Thomas Guzmán nació para ser una estrella. Su nombre parece artístico, pero es real. Y el arte se expresó en cada parte de su ser: desde su sombrero negro que genera sombra en su maquillaje, los zapatos con taco hasta sus uñas en garra color negro. Vestimenta que lleva con orgullo, como una coraza ante tanto sufrimiento que lo transformó a convertirse en la persona que es hoy. El cantante y actor, oriundo de Berazategui, compartió con Teleshow sus mayores temores, momentos difíciles, y sueños cumplidos que le causan la mayor felicidad.
Siempre, dentro y fuera del escenario, Thomas muestra una gran seguridad dentro y fuera del escenario. Sin embargo, afirma que “esa seguridad no es tal”. En un mundo en el que la sociedad intentó, e intenta, etiquetarlo, generó en él inseguridad por querer pertenecer. “‘¿Será hombre?, ¿será mujer?’. Simplemente soy, chicos. Me gusta la moda. Me gusta ser extravagante”.
La Voz Argentina fue la consolidación de un sueño de infancia. Después de ser rechazado tres veces en las audiciones para el programa, halló la fuerza y madurez necesarias en esta edición. “Antes era un adolescente herido, con mucho dolor, y hoy soy un adulto que se amigó con sus fantasmas”, explicó, reivindicando su derecho a vivir sin vergüenza. “De la libertad no se vuelve”.
—¿Cómo fueron tus primeros años y qué lugar tuvieron las inseguridades en tu vida?
—Durante mucho tiempo me dominó la inseguridad. La sociedad te insta a encajar: “No te pares así, no hables así, sé más varonil”. Esos mensajes, repetidos en la infancia y la adolescencia, me hicieron pensar que mostrarme “amanerado” era motivo de vergüenza. Era el típico chico que se pintaba las uñas y escondía las manos en los bolsillos por miedo. Cuando solté la vergüenza y me mostré tal cual soy, empezó mi verdadera libertad.
—¿Tuviste acompañamiento familiar en ese proceso?
—Mi abuela fue clave: me dejaba usar sus aros, perfumarme, cantar frente al espejo sin juzgar. Con ella nunca hizo falta aclarar nada, el amor alcanzaba. Mi viejo también acompañó desde el afecto; cuando se lo conté ya lo intuía y me preguntó simplemente si era feliz. Me dijo: “Un padre busca la felicidad de su hijo. Si vos sos feliz, yo voy a ser feliz”. Mi mamá tardó un poco más en aceptar, pero el amor terminó superando todo. Hubo charlas, llantos y reconstrucciones necesarias que nos unieron más.
—Colocarte en el centro de la escena pública, ¿trajo miedos o situaciones difíciles?
—Salir a la calle no era fácil. El miedo estuvo presente muchos años. La agresión contra personas LGBTIQ+ sigue sucediendo; hace poco, a un chico en Palermo le desfiguraron la cara solo por ser. ¿De verdad tenemos que seguir bancando estas cosas? ¿Hasta cuándo las maricas vamos a ser un saco de box? Donde vienen y cualquiera nos pega, se va, nos desfiguran la cara. Nosotras quedamos ahí tirados y no pasa nada. Eso indigna, y demuestra que el prejuicio persiste.
—¿Te pasaron situaciones en la calle?
— Sí, sí, sí, me han pasado, pero un día le dije a mi papá: “si alguna vez me pasa algo en la calle, en mi lápida, pongan que fui libre y feliz”.
—¿Cómo enfrentás el hate en redes y las opiniones de la gente sobre tu imagen?
—Recibí mucho hate, sobre todo por mi extravagancia. Al principio me dolía; ahora lo distingo mejor: si la crítica es sobre mi arte y es respetuosa, la acepto. Pero si cruza la línea de la identidad, respondo. Las críticas duelen, aunque uno haga como si no.
—¿Qué representa para vos haber llegado a La Voz Argentina?
—Ver mi audición al aire rodeado de mi familia y sentir que un sueño de más de veinte años se hacía realidad fue uno de los grandes momentos de felicidad de mi vida. Intenté entrar tres veces, y en este último intento sentí que había hecho las paces con mi pasado. Antes era un adolescente con heridas abiertas; hoy abrazo mi historia. El apoyo fue total, especialmente del equipo Miranda! Cada consejo de Juli y Ale es valiosísimo, se nota la experiencia y el respeto con el que trabajan. Además, soy fan, así que estar de su lado suma una emoción extra.
—¿Cómo fue la experiencia de trabajar y ser coucheado por ellos?
—Miranda! fue una inspiración desde siempre y ahora son guías con mucha humanidad. Juli tiene una energía y una presencia escénica increíble en la que encuentro referencia; Ale suma toda una mirada de productor. Sus devoluciones son siempre certeras, pero sobre todo me hicieron sentir parte de una comunidad que abraza las diferencias.
—Tu vestuario se destacó mucho, ¿cómo fue el proceso de armarlo y cómo lo vivís?
—Fue surgiendo, no planeado. El sombrero apareció porque me estaba quedando pelado, después vinieron los tacos, las camisas, los colores. El primer día que salí a la calle con botas fue intenso, recién después de varias veces me acostumbré a la mirada. Hoy salgo así y me siento “una bestia amazónica”.
—¿Qué mensaje le darías al Thomas de niño que se escondía jugando a ser artista?
—Le diría que va a estar todo bien, que estamos donde soñaba estar. Y que, aunque costó, se puede ser quien uno verdaderamente es, sin vergüenza ni miedo.
—¿Qué te pasa antes de subir al escenario? ¿Sentís miedo o nervios?
—Siempre aparecen los nervios. Es como un ritual: cuando estoy abajo de la pata del escenario, la boca se me seca, pido agua, la cabeza no para de pensar en todas las cosas que pueden salir mal. Recién cuando piso el centro del escenario puedo respirar. Para mí, el día que no tenga más ese miedo, será el día en que deje de subirme a cantar, porque es la señal de que dejé de disfrutar.
—¿Cómo cambió tu relación con la vulnerabilidad?
—Durante años la viví como debilidad. Me obligaba a mostrarme duro y a bancarme todo solo, incluso cuando no tenía nada. Con el tiempo, entendí que ser vulnerable es parte de ser humano, y que pedir ayuda o largar una lágrima no significa perder fuerza, sino ganar en honestidad. Hoy me permito sentir sin juzgarme.
—En la charla mencionaste la pobreza. ¿De qué modo te marcó ese momento y cómo lo llevás hoy?
—Pasé por situaciones difíciles, a lugares de los que no quiero volver jamás. Recuerdo haber comido una bolita de fraile de la basura por vergüenza a pedir ayuda. El miedo a regresar a esa realidad todavía aparece y me impulsa a seguir buscando un destino distinto. No sólo por mí, también por el niño que fui.
—¿Después de lograr este sueño, cómo te proyectás hacia adelante?
—Siento que logré estar en el lugar que soñé, pero el deseo no termina acá. Quiero hacer música propia, seguir creciendo como artista y mantenerme auténtico, fiel a quienes me acompañaron y a mí mismo. Lo más importante es no perder la curiosidad ni las ganas de intentarlo, aún cuando el miedo aparezca.