
Ese 16 de septiembre de 2002 cuando falleció, a los 74 años de edad y más de seis décadas después de haber debutado en el espectáculo argentino, Lolita Torres dejó un gran legado. La mujer de la sonrisa cálida había logrado conquistar al mundo con su talento. Pero desde el 93 su salud había comenzado a deteriorarse. Primero fue un problema cardíaco, después se le diagnosticó fiebre reumatoidea y, más tarde, una artrosis generalizada que la alejó para siempre de los escenarios. Sin embargo, el público nunca la olvidó. Ni la olvidará.
Había nacido el 26 de marzo de 1930 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Su nombre completo era Beatriz Mariana Torres. Pero sus padres, el telegrafista ferroviario Pedro Torres y su madre, María Angélica Coton, la apodaron Lolita. Y, como desde muy chica empezó a demostrar su pasión por el canto, interpretando coplas españolas en los festivales escolares con un histrionismo pocas veces visto, con 8 años decidieron anotarla en clases de baile y técnicas vocales.
Fue una niña prodigio. Cuando cumplió los 10, ganó un concurso en Radio Splendid donde la escuchó el actor español Manolo Perales. Y éste convenció a sus padres para que le firmaran un permiso para iniciar una carrera profesional. Así fue como, al poco tiempo, Lolita ya formaba parte del elenco de Maravillas de España, una obra dirigida por Ramón Zarzoso en el Teatro Avenida. Y con su primer disco simple, que incluía los temas “Te lo juro” y “El gitano Jesús”, terminó de ganarse el cariño de la gente.
Para entonces, su destino ya estaba marcado. Pero necesitaba más tiempo para poder cumplir con sus presentaciones, tanto radiales como teatrales. Así que terminó dejando el colegio para tomar clases particulares y, así, poder dedicarse a su prometedora carrera. Y mal no le fue: con 14 años, debutó como actriz en La danza de la fortuna, película encabezada por Luis Sandrini. Desde entonces, su camino al éxito fue imparable. Ningún director quería perderse su frescura. Y, en 1951, tuvo la oportunidad de protagonizar por primera vez junto a Ricardo Passano en el film Ritmo, sal y pimienta.

La niña de fuego (1952), La mejor del colegio (1953), La edad del amor (1954), Un novio para Laura (1955) y Mi novia es un fantasma (1957) fueron algunas de las más de veinte películas que le siguieron. Su imagen angelada y su alegría eran como un bálsamo de optimismo, sobre todo, en tiempos complicados por la post guerra. A las coplas españolas, su caballito de batalla, les sumó tangos, boleros y melodías criollas, ampliando su espectro musical. Y luego se animó a reversionar canciones de Sting, Silvio Rodríguez, Charly García y Eladia Blázquez, dejando en claro que estaba preparada para todo y más.
Entonces sucedió algo que nadie podía imaginar. En plena Guerra Fría con los Estados Unidos, el gobierno soviético compró varias de sus películas y Lolita terminó convirtiéndose en una estrella en las lejanas tierras de la Unión Soviética. De hecho, en 1963 participó del III Festival de Cine de Moscú, donde la película Cuarenta años de novios que protagonizaba y con la que pudo demostrar una faceta actoral más dramática, fue proyectada en diez salas, incluido el Palacio del Kremlin, despertando un verdadero furor por la actriz y cantante entre los rusos. Furor que se mantiene hasta el día de hoy.
Pero, lejos de detenerse ahí, su fama internacional siguió creciendo, al punto que terminó presentándose en puntos tan disímiles como los Estados Unidos, Canadá, Cuba y Sudáfrica. Lolita enamoraba a todos con su voz dulce y con su simpleza, que atravesaba idiomas y fronteras. Y se terminó consagrando a nivel mundial como pocos artistas lograban hacerlo en aquellos años en los que nadie hablaba de globalización.
Lo cierto es que, en paralelo, el público local seguía pidiendo cada vez más de ella. Y así fue como llegó a la televisión, con ciclos como La hermana San Sulpicio, Dos gotas de agua, Señorita Medianoche y Gorrión. También se lució en teatro con obras como Ladroncito de mi alma y Petit Café. Y siguió ampliando su currículum cinematográfico. Pero, en las décadas del 70 y 80, Lolita comenzó a dejar un poco de lado su carrera para dedicarse a su familia, cada vez más numerosa.
Como la vida misma, la situación amorosa de la actriz y cantante tuvo algunos altibajos. En su más tierna juventud, se enamoró de Juan Carlos Mareco, con quien había trabajado en Ladroncito de mi alma. Pero él estaba casado. Y, aunque dejó a su esposa para estar con ella, su padre no aprobó la relación. Entonces apareció Santiago Rodolfo Burastero, su primer marido, con quien contrajo enlace en 1957. Ella lo definía como un “amor verdadero”. Y con él trajo al mundo a su primer hijo, Santiago Ezequiel. Pero un accidente automovilístico sufrido por la pareja durante un viaje a Mar del Plata para participar del Festival de Cine de 1959, lo arrancó de sus brazos abruptamente.
Viuda y con un niño, Lolita encontró refugio en Julio Caccia, un joyero amigo de su ex esposo, con quien se casó en 1960. En ese momento, la unión generó polémica. Pero la realidad es que con Lole, como le decían, ella pudo consolidar la familia que tanto anhelaba. Tuvo cuatro hijos más: Diego, Mariana, Marcelo y Angélica. Y, aunque priorizó su rol de madre, en 1992 se dio el lujo de celebrar cinco décadas de carrera con un show en el Luna Park, del que participaron figuras de la talla de Mercedes Sosa, Charly García, León Gieco, Antonio Tarragó Ros, Víctor Heredia, Ariel Ramírez, Jaime Torres, Patricia Sosa y Luis Landriscina.
Se podría decir, quizá, que esa fue su despedida de los escenarios. Un año más tarde, condujo el ciclo televisivo Dale, Loly, junto a sus hijos. Pero luego, los problemas de salud no le permitieron continuar con su carrera. En agosto de 2002, fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Y, apenas un mes después, hace ya 24 años, murió durante una internación en el Hospital Español. Sin embargo, su recuerdo sigue presente por sus herederos artísticos, los cuatro hijos que tuvo con Caccia y que, en mayor o menor medida, se dedicaron al canto y a la actuación, al igual que sus nietos Ángela, Benjamín, Pedro y Mía. Y por todo el material audiovisual donde su inmenso talento quedó inmortalizado para siempre.












