
Nusquama fue el primer nombre que Tomás Moro dio a su obrita de 1516. El adverbio latino significa “ninguna parte”. Tal vez lo desechó porque también significa “jamás”, lo que abatiría la esperanza para el ansioso de felicidad prometida en un lugar, ahora, inexistente. Optó por el neologismo griego utopía, que Quevedo traduce por “No hay tal lugar”. La palabra que nomina el género es griega y también lo fue, en su forma germinal, la cosa designada. Platón inventó el diálogo utópico, o “utopizó” la forma dialogal, en su República. Allí se dibuja la fisonomía de un estado posible, que se va construyendo a través de una disquisición filosófico política: se delinean los planos potenciales y la constitución larvada de un estado futurible. Platón también describió (Timeo, Critias) un país utópico: la Atlántida, sobre la base de leyendas pervivientes.
Los griegos hicieron algo más: crearon la primera ficción literaria que constituye un viaje y excursión por una utopía; nace con ella el discurso utópico literario narrativo, de tan caudalosa descendencia en Occidente (Oriente, se sabe, es ajeno a las utopías). El relato de Iámbulo (siglo III a. C.), conservado parcialmente por Diodero de Sicilia (Biblioteca histórica, I a. C.) se apoyó en un par de motivos del imaginario popular humano: el viaje y la existencia de una isla maravillosa. Los asoció y bogó literariamente hacia allá. Así, Iámbulo se sacó de debajo de su clámide la primera ficción utópica literaria. Me detendré algo en este texto casi olvidado en los estudios utópicos, pese a su carácter fundacional. Iámbulo narra su viaje en primera persona, ficcionalizándose como protagonista. Emproado hacia Arabia, es atrapado por piratas etíopes que se valen de él y de un compañero, como de víctimas expiatorias, abandonándolos en plena mar. Después de cuatro meses arriban a la Isla Feliz o Afortunada, habitada por hombres de 1,80 de alto, carentes de vello y dotados de una excrecencia en la nariz y de una lengua bífida, que les permite mantener dos conversaciones simultáneas (ideal de mujeres y políticos de doble discurso). Sus huesos son elásticos, viven 150 años, reunidos en comunidades no superiores a 400 personas, en concordia perfecta y absoluta igualdad, ajenos a la ambición y a la envidia. Adoran el sol y las estrellas. El sexo es promiscuo y el matrimonio inexistente. Allí residieron Iámbulo y su compañero por diez años, hasta que fueron expulsados (“Menos averigua Dios y perdona”, dice el refrán) y retornaron a la India y de allá a la Grecia natal. Hay una diferencia fundamental entre este relato isleño y descripciones como la de la Isla Helixea, de Haquetaio de Abdera o de la Isla Pancai de Evémero: ninguno de ellos ha hecho el viaje ni ha sido protagonista. Si con Platón estamos en el espacio filosófico, con Iámbulo estamos en la literatura; no en el discurso filosófico disquisitivo, sino en la ficción narrativa utópica.
El género literario “utopía” adopta diversas formas: es un dominante discurso monológico, con escasas interrupciones por parte de Moro ficcionalizado, en Utopía; o es un diálogo, como en La ciudad del sol, de T. Campanella, o una carta, como en la Christianopolis de J. Andrea; o el informe de un náufrago, o las peripecias de un viaje, etc. El discurso narrativo puede estar en boca de un visitante al país utópico o en la de un utopiano nativo. Este género literario contiene subgéneros. Básicamente hay dos: la eutopía (“buen lugar inexistente”) y la cacoutopía (“mal lugar inexistente”). Las denominaciones “antiutopía” y “contrautopía” son erróneas en su uso, cuando quieren significar lugares indeseables, porque si utopía es “no hay tal lugar”, aquellas serían “lugar de existencia real”, que no es lo que pretenden señalar. Moro ya advirtió que su Utopía era una “eutopía”. El uso de “distopía” no es seguro, en tanto el prefijo “dys” implica “carencia, maldad, apartamiento”, etc., que son varios matices distinguibles.
En la genealogía utópica podríamos distinguir los subgéneros por ámbitos: utopías urbanas, campesinas, mixtas (falansterios); por su eje de organización: políticas, religiosas, científicas, pedagógicas, etc., pueden virar hacia la sátira, como en los Viajes de Gulliver, o hacia lo pastoril, maridaje de hombre y naturaleza. Utopías generales que comprenden en su diseño todos los aspectos de lo humano; y especializadas que se aplican en un aspecto dominante, como La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, cuyo foco es la Casa de Salomón, una especie de CONICET del Siglo XVII, pues la ciencia es el pivote de esa utopía y es modernismo su lema: “El saber es poder”.

La expresión literaria utópica es bicéfala. Por un lado, alude a las ficciones utópicas que se han escrito y, por otro, a un plano intrautópico: la literatura que se produce en el reino de las utopías. Poco es lo que se apunta en las utopías acerca de esta literatura de segundo grado de irrealidad. En La Isla de Aldous Huxley, se nos habla de la existencia de una literatura anglopalanesa (la isla de Pala) pero no se la caracteriza. La literatura dentro de la literatura en 1984 de George Orwell se fabrica en el Departamento de la Fantasía, donde se produce literatura para la plebe mediante una Máquina de Escribir Novelas, que no es otra cosa que un Caleidoscopio que combina un conjunto limitado de elementos y motivos, siempre los mismos, en diversas asociaciones. Con lo que se está señalando que la literatura de consumo popular se genera mediante la combinatoria de estereotipos básicos. En otra cacoutopía, anterior a la orwelliana, Nosotros, de Y. Zamiatin, se nos habla de poetas que componen odas e himnos al Estado único. Incluso, la nave “Integral”, que llevará a otros planetas el ideal del estado utópico, contiene obras literarias y descripciones de la vida comunitaria, laudatorias del sistema. En fin, Moro ya había incluido poemas en lengua utópica al final de su librito: “Utopos ha Boccas peu la chama polta chamaan”… y así parecidamente. ¿Está claro?
Podríamos nominar utopógrafos a quienes escriben utopías, y utopistas a los utopianos que se dedican a la literatura. Y todo ello entraría en el campo de estudio de las utopologías.
Para venir a lo nuestro, quiero referirme ceñidamente a una utopía poco visitada; creo que soy uno de los pocos odiseos que ha anclado en ella en este tiempo. Me refiero a Un viaje al país de los artícolas de André Maurois. Una pareja de navegantes -naufragio riguroso de por medio- arriban a una isla donde hay dos tipos de habitantes: los artistas y los beos (o beocios), encargados de satisfacer todas las necesidades de los creadores. Las calles tienen nombres de artistas y el pavimento está cubierto por una capa de caucho para amortecer los ruidos molestos de los carruajes perturbadores de la creación estética. Los teléfonos solo funcionan una hora a medio día. Una Escuela de Silencio prepara a las futuras esposas de los artistas a respetar el de sus maridos (¿Dónde está esa isla?). La materia prima de las creaciones literarias se fue apartando gradualmente de la realidad debido al aislamiento en que los hombres vivían. Primero se nutrieron de los recuerdos que los artícolas trajeron consigo, luego, trataron los asuntos maianos (la isla se llama Maia); después, algunos corresponsales extranjeros enviaban temas a los isleños; más tarde, unos se ocuparon de otros, entre los artícolas, finalmente, la literatura se ha ido cerrando sobre sí, autofagocitándose, apartándose de la vida y generando creaciones de segundo, de tercero, o de cuarto grado: un autor escribe un diario íntimo, luego un diario del diario; después, un diario del diario del diario. (Se desató una herejía isleña, la de los biófilos: “la vida es más importante que el arte”, era su lema).
La locura consistía en aquel país en considerar la vida como lo básico y real. Era una suerte de alienación invertida. Ya no veían la realidad, sino estetizada, y toda percepción estaba condicionada por el arte. Se había perdido todo adamismo posible.
Esta obrita de Maurois es un símbolo de lo riesgoso que es para el hombre vivir insularmente. La insularidad es nociva para el artista, para todo hombre. De allí el hondo sentido de solidaridad humana y de sano realismo que revela la respuesta que dio Chesterton en una ocasión a un periodista. Le preguntó el reportero, en uno de esos manidos planteos iterativos de la gente del oficio, qué libro llevaría a una isla si se viera obligado a habitarla. Cuando se esperaba oír nombrar la Biblia, o las obras de Shakespeare, o cosa semejante, la respuesta fue toda una toma de posición frente a lo humano: “Un manual para construir botes”. Retornar al seno de la comunidad humana y desde él, insertivamente, trabajar hacia la utopía, renunciando a buscarla, evasivamente, en proyectos insulares.