su visado argentino. Las autoridades le preguntaron si era legal o falso. De ahí llamaron a la Embajada Argentina de Beirut y de inmediato envió un documento que ayudó a que lo liberaran. “En ese momento dije Argentina es mi país, te juro, sí”, aseveró Altamimi a esta periodista. Mientras tanto, en la Argentina, estaban organizando un asado para recibirlo. Pero sin la salida legal de Siria, no podía tomar el ansiado vuelo. Se vio obligado otra vez a regresar a Siria cruzando la frontera a pie y enfrentando nuevos peligros. Su amigo lo alcanzó con el auto. Pero esta vez no fue a su casa, sino al trabajo, porque temía que fueran a buscarlo.
Un primo que había logrado salir de Siria, le recomendó una red que lo sacaría pagando sobornos en cada etapa.
Camuflaje y documento falso
Habló con el jefe de ellos, quien le dio las primeras instrucciones. “‘Preparate, tenés que cortarte el pelo, dejate un poco de barba y ponete lentes. Vas a tener un documento falso. Va a venir un autobús de militares. Subís con ellos’. ¿Cómo subo con militares? Me estaban buscando, loco. Me respondió: ‘Vas a tener un documento de ellos, pero no hablás con nadie’”, le recomendó.
Viajó por rutas y campos, en auto, en moto, soportó a bajas temperaturas largas horas de espera a la intemperie, de las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana, hasta que otro auto con militares lo subió. Le dijeron que tuvo suerte porque la espera a veces se prolonga entre dos y tres días.

En la camioneta en que lo ocultaron entre garrafas de gas, escuchó bombardeos casi encima de ellos. “Todo el camino escuchamos bombas. Estaban tirando misiles por arriba de nosotros, pero no a nosotros”, detalló. Lo llevaron con otro grupo, llamado Free Army, militares libres, donde pudo darse un baño, comer y dormir. Siempre con el sonido de las bombas de fondo que parecían caer sobre su cama.
Lo pasaron a buscar en auto para llevarlo a la frontera con Turquía. Había elecciones presidenciales y las medidas de seguridad eran extremas. No lo cruzaron por miedo a que los mataran “porque la frontera con Turquía es muy peligrosa”. Quién se unió a la travesía fue un primo y un amigo, con quien decidieron cruzar en la oscuridad absoluta de la noche.
“Pagamos a gente que estaba en la frontera para que pudiéramos cruzar. Me dijeron: ‘¿Viste allí, a ese lado? Tenés que caminar catorce horas’. ¿Qué? ¿Cómo voy a ver? No veo nada, es muy noche, hace mucho frío y no puedo ver nada. Me dijo: “Sí, tenés que caminar sin celular, sin luz, sin hablar. Los militares de Turquía tienen perros, tienen francotiradores, tienen todo”, alertó.
A los pocos pasos, Mohammad se cayó. No vio que estaban en una pendiente. Con el pie inflamado y una mochila de 20 kilos, advirtió la presencia de militares con sus linternas y los ladridos de los perros. Se escondieron detrás de un árbol. Su primo y amigo quisieron parar. “¿Por qué quieren parar? Vamos a correr. No voy a volver. Empezamos a correr. Correr y ellos atrás de nosotros estaban tirando. Me pasó la bala, me quemó acá. Estaba todo negro y salió un fuego, la bala rozó mi ojo. Empezamos a correr, correr. Se largó a llover. Como los perros no podían sentir más el olor, se perdieron. Tuvimos que subir una montaña, mojados. El pie me dolía mucho”, relató.
Finalmente, tras un extenso trayecto a pie y múltiples trasbordos, logró poner pisar Turquía.
El último tramo
Ya en Turquía, Mohammad enfrentó obstáculos burocráticos que parecían no tener fin. Sin dominar el idioma y con recursos limitados, tuvo que tramitar permisos. Cada gestión implicaba viajes diarios de hasta doce horas entre Esmirna y Estambul.
Conoció a una joven que hablaba árabe y turco, quien explicó a las autoridades la necesidad del permiso de salida voluntaria. Finalmente, recibió el documento que le permitió abordar el vuelo hacia Argentina.

La bienvenida argentina
—¿Cómo fue tu llegada a la Argentina y el primer contacto con tu nueva familia?
—Toda mi familia me estaba esperando en el aeropuerto. Nunca los había visto en mi vida. Fotos sí. Yo no hablaba en español. Nada.
—¿Dónde te instalaste y en qué empezaste a trabajar?
—Empecé a trabajar con mi familia en la fábrica, en la heladería. Yo no trabajaba al público, sino atrás. No necesita hablar tanto. Es solo lavar vajillas, cortar frutas, preparar el helado, no tengo que hablar con nadie.
“HICE AMIGOS RÁPIDO, SIN HABLAR. ASÍ ES ARGENTINA”
—¿Cómo fue el proceso de aprender español y hacer amigos?
—Empecé a aprender porque me gusta el idioma, me gusta la gente. Hice amigos rápido, sin hablar. Así es Argentina. Yo no estudié español. Aprendí así, hablando con gente.
—¿Encontraste una familia en la Argentina?
—Sí, sí, sí. Mis amigos acá fueron como mi familia también. Tengo muchos amigos argentinos y son muy buenos, como hermanos. Me operé la pierna. Ellos se quedaron conmigo en el hospital. Me operé porque estuve mucho tiempo parado fabricando helado. Trabajo de mañana hasta la noche. A veces trabajo catorce horas.
—¿Cómo viviste las costumbres argentinas y qué diferencias notaste con tu país?
—El compartir todo. El asado, mate. Me gusta compartir las cosas. Y que no les gusta hacerse problemas por nada. En mi país el trabajo es más importante que todo. Acá es importante para la gente estar festejando, juntándose. El trabajo viene después. Por eso yo trabajo mucho.
—¿Qué otras costumbres argentinas adoptaste y cómo fue tu experiencia con la comida?
—Todo nuevo, español, la comida, la clima. La comida mucho. Guiso de lentejas y asado. No como cerdo, soy musulmán, pero aparte de eso, me gusta acá. Asado sí. Guiso, me encanta. Locro, albóndigas, pastel de papa. Me enfermé comiendo muchas empanadas fritas. Me llevaron al hospital con ambulancia.

—¿Te dieron ganas de volver a Siria después de tanto tiempo en la Argentina?
—Sí, pero para visitar, porque hace ocho años no veo a mi familia. Ahora la situación allá cambió, mejoró mucho y puedo volver. Pero no es barato ir de visita ahora, y un poco complicado con la guerra de Irán e Israel. Mi papá falleció y yo estoy acá. No he podido verlo.
—¿Y el fútbol te gusta?
—Me gusta la Selección argentina. Mi familia me trajo una remera azul y roja. Pensaba que era la de Messi, del Barcelona. Dijeron: “No, es de San Lorenzo. Son cuervos”. Ya soy San Lorenzo, pero me gusta más Argentina. Nunca en mi vida me gustó el fútbol, ni miro Messi, ni nada. Cuando vine acá, casi lloro cuando pierde Argentina un partido. Te juro, sufro más que la gente.













