
María Elena pasa seguido por esta cuadra que queda a unos trescientos metros de la casa que comparte desde que nació con su mamá y sus dos hermanos. Pasa tan seguido, tan cotidianamente, que nada le llama la atención. Pero se acuerda a la perfección del día en que esta cuadra fue el corazón de una fiesta nacional. Fue el 29 de junio de 1986. Argentina le ganó 3 a 2 la final del Mundial de México a Alemania Federal y en Azamor al 500, en Villa Fiorito, no entraba un alfiler.
“Pude llegar hasta la esquina, no se podía caminar ni un centímetro más porque la cuadra estalló de gente. Me trajo mi papá, que nos había hecho quedar quietos a mí y a mis hermanos después de que Burruchaga metiera el tercer gol. En la cuadra volaban los papelitos, todos queríamos acercarnos a la casa de Diego, había una alegría que nunca volví a sentir en el barrio”, le cuenta María Elena a Infobae.
Ahora María Elena, que tiene 46 años, cuida a su mamá y a su hermano discapacitado, y cuando consigue, limpia casas por 6.000 pesos por hora, está parada delante de la casa natal de Diego Armando Maradona con un tupper vacío. Espera su turno para que se lo llenen con el guiso lentejas que ella y toda su familia van a cenar: dos ollas enormes arden en el patio delantero de la casa en la que vivieron Doña Tota, Don Diego y sus ocho hijos. Esta casa es, una vez por semana y en medio de un barrio en el que el hambre se hace sentir, la sede de una olla popular que alimenta a los vecinos de Villa Fiorito.
La economía, un problema día a día
“Hoy estoy preparando unas 250 porciones, pero a veces hay que hacerlas más chiquitas para que alcance para todos los que vienen a buscar”, cuenta María Torres. Tiene un palo largo de madera en la mano que oficia de cuchara de madera en sus ollas enormes. Es ella la que indica cuándo alguno de sus ayudantes tienen que poner más agua, o arroz, o menudos de pollo. Es ella la que indica cómo se van a distribuir los alimentos secos que las familias se van a llevar, además del guiso: hay harina, latas de arvejas, paquetes de arroz, pan dulce.

“Cocino hace 15 años en distintas ollas populares y comedores del barrio. En enero, cuando pasamos con la caravana de Reyes Magos por la puerta de la casa que fue de Diego, la dueña actual nos dijo que quería dar una mano pero que no tenía plata para colaborar. Entonces se me ocurrió esta idea: hacer acá una olla popular. Arrancamos a mediados de marzo, todos los jueves preparamos la cena para la gente del barrio”, dice María, que tiene 38 años, todos vividos en Fiorito.
Su guiso se cuece al calor de la leña que juntaron los integrantes de la ONG Sal de la Tierra, a la que pertenece María y que encabeza Leonardo, un pastor evangelista que trabaja en este pedacito de Lomas de Zamora que crece del lado bonaerense del Riachuelo. La ONG empezó a trabajar en Villa Fiorito en 2002, al calor de la gran crisis socioeconómica de ese verano en el que la Argentina se incendió. Ahora coordinan cinco espacios, entre comedores comunitarios y ollas populares, todos en el barrio. “Desde fines de 2023 hasta ahora, la demanda de comida de parte de nuestros vecinos creció por lo menos 300%”, dice Leonardo.
Mientras María cocina el guiso, suenan cumbias en el patio de esta casa que ahora es de una familia dedicada al cartoneo. Alguien cambia una lamparita para que se vea un poco mejor en este patio en el que dos murales narran la historia del hombre que hizo de Fiorito una leyenda: uno muestra al Diego que se llevó el mundo por delante en 1986, con la camiseta celeste y blanca y el gesto desafiante; en el otro, Maradona le da un beso a doña Tota y Chitoro los mira de cerca.
Un cartel antiguo de estación de tren dice “Fiorito”, y hay camisetas y bufandas y banderas de Boca, de Argentinos Juniors, del Nápoli, de la Selección.Los parlantes tienen una funda que los protege de la garúa, y la funda muestra a Diego con distintos modelos de pelo, de barba, de camiseta, de vida.

Hay, tirada por ahí, la lona de una pileta: la trajo María por si a la lluvia se le ocurría poner bajo amenaza al guiso, pero no hizo falta. Algunos de sus ocho hijos la ayudan a ordenar la fila de los que esperan con el tupper vacío y deslizan que el guiso está riquísimo, pero que las verdaderas especialidades de María son los canelones de verdura y una tortilla de papa imperdible.
“Acá en el barrio nosotros damos cena todas las noches en alguno de nuestros espacios. Y ahora arrancamos con una copa de leche los sábados. Hay cada vez más hambre y menos trabajo. Vas a ver que hoy, que llovió mucho, va a haber mucha gente: acá cuando no se puede salir a cartonear el hambre pega más duro. Y esto es día por día”, describe Leonardo.
“Me acostumbré a comer sólo al mediodía”
María Elena, la mujer que se acuerda de los festejos de 1986, tiene un grupo de WhatsApp con algunas vecinas de Fiorito. Se avisan entre todas dónde habrá reparto de cena cada tarde. Se ayudan con harina, aceite o fideos cuando se acerca el fin de mes, que cada vez se llega más rápido. “Ahora por suerte volvieron a funcionar varias ollas en el barrio, pero durante varios meses había muy pocas. Y en ese momento yo me acostumbré a comer sólo al mediodía, para la cena no había nada”, describe.
Ella y Rosa, otra vecina, ayudan a Jazmín, una joven con retraso madurativo que es la encargada de llenar los tuppers que cenarán en su casa. La acompañan en el camino de vuelta y se cercioran de que, al otro día, Jazmín se entere dónde podrá conseguir algo de comida caliente para pasar la noche.
“Yo bajé como 15 kilos en los últimos dos años. Y es porque tengo menos para comer. Las ollas populares nos salvan la vida, es la forma de tener algo en la panza y de que coma mi familia”, dice María Elena, que tiene 46 años. “Cada vez está más difícil conseguir trabajo de limpieza porque es un gasto que recortó muchísima gente; y acá en el barrio surgían changas de vez en cuando, pero no hay laburo para nadie”, suma.

La primera vez que hizo la fila para llevarse algo de comida del patio en el que se crió Diego Armando Maradona, se emocionó. “Me acordé de ese día que salimos campeones, y hay mucha gente que se emociona cuando viene por primera vez. Es impresionante entrar, aunque sea unos pasitos, al patio, y que la ayuda venga desde acá. Está viniendo gente de todos lados. Porque es la casa de Diego y porque hay hambre en todos lados”, reflexiona.
Del hambre de doña Tota a la de hoy
Ramona supervisa a sus nietos, que hacen la fila para llevarse guiso a casa. Ella no puede sumarse a esa espera sobre el barro de la vereda: la artrosis de sus piernas se lo impide. Es misionera pero vive hace 14 años en Villa Fiorito. Hasta hace un tiempo, lavaba ropa ajena en su casa a cambio de plata, pero ya nadie puede pagar por eso.
Cocina pan casero, chipa y tortas fritas: cobra 2.000 pesos por el pan con chicharrón. Y las mañanas que le toca cuidar a cuatro chicos desde las 6 hasta el mediodía, cobra 20.000 pesos. “Yo trabajo todos los días, cocino para vender, cuido chicos cuando me llaman, lavo cuando me traen ropa. Pero ya me llaman muy poco y no me traen ropa casi nunca. Limpiar casas ya no puedo, me duele el cuerpo. Pero cocino, lo que pasa es que cuando pasan los primeros días del mes, ya se vende muy poco porque nadie tiene plata”, dice Ramona, que no sabe leer ni escribir pero que, gracias al boca en boca que comparte con sus vecinos, no necesita de ningún grupo de WhatsApp para enterarse dónde hay una olla popular de la que llevarse una cena.
“Todas las noches busco cena por algún lado, y si sobra, sirve para el mediodía siguiente. No hay manera si no, y mis nietos tienen que comer”, asegura Ramona, atenta a sus chicos. “A mí me parece hermoso esto que están haciendo en la casa de Diego. Después de que se murió, habían dicho que iba a ser un museo. Después de eso no dijeron nada más. Iba a ser un museo pero esto es muchísimo mejor porque acá en Fiorito tenemos hambre”, sostiene Ramona.
En la calle Azamor, los perros les ladran a las motos, las motos les hacen luces a los chicos que juegan a la pelota, y las mujeres hacen fila para que algo de ese guiso que humea y huele maravillosamente llegue a sus mesas. De fondo, la casa de la que salía Maradona para embarrarse en el potrero. Esta casa de la que alguna vez dijo que era tan chica que él y sus hermanos soñaban “todos lo mismo”, y en la que doña Tota les decía a sus hijos que no iba a cenar porque le dolía la panza.
“A los 13 años me di cuenta que mi vieja nunca había sufrido del estómago. Nunca tuvo dolor de estómago, siempre quiso que comiéramos nosotros. Y cada vez que llegaba la comida, decía: ‘me duele el estómago’. ¡Mentira!, era porque no alcanzaba”, dijo Diego alguna vez, conmovido. Ese hambre parece perpetua en Villa Fiorito.












