El ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, la jefa del régimen, Delcy Rodríguez, Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente derrocado Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, caminan juntos en la Asamblea Nacional, en Caracas, Venezuela, el 5 de enero de 2026 (Marcelo García/REUTERS)

Como lo expresó con claridad el Secretario de Estado, Marco Rubio, «We are dealing with reality here» (Estamos lidiando con la realidad aquí). Y esa frase, lejos de ser retórica, marca el tono de lo que estamos presenciando. La realidad, no el escenario deseado, no el imaginado o el idealizado, es la que hoy se impone sobre años de narrativas, consignas y expectativas. La operación y los sucesos posteriores han sido una demostración del pragmatismo del presidente Donald J. Trump. Un pragmatismo incómodo para muchos, pero consistente con una lectura de la realidad venezolana tal como existe hoy, no como quisiéramos que fuera.

Es cierto que pocas figuras resultan tan detestables como la de Delcy Rodríguez, pieza clave de la dictadura que en su momento tendrá también que enfrentar la justicia. Pero también es cierto que su permanencia provisional permite una transición mucho más ordenada, previsible y segura que la que podría derivarse de un vacío abrupto de poder, o peor aún un escenario de confrontación interna que resulte aún más costoso para el pueblo venezolano. En política, y más aún en escenarios post-autoritarios, el problema no es solo quién se va, sino qué queda en pie cuando se va.

Un estado no desaparece con la caída de su líder. Un gobierno responsable debe garantizar, ante todo, el control efectivo del aparato estatal, en particular de la fuerza pública. La pregunta incómoda, pero inevitable, es ésta: ¿cómo se podría garantizar la subordinación de las fuerzas armadas de una dictadura de más de un cuarto de siglo? Es previsible que ninguna figura del actual mando castrense ha llegado allí sin la aprobación directa de Maduro. Pretender que ese entramado se disuelva de la noche a la mañana es desconocer cómo funciona el poder real. Quienes, desde una expectativa idealista (pero tan poco real como el enjambre de mariposas amarillas de García Márquez) esperaban que María Corina Machado asumiera y tomara juramento de forma inmediata tras la salida de Maduro, parecen ignorar deliberadamente las estructuras militares, políticas, económicas, burocráticas y sociales construidas a hierro y fuego durante los años de la dictadura.

Machado es sin duda la figura más importante de la oposición y su rol ha sido fundamental en el proceso, inacabado, de liberación de Venezuela. Es también un claro ejemplo de la persecución y la inhabilitación que el régimen ha aplicado contra quienes levantan la voz. Maduro impidió su candidatura pese a que obtuvo más del 92% de los votos en las elecciones primarias; pero es tanto su respaldo que sin estar en la papeleta de las elecciones generales aseguró el respaldo mayoritario para una figura hasta entonces desconocida: Edmundo González. Dicho esto, las últimas declaraciones del presidente Trump reflejan nuevamente el pragmatismo que caracteriza su liderazgo: la presidencia de Machado no es, por lo pronto, posible en un escenario de altísima complejidad como el que vive y vivirá en los próximos meses Venezuela.

El realismo mágico puede ser una extraordinaria herramienta literaria pero es un pésimo instrumento para resolver una transición de poder.

¿El derecho internacional?

Aceptémoslo sin rodeos: el derecho internacional agotó todas sus herramientas frente al caso venezolano. O quizás no existió la decisión política suficiente para utilizarlas con eficacia. Ninguna produjo el más mínimo cambio sustantivo en el comportamiento del régimen.

Maduro es el primer y único mandatario latinoamericano investigado por la Corte Penal Internacional, y esa Corte no emitió una sola orden efectiva en su contra. La Corte Interamericana de Derechos Humanos lleva décadas condenando al estado venezolano, sin que una sola de sus sentencias haya modificado la conducta del poder. Lo más relevante que han logrado los organismos interamericanos ha sido mantener actualizada la lista de presos políticos, de torturados, de ejecutados; y preservar la memoria documental del horror. Pero no confundamos registro con transformación o coerción.

¿Dónde estaban los defensores del derecho internacional mientras Maduro actuaba con total impunidad? ¿Podrían defender que sus instrumentos han sido efectivos de alguna forma?

¿Soberanía?

Otro de los argumentos esgrimidos por analistas en estos días ha sido el de la soberanía. En estricto sentido, esto exige que un pueblo a través de su gobierno se conduzca con autonomía y ejerza control sobre su territorio y recursos. El pueblo venezolano no estaba en esa situación y francamente su gobierno tampoco. ¿De qué soberanía hablan entonces los analistas? ¿La de un pueblo al que no se le permite expresarse, cuyas decisiones electorales se manipulan e irrespetan? ¿De la soberanía de un Estado que convirtió su territorio en zona liberada para el crimen organizado, en corredor del narcotráfico continental, en teatro de operaciones para organizaciones terroristas? ¿De un régimen que durante años entregó recursos estratégicos, infraestructura crítica y capacidad decisoria a potencias extranjeras como China, Rusia, e Irán?

¿Qué valor tiene el argumento soberanista frente a un hecho hoy incontrovertible, confirmado por la propia operación: que la seguridad personal del autoproclamado jefe de Estado estaba en manos de agentes cubanos? La soberanía no es una consigna. Es una función. Y Venezuela hacía tiempo que había dejado de ejercerla.

¿Dónde estaban los defensores de la soberanía mientras Cuba entrenaba y controlaba parte del ejército venezolano y diseñaba a su gusto su aparato de inteligencia? ¿Dónde estaban los defensores de la soberanía mientras Irán operaba proyectos secretos en bases militares venezolanas? ¿En dónde quedó la soberanía mientras China y Rusia instalaban estaciones para sus satélites y tomaban control de los recursos estratégicos del pueblo venezolano?

¿Intervención o restauración del orden?

La tercera discusión gira en torno a la legitimidad de la operación. Aquí también conviene abandonar el terreno de la retórica para volver a la realidad.

Estados Unidos no actuó en el vacío. Actuó frente a un Estado fallido, capturado por redes criminales transnacionales, convertido en amenaza directa para la seguridad regional. Cuando en un país no se evidencian las funciones mínimas de un estado: monopolio legítimo de la fuerza, control del crimen, protección de su población, la distinción clásica entre intervención e inacción se vuelve moralmente insostenible.

La operación no fue un gesto ideológico. Fue una decisión estratégica que, ¡por supuesto!, también tiene que ver con otros asuntos estratégicos para Estados Unidos como la gestión y el acceso a recursos naturales. Aunque muchos parecen escandalizados con las declaraciones del presidente Trump sobre el petróleo, resulta refrescante escuchar a un líder que lo dice claramente; la diferencia con China, Rusia, Irán y Cuba no es el interés sobre los recursos, sino que éstos y otros intereses están escondidos en retórica ideológica.

La caída de Maduro no es el final de esta historia. Es, apenas, el cierre de un capítulo oscuro y la apertura de uno profundamente complejo. El éxito de lo que viene dependerá menos de los discursos y más de la capacidad de leer correctamente el terreno, los equilibrios de poder y los tiempos de la transición.

La realpolitik no promete finales felices inmediatos. Promete algo más modesto, pero infinitamente más valioso: estabilidad, orden y la posibilidad real de reconstrucción.

El realismo mágico emociona. La realpolitik gobierna. Y hoy, Venezuela necesita gobierno.

*El autor es empresario, estratega político y de políticas públicas y ex alto funcionario gubernamental. Es el Director Fundador del Centro Adam Smith para la Libertad Económica de la Florida International University.