La guerra en Ucrania ha vuelto a golpear el corazón del dispositivo militar ruso en la península de Crimea. Una unidad especial de la Dirección General de Inteligencia ucraniana (GUR) aseguró haber llevado a cabo en las últimas horas una serie de ataques que destruyeron helicópteros, radares y sistemas de defensa aérea de alto valor estratégico.
“Los Fantasmas de la GUR llegaron por aire y le han prendido fuego”, afirmó el servicio de inteligencia en un comunicado difundido a través de su canal oficial de Telegram. La nota celebraba la operación: “Siguen con el proceso de destruir el sistema de defensa antiaérea de las fuerzas de ocupación rusa en Crimea”.
El ataque se concentró en “varios objetivos de alto valor”. Según el GUR, fueron destruidos un radar Utos-T, un radiotelescopio RT-70, equipos del sistema de posicionamiento satelital ruso Glonass, un radar MR-10M1 Mys M1 y un radar 96L6-AP, este último vinculado a la batería antiaérea S-400, considerada la joya del escudo ruso. Además, al menos tres helicópteros militares fueron destruidos en tierra.
Las Fuerzas Armadas ucranianas complementaron el anuncio con información sobre otras operaciones paralelas: la destrucción de dos helicópteros rusos mediante drones en una base cercana a Simferopol y el impacto de misiles contra seis aerodeslizadores en Voloshine. En conjunto, los ataques refuerzan el mensaje de Kiev de que la península ocupada está lejos de ser un bastión inexpugnable.
La estrategia no es nueva. Desde el verano de 2023, Ucrania ha intensificado los ataques con drones y misiles de largo alcance contra infraestructura militar en Crimea. Sin embargo, la operación de las últimas horas parece apuntar directamente a la arquitectura de defensa aérea rusa, debilitando un sistema clave en el control del Mar Negro.
Para Moscú, la pérdida de equipos del S-400 representa un golpe tanto táctico como simbólico. El sistema, desarrollado por la corporación Almaz-Antey, está diseñado para interceptar aviones, misiles de crucero y balísticos a largas distancias. Rusia lo ha promocionado como una de sus armas más avanzadas, exportada incluso a países aliados como Turquía e India. Su vulnerabilidad expuesta en Crimea erosiona la imagen de supremacía tecnológica que el Kremlin ha tratado de proyectar.
“El hecho de que Ucrania pueda destruir repetidamente sistemas S-400 en territorio ocupado revela fallas profundas en la doctrina militar rusa”, señaló en un informe reciente el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), un centro de análisis con sede en Washington. “Más allá de la pérdida material, las operaciones minan la confianza interna y exponen la incapacidad de Moscú para asegurar Crimea, pieza central de su narrativa imperial”.
La península, anexionada por Rusia en 2014 en una maniobra considerada ilegal por Naciones Unidas, se ha convertido en uno de los principales teatros de la guerra. Desde allí se lanzan ataques contra las regiones del sur de Ucrania, y al mismo tiempo es un nodo logístico vital para la marina rusa en el Mar Negro. Golpear su infraestructura tiene tanto un objetivo militar como político.
“¡Sigue la desmilitarización de la Crimea bajo ocupación provisional! ¡Gloria a Ucrania!”, concluyó el mensaje del GUR. El tono triunfalista contrasta con la retórica oficial rusa, que hasta el momento no se pronunció sobre la magnitud de los daños. Medios estatales en Moscú limitaron la cobertura o la presentaron como “ataques frustrados”.
Para los analistas, los ataques reflejan un cambio de prioridades en la campaña ucraniana. “Kiev busca demostrar a sus aliados occidentales que, pese al desgaste de la guerra, aún es capaz de infligir golpes estratégicos significativos”, explicó a The Guardian Michael Clarke, profesor emérito de Estudios de Defensa en el King’s College de Londres. “A la vez, erosiona la narrativa rusa de que Crimea es intocable”.
La escalada llega en un momento delicado. El Kremlin enfrenta presiones internas tras más de dos años de sanciones occidentales que han elevado la inflación —cercana al 9 %— y reducido las perspectivas de crecimiento económico a apenas 1,5 % para 2025. Aunque el rublo se ha fortalecido de manera inesperada gracias a políticas monetarias restrictivas y controles de capital, la economía rusa sigue tensionada por el costo de la guerra y el aislamiento internacional.
En paralelo, Vladímir Putin ha buscado proyectar una imagen de respaldo internacional al reunirse con Xi Jinping, Narendra Modi y Recep Tayyip Erdoğan durante la última cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Tianjin, un escenario que Moscú presenta como prueba de que aún mantiene aliados estratégicos fuera de Occidente. Mientras tanto, la ayuda militar de Estados Unidos y Europa a Ucrania ha comenzado a incluir misiles de mayor alcance, ampliando las capacidades ofensivas de Kiev.
En Crimea, la población civil vive bajo la sombra constante de la guerra. Testimonios recogidos por medios describen noches interrumpidas por explosiones, apagones prolongados y cortes de comunicación que dejan a comunidades enteras aisladas. La censura y el control informativo impuesto por Moscú impiden conocer con claridad el alcance real de los daños y las víctimas, reforzando la sensación de opacidad que rodea la vida diaria en la península ocupada.
Cada operación de este tipo reafirma el mensaje de Kiev de que la guerra no está congelada y que el futuro de Crimea permanece en disputa. Más allá de la propaganda del Kremlin, la península se ha convertido en un símbolo de resistencia: un territorio que desafía el control ruso con fuego, persistencia y una voluntad política que busca mantener abierta la posibilidad de su liberación. En el campo de batalla y en la narrativa internacional, Crimea encarna hoy el choque entre la ambición imperial de Moscú y la determinación de Ucrania por recuperar su soberanía.