
La tenista australiana Destanee Aiava, de 25 años, anunció su despedida del circuito profesional con un tono confrontativo poco habitual en el ambiente. En una carta difundida en sus redes sociales, la joven utilizó la metáfora de un “novio tóxico” para describir su vínculo con el tenis y denunció la existencia de una cultura excluyente y dañina en el deporte de alto rendimiento.
El comunicado, que rápidamente generó repercusión, incluyó frases directas y un mensaje especial a quienes, dentro del circuito, contribuyeron a su malestar: “Quiero mandarles un enorme ‘que se jodan’ a todos los miembros de la comunidad del tenis que alguna vez me han hecho sentir menos”, expresó la jugadora, para visibilizar el desgaste emocional acumulado durante años en la élite.

Junto a sus críticas contra los sectores tradicionales del tenis, Aiava denunció situaciones de “racismo, misoginia y homofobia”. Según su testimonio, detrás de los “trajes blancos y las tradiciones” subyace una estructura hostil que no admite a quienes se apartan del molde dominante. La jugadora, de origen samoano y nacida en Melbourne, reconoció que ser parte de una minoría étnica y cultural la expuso a múltiples formas de violencia simbólica y explícita, tanto dentro como fuera de la cancha.
Además de los conflictos internos, Aiava mencionó el acoso por parte de apostadores y usuarios en redes sociales, quienes le enviaron amenazas de odio y de muerte y comentarios constantes sobre su cuerpo y desempeño. En sus palabras, estos ataques afectaron su autoestima y alteraron su relación con el deporte.
La joven tenista llegó a ser la primera jugadora nacida en el año 2000 en disputar el cuadro principal de un Grand Slam, cuando fue invitada al Australian Open en 2017. Alcanzó el puesto 147 del ranking mundial de la WTA y conquistó 24 títulos en el circuito ITF. Sin embargo, su carrera nunca logró la consolidación esperada, y ella misma reconoce que el salto a la élite le llegó antes de tiempo: “No estaba preparada y era peligrosamente ingenua ante las consecuencias de confiar en la gente equivocada”, recordó sobre un episodio crucial a los 17 años.

Los logros deportivos no suavizaron los costos personales que, según la tenista, implicó su permanencia en el circuito. La atleta mencionó que el tenis impactó su salud, su entorno familiar y su percepción de sí misma. En su carta, admitió: “Tampoco sabía quién era fuera del tenis ni cuál era mi verdadera pasión. Buscaba constantemente algo que me diera paz en lugar de tristeza.”
En su despedida, Aiava dedicó palabras a la comunidad de las Islas del Pacífico, en especial a Samoa, tierra de sus raíces familiares. La tenista expresó sentirse parte de una minoría poco representada en el tenis profesional y señaló que compitió “en un escenario que no fue diseñado para personas como yo”. Remarcó que su intención fue abrir caminos para las nuevas generaciones de niñas y niños de su comunidad que aspiran a llegar al deporte de alto rendimiento.
La carta de Aiava también incluyó un balance de los aspectos positivos de su paso por el tenis: los viajes, las amistades y la oportunidad de contar su historia en un espacio global. Sin embargo, el saldo personal resultó más pesado: “Mi relación con mi cuerpo. Mi salud. Mi familia. Mi autoestima.”, enumeró al referirse a las huellas que dejó la competencia. “A veces seguí jugando porque sentía que me debía no solo a mí misma, sino a todos los que me habían ayudado a lo largo de mi carrera, intentar volver a donde (en teoría) pertenecía”, expresó la joven tenista.
Hasta el momento, ni la WTA ni la ITF han emitido declaraciones ante las acusaciones y el testimonio de Aiava. Mientras tanto, el mensaje de la jugadora australiana reaviva el debate sobre la salud mental y la inclusión en el tenis, así como la presión que enfrentan los y las deportistas de minorías étnicas y culturales en circuitos tradicionalmente cerrados.