
En un rincón de San José, Costa Rica, donde el aroma del café y las artesanías nicaragüenses intentan recrear la patria perdida, Mónica Baltodano, una de las leyendas de la Revolución Sandinista, analiza el ocaso de sus antiguos compañeros de armas.
A los 71 años, la mujer que alguna vez comandó columnas guerrilleras para derrocar a la dictadura de los Somoza, hoy apunta sus palabras contra lo que define como una “mutación brutal” del poder en Nicaragua.
Para Baltodano, el futuro del régimen nicaragüense pende de un hilo biológico. Según afirmó en una entrevista con la Agence France-Presse (AFP), la vicepresidenta y copresidenta de facto, Rosario Murillo, no podrá sostener el control del país una vez que Daniel Ortega, de 80 años y con una salud visiblemente mermada, desaparezca de la escena.
“Rosario no resistiría la desaparición de Ortega”, sentencia Baltodano con la seguridad de quien conoce las entrañas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Según la excomandante, Murillo ha construido un andamiaje de poder que depende exclusivamente de la figura de Ortega como una “deidad” o un “ícono” necesario para mantener la cohesión de las fuerzas de seguridad.
“Las instituciones no se le subordinarían como actualmente están. El FSLN ya no existe como organización ni como partido; es un aparato que utiliza principalmente Murillo para vigilar, reprimir y manipular”, explica. A juicio de la analista y exguerrillera, la falta de legitimidad histórica de Murillo entre las bases sandinistas tradicionales y los altos mandos militares crearía un vacío de poder imposible de llenar.
Una dictadura “peor que la de Somoza”
La comparación con el pasado es inevitable. Baltodano, que pasó gran parte de su juventud en la clandestinidad y la montaña luchando contra Anastasio Somoza Debayle, asegura que el régimen actual ha superado los horrores de la dictadura dinástica que gobernó Nicaragua por cuatro décadas.
“Somoza fue un genocida, pero incluso bajo su mando había espacios de lucha cívica, manifestaciones y prensa independiente. Si Ortega se hubiera enfrentado a una lucha armada como la que nosotros libramos, sería más genocida que Somoza”, reflexiona.
Para ella, el sistema actual ha evolucionado hacia un totalitarismo cerrado, con rasgos similares al modelo de Corea del Norte, donde el destierro, la desnacionalización y la persecución brutal a la Iglesia católica son las herramientas cotidianas de control.
Baltodano recuerda con dolor el 2018, cuando las protestas civiles fueron aplastadas con fuego real. “Él y Rosario cometieron crímenes de lesa humanidad. Ella dio órdenes de disparar contra jóvenes desarmados. Es un régimen mucho más oscuro”.
El exilio como trinchera
Despojada de su nacionalidad y de sus bienes en agosto de 2021, Baltodano vive un exilio “doblemente doloroso” debido a su edad. Lo que debían ser años dedicados a cuidar a sus nietos y escribir se transformaron en una nueva etapa de activismo internacional.
“Hemos tomado el exilio como una trinchera de lucha”, dice, mientras asegura que, a pesar de las amenazas constantes en redes sociales y llamadas telefónicas, no vive obsesionada con el miedo.
Respecto a la oposición nicaragüense, actualmente fragmentada y en su mayoría fuera del país, Baltodano es pragmática. Cree que la articulación de fuerzas vendrá “por añadidura” cuando se logren crear las condiciones de organización interna. Para ella, la clave reside en la “rebeldía soterrada” de un pueblo que vive bajo terror, pero que aguarda el momento de la movilización.
A pesar de la distancia y la desolación de ver a sus cuatro hijos también exiliados, Mónica Baltodano no contempla un final lejos de su tierra. Su casa en San José está llena de trozos de Nicaragua, fotos, cuadros y artesanías, que sirven de puente emocional con su origen.
Cuando se le pregunta dónde imagina pasar sus últimos días, la respuesta no deja lugar a la duda ni al titubeo. Sus ojos se iluminan con la misma determinación con la que entró triunfante a Managua en 1979: “En Nicaragua, estoy absolutamente segura”.













