
Pep Guardiola con su tiki-taka y un estilo que multiplicó copias, algunas logradas y otras fallidas. José Mourinho y su altanería cautivante. Carlos Bilardo con su obsesión rupturista. César Luis Menotti y su lirismo. Luis Enrique y su intensidad rock and roll. Cada técnico con su librito, con la partitura que los llevó a la gloria, en su tiempo y con sus formas. Para no sembrar injusticia, se podría seguir ampliando la lista. Pero ninguno pudo igualar las arengas filosas de Pedro Marchetta.
Sus frases motivacionales, con estatura de stand up, apasionaban a sus propios jugadores y también a los rivales, que se desesperaban por saber qué había dicho el Negro sobre ellos en la charla técnica. Marchetta, fallecido en abril de 2022, se sumergió en la dirección técnica tras retirarse como futbolista. Fue ayudante del Coco Basile y luego coach principal en múltiples clubes: Racing, Los Andes, Rosario Central, Racing de Córdoba, Vélez, Talleres, Belgrano, Instituto, Independiente, Platense, Independiente Rivadavia, Barcelona y Deportivo Quito de Ecuador.
A pesar de haber formado equipos de color ofensivo y con una identidad definida, solo cosechó un título: un ascenso a la élite con el Canalla. Suficiente para que su leyenda, con el coro de risas de fondo por sus ocurrencias, se esparciera de plantel en plantel, de banco en banco. Es que el Negro, más allá de las presiones inherentes al fútbol, le inyectaba humor a cada situación.
Por ejemplo, cuando estaba en Central, convirtió un error en una cábala. “En marzo teníamos un partido en Buenos Aires, dos días antes del inicio de clases. Decidí ir a cortarme el pelo en la peluquería del hotel donde concentrábamos, pero no estaba la persona que solía atenderme y quien lo hizo me dejó un desastre (risas), parecía el corte de un chico de primaria. Cuando me vieron los muchachos salieron corriendo a comprar un guardapolvo y me lo entregaron firmado con dedicatoria: “Para el alumno Marchetta”. ¿Sabés que hice? Un rato más tarde di la charla técnica con el guardapolvo puesto”, supo contar en una entrevista con Infobae. Por supuesto, el disfraz se sostuvo hasta que perdió.
O las situaciones inverosímiles lo persiguieron o él supo relatarlas con tanta gracia y esa voz finita, casi de dibujo animado, que se convirtieron en cuentos. Como cuando le dio la oportunidad a Gustavo Antoún en Instituto de Córdoba. “Siempre me reclamaba para saber cuándo le iba a tocar ser titular. Era realista y le decía que tenía que esperar su oportunidad, detrás de Ramón Álvarez, toda una institución de la Gloria. Y llegó ese día, porque a Álvarez lo suspendieron por acumulación de amarillas. Nos tocaba con Deportivo Español, que venía tercero con un equipo tremendo. Le di todas las recomendaciones sobre las fortalezas de ellos. Nos dieron un baile de locos. Perdimos 4-2 de locales con cuatro horrores monumentales de Antoún. Se nos caía la cancha encima. En el vestuario me vino a ver: ‘Pedro: le quería decir que no cuente más conmigo, que me retiro del fútbol’. Lo miré y le respondí: ‘¿Pero por qué no me lo dijiste ayer, la puta madre, y ponía a otro?’“, supo narrar con ingenio.
El fútbol fue su vida y él le dio vida al fútbol. Si hasta su olfato estuvo a un paso de permitirle tener en su poder el pase de Diego Maradona antes de que debutara en Argentinos Juniors. “A Diego lo conocí cuanto tenía 13 años y fue a jugar los Evita a Embalse. Yo tenía los hoteles 2, 4 y 7, y viene un amigo, el Cabezón Sala, y me dice: ‘Hay un negro que juega un 10, no sabés lo que es, andá a verlo’. Año 1973. Lleno de gente estaba, mamita querida lo que era Diego. Le dije al dueño de mi empresa: ‘Vos que tenés mucha plata, hay que comprar a este pibe’. Recuerdo haber ido a hablar con el padre, con Don Diego, a ofrecerle 8 millones de pesos, pero quiso seguir en Argentinos, porque ahí estaba Francis Cornejo. Ese campeonato terminaron segundos porque Diego erró un penal con los chicos de Pinto de Santiago del Estero”, detalló en una entrevista con la revista El Gráfico.
Pero sus delirantes descripciones de los jugadores adversarios para incentivar a sus pupilos se transformaron en fábula. Con sus condimentadas sentencias, o tocaba la fibra íntima de sus dirigidos o les arrancaba una sonrisa. Una de dos. Lo seguro es que no iban a pasar inadvertidas. Y hasta se hicieron compendio en su biografía titulada “El Negro”, firmada por Gustavo Gutiérrez y Hugo Caric.
Por ejemplo, antes de un choque entre Central y San Lorenzo, encaró a uno de sus hombres con pegada más certera (y potente) y le lanzó: “Petaco (Carbonari), escuchame bien: hoy pateá desde cualquier lado que para ellos ataja uno que se llama (Gustavo) Campagnuolo. Tiene apellido de mermelada. Si no le hacés un gol sos un muerto”.
A Darío Scotto, atacante que luego jugó en Boca, le dio una instrucción con el mismo filo antes de otro duelo ante el Ciclón, pero con diferente arquero. “Scotto, hoy te bajás del micro y empezás a patear. Ataja (Gilberto) Angelucci. Le tirás un colchón y es gol. No ataja, vuelca”, azuzó sobre el venezolano.
El destinatario podía no ser el guardameta. Los defensores también eran alimento para sus dardos estimulantes. “Ruso, escuchame bien -supo decirle a Claudio Spontón, otro de sus soldados en Platense-: hoy te va a marcar Plá. Tres letras tiene el apellido. Tres. No puede jugar al fútbol. Debería estar prohibido llegar a Primera con un apellido de tres letras. No sirve ni para un crucigrama”, inventó con una agudeza que intrigaba incluso a sus rivales.
Sí, porque las charlas técnicas de Marchetta eran tema de conversación en el camerino adversario. Los contendientes querían saber su contenido, y no precisamente por el temor a sus innovaciones tácticas, sino para saber si sus nombres aparecían en el guion. Y cómo.
“Racing-San Lorenzo en cancha de San Lorenzo, (Silvio) Carrario, de 9. Técnico de Racing, el Negro Marchetta. Yo sabía que las charlas de Marchetta eran todas del rival, todo joda. Entonces le decía a Carrario en el partido: ‘Tweety, decime qué dijo de mí’. ‘No, no’, me decía. ‘Dale, no te voy a mandar al frente’, le dije. Y me empezó a contar: ‘Angelucci, no se tira, vuelca’. Le dije: ‘¿Y yo?’. ‘No, no’, me respondía. Y me contó: ‘Ruggeri, Tweety, encaralo, que se va a desmayar. Pasás y hacés el gol’. Entonces pasé por la línea y le dije: ‘Marchetta, me voy a desmayar la concha de tu madre’. Cambio, Tweety Carrario. ‘No, Oscar, la concha de tu madre’, me tiró. Y el Negro le dijo: ‘Carrario, no podés ser tan boludo’”. contó la anécdota Oscar Ruggeri.
El Tweety, atacante también cordobés, de extensa trayectoria que incluyó pasos por Boca, Argentinos, Lanús, Quilmes, Talleres, Olimpo y Chacarita, entre otras instituciones, supo revelarse como un eximio imitador del entrenador de los monólogos cómicos.
En una nota con TyC Sports, reprodujo algunas de sus hilarantes descripciones de los jugadores. “(Pablo) Goberville, le tirás un gato y resbala, tiene tanta grasa que resbala, encaralo, transpira y se queda pegado en el suelo”, copió con impactante fidelidad. “(Héctor) Almandoz, Almandoz se pega solo. Usa dos medias, cuando se le cae una se pega con la otra pierna”, sumó otro ejemplo.
El Negro también aplicaba esa picardía para el manejo de grupo: conducía sin el látigo, pero también sin candor… “Queríamos salir con el Chelo (Delgado) y no podíamos, porque el Negro y su cuerpo técnico tomaban ahí en el hall del hotel. Fuimos a hablar con el conserje para que le inventara alguna historia y que subiera a la habitación, y ahí nos escapábamos. Llegamos como a las tres o cuatro de la madrugada. Y nos fuimos para la pieza. Y estaba él con los profes, estaban todos. Estaban en la pieza, esperándonos. Se habían puesto la mesita, y estaban ahí tomando, jugando a las cartas. Y nos dijo: ‘Ahí están los vivillos. Ahí están el rosarino y el cordobés. Cuando ustedes van, yo fui, volví, hice todo lo que tenía que hacer, pavotes’”, narró con enorme histrionismo el ex punta.
Marchetta usaba su chispa como arma multipropósito, incluso para sacar a sus dirigidos de un pozo futbolístico. “Muchachos, miren si no voy a entender que la situación es complicada que cuando estoy aburrido en casa pongo la tele y veo Los Simpsons, pero cuando estoy todavía más aburrido pongo un partido de ustedes”, supo aguijonear a un plantel. Tal era la complicidad que lograba con sus dirigidos, que hasta en sus mejores momentos los mezclaba en el humor.

“Me quedaron dos bypass de cuando dirigía a Platense. A uno le puse Erbín y al otro Irusta. Dos hijos de puta”, pinchó al marcador central y al arquero que tuvo en Vicente López. El zaguero, ex River y Boca, se lo cruzó en un estadio como adversario, y con varias horas de charlas técnicas en el lomo. En consecuencia, quiso conocer la descripción que le había tocado.
“¿Qué dijiste de mí, Pedro? ¡Dale que te conozco!”, inquirió. “Nada, Pablito ¿Qué les voy a decir de vos que no sepan? Les dije que te encaren por la pierna izquierda que no tenés zurda”, suavizó el técnico. Erbín pareció satisfecho inicialmente con esta respuesta relativamente templada, pero Marchetta no había terminado. Cuando el técnico continuó con su marcha, se dio la vuelta una última vez y gritó: “¡Y derecha tampoco tenés! ¡Ni zurda, ni derecha!”.
Su estrategia “para mantener motivados a los muchachos”, como supo describir en El Gráfico, transformó en insaciables a los jugadores, que hasta le iban a pedir consejo para acicatear a sus contrincantes. Aunque Marchetta tenía sus límites: “Yo también tenía algunos que me cebaban. Estábamos concentrados con Central antes de jugar con el Vélez de Bianchi y andaban el Kily (González) y Vitamina (Sánchez), unos hijos de puta bárbaros, que me hacían señas de ‘¿y a Chilavert qué le decimos?’. Les hablé: ‘Nada, qué le vamos a decir, si Chilavert por un dólar mata a la madre, así que por 100 mata a toda la familia y a nosotros también’. La contó Chila en la tele, un fenómeno. Les ganamos 3-1″.
En realidad, el Negro ganó siempre: cada vez que inventó una arenga que traspasó las puertas de su vestuario y se convirtió en una pieza de la más pura picaresca futbolera.














