
La aplastante victoria de Peter Magyar en Hungría pone punto final a la carrera política de Viktor Ӧrban, cuya visión autoritaria estaba comenzando a destruir los cimientos de la democracia liberal creada por el pueblo húngaro luego del colapso de la Unión Soviética. Este logro del pueblo húngaro tiene antecedentes en octubre de 1956, cuando el rechazo del pueblo húngaro a la sovietización del país se expresó en protestas multitudinarias que llevaron al primer ministro Imre Nagy a abolir el sistema unipartidista, a exigir el retiro de las tropas soviéticas y a rechazar la membresía al pacto de Varsovia declarándose neutral en el conflicto Este-Oeste. Para noviembre, el país había sido invadido y reocupado por la Union Soviética.
Al colapsar la Union Soviética, Hungría se avocó al logro de su ideal democrático interrumpido a sangre y fuego en 1956. Desde 1989 y hasta el 2010, sentó los pilares para el desarrollo de una democracia liberal. Estableció elecciones libres, estado de derecho y libertades civiles, convirtiéndose en una de las transiciones poscomunistas más exitosas. Hungría se unió a la OTAN en 1999 y a la Unión Europea en 2000 dando fuertes señales de consolidación democrática. Pero, a partir del 2010, cuando Viktor Ӧrban es electo primer ministro, Hungría experimenta un proceso de constante deterioro democrático. Su partido, Fidesz, obtuvo una supermayoría constitucional, lo que permitió cambios institucionales profundos. Las reformas afectaron la independencia judicial debilitándola; otorgaron facultades de supervisión gubernamental sobre los medios de comunicación y se cambiaron las reglas electorales de maneras que los críticos dicen favorecer a los titulares. En síntesis, a partir del 2010 Hungría perdió su calibre democrático mutando hacia un régimen híbrido o “iliberal”, que si bien mantienen elecciones, ha debilitado los controles y equilibrios liberal-democráticos.
Pero el pueblo húngaro decidió poner fin a ese deterioro y votó masivamente por una opción política de centro derecha que le asegura un mayor y mejor entendimiento con la Unión Europea y el deslastre de la relación con Rusia cuya política exterior había logrado la histórica victoria de hacer de Hungría la punta de lanza contra la Unión Europea y el cañón para destruir a Ucrania. De manera que, su salida del poder, ha sido ampliamente celebrada en toda Europa.
En América Latina experimentamos también una contracción democrática. Desesperados por la ineficiencia y la corrupción de los gobiernos, nos ha dado por celebrar a los dictadores “cool” y a todo líder político que diga estar en contra del Foro de Sao Paulo. Sin importarnos que esos contrincantes del Foro de Sao Paulo tengan en mente destruir las bases del edificio de democrático que se resumen en libertad de expresión y de asociación política e instituciones fuertes con capacidad para establecer límites al poder del ejecutivo, el legislativo y del judicial. En síntesis, estamos siendo testigos de una observación hecha por la Embajadora Jeanne Kirkpatrick cuando en América Latina comenzaron a florecer las dictaduras militares que, en nombre del anticomunismo, operaron con las mismas prácticas de la Unión Soviética. En esa oportunidad, la Embajadora Kirkpatrick observó que las adscripciones ideológicas no servían de nada porque, en síntesis, tanto el totalitarismo soviético como el autoritarismo latinoamericano se nutrían del fin de la libertad.
Seguimos así comportándonos como tribus en lugar de comportarnos como ciudadanos. Y nos parece normal que cualquier déspota sea corrupto siempre y cuando la economía crezca; que controle los medios de comunicación siempre y cuando permita los campeonatos deportivos y represor siempre y cuando golpeen, maten o encarcelen a los hijos de los demás.
Es por ello que tenemos democracias de papel que no resisten el primer embate de una crisis económica o política. Porque una verdadera democracia se construye como han probado los húngaros, los polacos, los checos y los lituanos con el esfuerzo organizado y mancomunado de la sociedad civil que primero organiza sus ciudades, luego sus provincias para al final crear y sostener con límites de autoridad el poder central. Este poder está limitado por el de los municipios y provincias y por la interacción entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Es decir, como todo buen edificio, el secreto de la democracia está en los equilibrios. Por eso los húngaros se deshicieron de Ӧrban, quien intentó destruir esos equilibrios para establecer una suerte de autoritarismo con inclinaciones hacia Rusia.












