
Ciudad milenaria, Atenas, capital de Grecia, ofrece una variedad de atractivos relacionados con su cultura, con la historia, con una magia muy especial que emana de su interior. Si bien es extensa, la parte céntrica es relativamente fácil de recorrer. Tiene varias colinas desde las cuales se obtienen hermosas vistas, destacándose la de Filopapo, la de Licabetos y la más conocida de todas, la Acrópolis, esa gigantesca elevación rocosa coronada por el hermoso Partenón. Obviamente podríamos hablar mucho tiempo de la Acrópolis, pero mi intención es relatar un pequeño trayecto por esa parte céntrica, con algunas cosas que llaman mi atención.
Parto de un sitio llamado el Areópago, al norte de la Acrópolis, un peñasco un poco más bajo que aquella, desde donde se obtiene una vista hermosa del núcleo urbano, especialmente de noche. En ese lugar el Apóstol Pablo dio su prédica a los atenienses en el 51 d. C., en los primeros pasos de un incipiente cristianismo. A pocos pasos de ahí, ingreso al Ágora Griega, una amplia superficie que combina naturaleza con numerosos puntos por descifrar.

El Ágora era el centro público y administrativo de los atenienses, el sitio en donde se reunían a discutir los temas de la ciudad, las leyes y los asuntos políticos. Era un espacio sagrado para ellos. En ese sitio, muchos son los lugares a visitar, destacándose el Templo de Hefestos, o de Teseo, construido en el siglo V a. C., la Plaza de los Oradores, en donde Platón charlaba con los ciudadanos o los cimientos de la cárcel donde pasó Sócrates sus últimos momentos.
Uno de los puntos más interesantes es la Stoa de Atalo, construida en el siglo II a. C., que hoy en día alberga al Museo del Ágora. “Uno de los puntos más interesantes es la Stoa de Atalo”.
Dos cosas llaman mucho mi atención: Una está en relación al ostracismo, un método que tenían los ciudadanos para desterrar a alguien que consideraban peligroso para la ciudad. “Si un nombre alcanzaba una cantidad de votos, debía dejar Atenas en diez días y permanecer desterrado diez años”, situación que se podía revertir mediante el perdón.

Otro objeto que me sorprende es la klepsidra, un reloj de agua que servía para medir el tiempo. Era usado para cronometrar la duración de una disertación mientras alguien exponía algún tema en la antigua Atenas, considerando la facilidad que tenían los atenienses para la oratoria.
Saliendo del Ágora busco alimentarme. Grecia tiene muchas opciones y elijo una que es muy común, el souvlaki. Paseo por los barrios céntricos de Plaka y Monastiraki y elijo un sitio donde comprarlo. El souvlaki es carne de cerdo cortada en pedacitos que se asa en un pincho. De hecho souvla quiere decir pincho, y souvlaki es su diminutivo. Ese pincho te lo dan con una pita, un pan chato en forma de disco y otros ingredientes, como cebolla, tomate y uno que para nosotros sería impensado, una salsa que mezcla el pepino y el yogurt. Todo el conjunto es sabrosísimo y cuesta poco más de tres dólares.
Me alejo de la parte más céntrica y escalo hasta lo alto de otro monte, el Licabeto, el más elevado de todo el radio urbano. Podría hacerlo en funicular, pero prefiero subirlo a pie. El trayecto no es largo y permite vistas parciales de la Acrópolis que surge entre los árboles a medida que voy ganando altura. En la cima me detengo para observar cómo se despliega la ciudad y cómo se extiende hasta el encuentro con el mar, materializado a través de su puerto, el Pireo. Un pequeño edificio se destaca como la única construcción en ese punto elevado: es la Iglesia de San Jorge.

Veo un grupo reunido en su interior: están realizando un bautismo según los parámetros de la Iglesia Ortodoxa Griega. Me quedo a un lado y observo cómo untan con aceite de oliva a un pequeño, para luego sumergirlo tres veces en la pila bautismal. El chico llora ante el contacto con el agua, aunque luego se silencia, como presintiendo que el sacramento está por terminar, hecho que se consuma cuando lo vuelven a rociar, esta vez con mirra, aceite santo. Mi presencia no es indiferente a los protagonistas, ya que me integran a la ceremonia e inclusive me regalan una pulsera de souvenir.
Por último, un imperdible ateniense es un paseo nocturno. La ciudad en verano tiene una temperatura hermosa cuando cae el sol. Noches calmas, cálidas, que invitan a pasear por las calles. Hay muchos recitales gratis en toda la ciudad, obras de teatro, eventos, la mayoría al aire libre. Un infaltable para quien visite la capital griega, al igual que en muchos otros lugares del país es el Therino Kinematografo, el Cine de Verano.
Son cines al aire libre, en los cuales pueden verse distintos tipos de películas. Las sillas son móviles y se proyecta la película sobre una gran pantalla, a veces dos películas o sólo una con un intermedio, que permite ese descanso en la mitad como era común en los cines de Argentina, en los que uno podía ir a comprar algo o bien elegir entre la mercancía que un vendedor exhibe en una caja mientras camina entre las sillas.
Visito dos, uno en el barrio de Kolonaki, un rincón de clase alta de la ciudad, donde veo un film estadounidense, subtitulado en griego, La Propuesta. Dejo para el final mi favorito, un cine en Thissio, otro sector que está al pie de la Acrópolis.
Ahí me deleito con una película clásica, Desayuno en Tiffany’s, sentado en una butaca de plástico y con un agregado extra. A la izquierda de la pantalla, un poquito más arriba, en medio de una noche de calor, puedo ver la silueta de la Acrópolis, con el imponente Partenón iluminado. La historia de Atenas, resumida en ese majestuoso edificio es una película en sí misma.