Claro que no habló de indumentaria Jorge Fernández Díaz este domingo en la Feria del Libro, aunque se riera de su aspecto en smocking cuando fue a recibir el premio Mariano de Cavia por su artículo Bienvenidos al populismo de derecha. No habló de indumentaria pero sí de su familia, de sus orígenenes, de la casa de la que salió este periodista que se volvió un escritor exitosísimo, uno de los más vendidos del país y que, por si fuera poco, ganó el Premio Nadal. Habló de la pasión de ese recorrido entre redacciones y novelas.
Solo con un micrófono, parado al borde del enorme escenario de la sala más grande de la Feria del Libro, Fernández Díaz contó durante una hora cómo llegó a esas redacciones “llenas de alcohólicos, eruditos y tipos interesantísimos”. Lo escuchó en silencio, con risas, con emoción, un público que lo lee y lo escucha en la radio.
¿Qué tiene él para decirles a los chicos jóvenes? se preguntó. “Lo único que puedo contarles es la pasión. La pasión que me trae hasta acá, la pasión por el periodismo, por la escritura, por la literatura».

Entre el cine de súper acción y la colección Robin Hood
“Fui criado en una casa donde se veía el cine de Súper Acción”, contó“. ”Hollywood en castellano, el mundo del espectáculo, el viejo Hollywood del cuarenta, del cincuenta, del sesenta, hasta el sesenta. Es el territorio de John Ford, de Billy Wilder, de Howard Hawks y de tantos otros que formaron parte de mi vida. En un hogar donde, convivían con esas películas los libros de la colección Robin Hood. Con el tiempo llegaron los libros de Ian Fleming, los de Carré, y después se me ofreció Borges y entrando los de la colección Séptimo Círculo y la colección del Club del Misterio, donde yo leí toda la historia de la novela policial».
Lectura y vida: Fernández Díaz devoraba historias policiales mientras, como periodista, investigaba “el muerto del día”, iba a las cárceles, se metía por todas partes.
Gambeteando entre realidad y ficción, entre lo que salía en los diarios y lo que podía pasar a otro formato, el joven redactor escribió un libro: Alguien quiere ver muerto a Emilio Malbrán, que dirá, fue un fracaso.

Después le propusieron escribir sobre Bernardo Neustadt: “Un periodista que llenó la Plaza de Mayo, que tenía treinta puntos de rating, que tenía un poder absolutamente ilimitado, que le había colocado el primer gabinete a Menem con todos los invitados, lo que se llaman ‘los abonados’ de Tiempo Nuevo. Es decir, un poder gigantesco, ¿no? Entonces, me contratan para que escriba un libro sobre ese ciudadano Kane de la era de la telepolítica. Hablé con un montón de gente, hablé con él». Otra vez, dijo, “el libro fue un fracaso en el sentido que esperaban cien mil ejemplares y se vendieron catorce mil”. Ese número hoy sería un éxito absoluto, claro. A Neustadt no le gustó. Pero cuidado, dice Fernández Díaz, con ser muy oficialista. Ejemplo: “Bernardo tenía treinta puntos de rating cuando empezó a ser el promulgador de Menem. Cuando terminó Menem, lo echaron de Telefé porque no hacía rating, ¿no? Eso ocurrió en diez años. Después, lo encontré cansado y me pidió perdón».
Así la vida: Fernández Díaz -que hoy en miembro de la Academia de Letras- +, por un lado perseguía a Moria Casán con un fotógrafo, por otro leía a Boreges. Pero no sólo a Borges: “Yo había leído Triste y solitario final, que es un libro de Osvaldo Soriano que trata sobre un personaje de la novela negra, que es Philip Marlowe, y El el gordo y el flaco. Entonces, dije: ‘Bueno, yo puedo hacerlo con Sherlock Holmes’. Entonces, comencé a releer a todo Conan Doyle, que es tan maravilloso, y, escribí una novela que no leyó nadie. Es una novela de Sherlock Holmes contada por Borges, como si Borges fuera una especie de Watson de él. Y es una intriga que empieza en Baker Street y termina en, en Buenos Aires».
Lo de ese libro –El dilema de los próceres– siguió con Jorge Lanata, con quien Fernández Díaz trabajó en la radio. “Una vez, me invita a su departamento para proponerme un trabajo. Antes, yo le mandé el libro. Estuvimos cinco horas hablando de literatura y de periodismo. Cinco horas, ¿no? Y él no me decía nada de mi libro. Pasaban las horas y no me decía nada de mi libro. Nada, nada, nada. En un momento dado nos separamos, me despide, yo me subo al ascensor, se va cerrando la puerta y de repente él para la, la puerta, la abre así un poquito y me dice: ‘Ah, que sea la última vez que intentás emular a Soriano’. Y cierra la puerta».
El público ríe. Está hablando de fracasos porque sabe que viene un éxito grande. Está haciendo reir porque enseguida hará llorar.
En algún momento, Fernández Díaz conoció a Arturo Pérez Reverte, que hoy es un gran amigo suyo. Y el español le consiguió algo soñado: que le pagaran un sueldo para escribir una próxima novela. Pero Fernández Díaz dijo que no: se había comprometido a hacer el diario Crítica, que estaba arrancando.
Por entonces, descubrió una cosa de sí mismo: no podía escribir para otros, tenía que escribir lo que le salía. » Yo entraba en las librerías, como le pasan a muchos escritores, miraba y decía: ‘¿Para qué escribir? ¿Para qué escribir si ya está todo escrito? Es maravilloso todo lo que hay escrito. Si hay escrito cosas magníficas, ¿para qué agregar un ladrillo a este mundo? ¿Qué es lo que yo tengo para dar?’. En esa crisis grave de octubre sucedió, que mi madre estaba deprimida, iba a una psiquiatra. Y un día le digo: ‘Mamá, vos y la, la psiquiatra, ¿de qué hablan?’. Ella me dice: ‘Le cuento mi historia. Y ella llora’.»
El periodista vio el personaje. E hizo una anotación en un cuaderno: “La mujer que hacía llorar a su psiquiatra”. Por ahí iba a nacer algo: “Si esta mujer tiene una historia tan impresionante, es importante que por lo menos mis hijos la conozcan. Porque esa idea de que venimos de los barcos es una idea falsa. Nosotros no bajamos de los barcos, bajamos de unas familias impresionantes, llenas de canallas, mediocres, tipos interesantísimos, que hemos dejado atrás rápidamente para ser argentinos”
La entrevistó durante cincuenta horas. Entrevistó al padre. Y escribió Mamá, pensando en sus hijos. “Cuando lo leyó mi editora, se puso a llorar y me dijo que había que publicarlo. Yo la convencí a mi madre, que dijo que sí. “Mamá fue un antes y un después, porque empezó a tener un éxito impresionante en Argentina. Cada dos días reimprimían, reimprimían, reimprimían. Y saltó a España. Y de repente un día llega Serrat, me por teléfono y me dice: ‘Yo hubiera querido hacer este documental. Haber podido entrevistarla’“. Hasta Pérez Reverte, que odia la novela sentimantal y que había sido desairado, la elogió.
Le ofrecieron filmarla pero, claro, le pedían cambiar cositas acá y allá, cositas que eran parte de la vida de sus padres. “Cuando tu padre es duro pongamos que le pegaba”, dijeron por ejemplo. Había mucha plata de por medio. Pero “mi madre se dio cuenta muy clarividente que no había que entregarle el libro a nadie extranjero. No les entreguemos nuestra intimidad a los demás’, me dijo”. madre.
Después quiso escribir sobre su abuelo, pero un tío lo paró en seco: “Me dijo: ‘Va a ser la novela de un hijo de puta y yo voy a ser el hijo del hijo de puta’”. Así que escribió Fernández, “que es una novela ficticia”. Pero el Fernández de Fernández, era muy parecido al Fernández Díaz del escenario. Así son las cosas.
Y entonces algún editor del diario La Nación le propuso escribir historias de amor pero historias reales. ¿Él, hacer historias reales? ¿No iba a arruinar su carrera como columnista? Bueno, las hizo. Algunas historias tremendas que este narrador no puede aguantar y cuenta en la Feria. Una empieza: “Él estaba casado en segundas nupcias y, de un día para otro, la mujer le sirve el desayuno y le dice la frase que es indecible. Somos capaces de hacer cualquier cosa para no decir esta frase: ‘No te quiero más’. Una frase violentísima. Entonces, para no decir ‘no te quiero más’ hacemos cualquier cosa: violencia, violencia verbal, infidelidades. Y esta mujer se lo dijo en seco”. El periodista terminó contando historias en la radio, convertido en el “Doctor amor”, el público presente lo ha escuchado.
La novela de San Martín
Siguió la vida. El periodista había investigado la batalla de Bailén, “donde, por primera vez, se levantan los españoles contra las tropas napoleónicas en Italia”. Hablando con uno, hablando con otro, la investigación terminó en novela. Se llamó La logia de Cádiz y vendió cien mil ejemplares. “Yo lo que quería hacer era agregarle a la vieja colección Robin Hood una novela de aventuras, que se pudiera ver como una película de cine de aventuras. La logia de Cádiz me trajo muchas satisfacciones, pero la más grande, que fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida, fue cuando el Regimiento de Granaderos a Caballo me condecoró como granadero honorario». Es que tocó una fibra profunda. De padres españoles, en la casa se hablaba bablé, el idioma asturiano, y Fernández Díaz se sentía extranjero:» Pero ese extranjero había sido nombrado granadero por la comunidad».

Siguieron más libros, más intentos. Hasta que llegó su serie de espías, con ese personaje odioso que es “Remil”, un agente al que llaman así porque es “un remil…” Nunca había hablado con un agente de Inteligencia, contó. Pero se imaginó cosas y terminó en una tertulia con varios de ellos. Y con una trilogía que rompió records de ventas: El Puñal, La herida y La tración.
Después vino Cora “una detective que es como si viviera en mi barrio”. Y la que dejó para el final: El secreto de Marcial. Me dejo para el final el secreto de Marcial. Marcial, claro, es el padre. Y con es libro ganó uno de los premios más prestigiosos de España, el Nadal. “Cuando lo gané estaba en blanco y ante cuatrocientas personas, lo único que se me ocurrió decir es que era toda una ironía que mi padre, que siempre desconfió de la literatura y que siempre quiso volver a España, volviera hecho una novela».
El público asiente. Están con él, con su emoción, con ese padre.
“Y, seis meses después, yo estaba en mi casa y sonó el teléfono y era el presidente de la Real Academia Española me dijo: ‘Soy el jurado del premio Cavias. El premio Caviedes se entrega una vez por año a un articulista. Lo votan los directores de los diarios. Yo no lo podía creer”.
Ese premio lo entregan los reyes. Así que ahí fue este hijo de asturianos crecido en “Palermo pobre”, se alquiló un smoking para recibirlo. “Algunos creían que podía parecer James Bond en el smoking, pero más bien parecía el maitre del Palacio de la Papa Frita, que era mi tío. Era mi tío”.
Así, “el rey de mis padres, no el mío, tuvo que nombrarlos. Dijo ‘Carmina y Marcial’. Dos camareros, a ellos los nombró el rey. Yo sentí una oleada por dentro impresionante. Ellos dos, esos dos mozos, esos dos que apenas tenían la primaria hecha, que habían venido de una aldea, esas dos personas me habían formado, me habían sentado a ver Cine de Súper Acción, me habían dado los libros, habían desconfiado de mí, me habían enseñado, me habían dado sus historias y gracias a ellos yo llegué a la literatura”. A esta altura, muchos pañuelos secan muchos ojos en la Feria del Libro de Buenos Aires.
Aplausos.
La entrada, los horarios, los días
Entrada: La entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires costará 8.000 pesos de lunes a jueves y 12.000 los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un “chequelibro” con el que podrá conseguir descuentos en librerías cuando termine la Feria.
Gratis: de lunes a jueves desde las 20 h,
Fecha: La Feria sigue hasta el 11 de mayo.












