
El sociólogo Ángel Ramos mencionó que El Salvador avanza hacia una población con más adultos mayores y menos jóvenes, una tendencia que, a su juicio, ya altera la estructura demográfica, redefine la familia y condiciona decisiones sobre empleo, educación, vivienda y pensiones en los próximos años.
En esa proyección, Ramos dijo que el país suma hoy al rededor de 6.3 millones de habitantes y que, tras el censo de 2024, se agregaron 300 mil salvadoreños más entre 2025 y lo que va de 2026. También sostuvo que, “en un par de años”, la población llegará a siete millones y que una porción importante de ese total será de adultos mayores.
Según la entrevista, concedida a Infobae, el cambio central es doble: bajan los nacimientos y sube el peso relativo de las personas de más edad.
Para Ramos, ese proceso modifica la pirámide poblacional salvadoreña y centroamericana, porque reduce el volumen de población joven al mismo tiempo que envejecen las generaciones que nacieron durante y después de la guerra.
La menor natalidad altera el mercado laboral y el tamaño de los hogares
Ramos vinculó el envejecimiento con un impacto directo sobre la economía. Su planteo es que, si aumenta la población de adultos mayores y disminuye la población económicamente activa, habrá menos personas trabajando y más personas fuera del mercado laboral, una relación que afecta la productividad.
En esa línea, sostuvo que las empresas demandan personal más cualificado, pero que ese universo se vuelve más estrecho cuando nacen menos niños.
El resultado, según explicó, es una presión simultánea sobre la oferta de trabajo, la formación de talento y la capacidad del país para sostener su actividad económica.
El sociólogo también describió una transformación de la familia. Dijo que entre los jóvenes se expande la decisión de retrasar el matrimonio, no casarse o convivir sin hijos, y que en muchos casos la aspiración se limita a uno o dos hijos o incluso a optar por una mascota en lugar de un hijo.
Ese cambio, agregó, produce hogares más pequeños, a veces de uno o dos integrantes, y en algunos casos sin hijos. “No quiero tener hijos”, resumió Ramos al explicar la posición que, según dijo, escucha con frecuencia entre parejas jóvenes que asocian la crianza con mayores gastos y con experiencias previas de carencias en sus familias de origen.
El costo de criar hijos y la prioridad profesional empujan nuevas decisiones
Para Ramos, una de las razones más visibles detrás de esa conducta es económica. Señaló que muchos jóvenes crecieron en hogares donde “mi papá antes trabajaba y no alcanzaba”, una experiencia que hoy influye en sus propias decisiones sobre convivencia, maternidad y paternidad.
A eso sumó un cambio en los valores sociales. Según explicó, una parte de las nuevas generaciones prioriza el desarrollo profesional, la independencia personal y la autorrealización antes que la formación de una familia, sobre todo en una sociedad que exige preparación continua, actualización y más competencias tecnológicas.
En su descripción, ese mandato de éxito profesional posterga la vida familiar. Ramos sostuvo que conoce a jóvenes de más de 30 años con estudios de posgrado que no piensan casarse ni tener hijos, porque concentran su tiempo en formación, trabajo y estabilidad económica.
También mencionó el costo de la crianza como un factor de peso. A su juicio, la incertidumbre económica lleva a muchos jóvenes a querer destinar sus ingresos a sí mismos y no a sostener nuevas cargas familiares, una lógica que cambia la percepción sobre qué significa hoy formar un hogar.
Las políticas públicas y las relaciones entre generaciones entran en tensión
Ramos incluyó entre las causas el papel de las políticas públicas. Dijo que la planificación estatal en salud, educación, vivienda, empleo y sistemas de protección no siempre acompaña la realidad social, y que esa limitación influye en la decisión de formar hogar o tener hijos.

Como ejemplo, mencionó la expectativa de jubilaciones bajas. Señaló que cuando los hijos observan que sus padres se acercan al retiro con pensiones bajas, incorporan esa fragilidad a su visión de futuro y evalúan con más cautela la posibilidad de asumir responsabilidades familiares de largo plazo.
El sociólogo añadió un sexto elemento: la relación entre generaciones. Explicó que allí intervienen la distribución del poder, las expectativas, las solidaridades y la posibilidad de construir vínculos basados en diálogo y cohesión social en una sociedad donde, según dijo, esa tarea se vuelve cada vez más difícil.
Ante la consulta sobre cómo imagina el país dentro de 10 años, Ramos respondió que la tendencia seguirá siendo la misma: más adultos mayores y menos jóvenes. Aclaró que los jóvenes seguirán existiendo, pero insistió en que la dirección general del cambio demográfico apunta a una sociedad más envejecida, con efectos sobre la familia, el Estado, la economía, la educación, el trabajo, la vivienda, el costo de vida, la desigualdad y la seguridad.













