
Tenía 63 años y había pasado los últimos siete postrada en una cama. Este domingo, entrada la noche y en una clínica privada de Moreno, murió María del Carmen Ludueña, la mujer que desde noviembre de 2024 le pedía al Estado que autorizara la eutanasia para su caso. Pedía, en concreto, que la ayudaran a morir.
La enfermedad que postró a María durante los últimos años de su vida y que la condenó a un dolor físico y psíquico crónico empezó a mediados de los noventa. Lo primero que notó fue que sus pies se hinchaban y que le dolían las articulaciones.
Recién en 2001, después de pasar por varios médicos, supo exactamente cuál era su diagnóstico gracias a un reumatólogo del Hospital Nuestra Señora de Luján. Padecía artritis reumatoidea poliarticular, seropositiva y erosiva en curso grave, resistente a antiinflamatorios, corticoides e hidroxicloroquina. A esa enfermedad autoinmune y degenerativa se sumó el diagnóstico de osteoporosis con alto riesgo de fractura.
La resistencia de su enfermedad ante distintos tipos de tratamientos desencadenó dolores cada vez más intensos y movimientos cada vez más acotados. María atravesó una cirugía en su rodilla izquierda para que le colocaran una prótesis, pero su cuerpo la rechazó. En mayo de 2025, finalmente, tuvieron que amputarle la pierna de la rodilla para abajo. Pero el dolor no cesó ni siquiera en esa extremidad perdida: María padecía el síndrome del miembro fantasma.
“Un calvario”
Justo antes de la pandemia, el avance de su enfermedad dejó a María postrada en su cama. Con el correr de los meses, empezó a requerir ayuda para actividades cada vez más chicas. Al final, necesitaba que le dieran agua con una pajita, que le cambiaran el canal del televisor, que le acomodaran los almohadones para poder dormir algunas horas, además de todas las maniobras vinculadas a su higiene sin salir de la cama.

“¿Quién me puede decir que esto es vida? Esto no es vida, esto es una tortura. Me hablan de darme las mejores condiciones para que tenga la mayor calidad de vida posible, ¿qué calidad de vida? Esto es un calvario, yo lo único que pido es clemencia, que alguien me escuche y me ayude”, le dijo María del Carmen a Infobae en octubre de 2025, en su casa de Moreno.
Su camino ante la justicia empezó en noviembre de 2024, cuando, a través de una defensoría pública de Moreno y bajo el patrocinio del abogado Edgardo Pablo Molins, presentó un recurso de amparo para que se le hiciera lugar a su pedido de asistencia médica para morir.
Un juzgado de primera instancia primero y la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires después rechazaron el recurso de amparo en el que María pedía acceder a la eutanasia. En ambos casos, el rechazo fue in limine, es decir, sin contemplar las particularidades del caso -es decir, el padecimiento de María-.
Los rechazos fueron de forma y no de fondo: se basaron en que la eutanasia no está legalizada en la Argentina. Sin embargo, a fines de octubre del año pasado y diez días después de que Infobae contara la historia de María del Carmen, el máximo tribunal de la Provincia ordenó que un juzgado analizara el caso particular, contemplando la historia clínica y el escenario de salud física, psíquica y emocional de la solicitante.

En el documento emitido por la Suprema Corte, el máximo tribunal aseguraba que “las especiales y desdichadas circunstancias que rodean al caso, en definitiva, comprometen prerrogativas constitucionales de primerísimo orden que hacen al derecho a la vida, a la autonomía de la voluntad y a la dignidad humana”.
“Denegar de forma liminar -como aquí- la apertura de la jurisdicción debe considerarse una flagrante violación del acceso a la justicia y al debido proceso”, sumaba la argumentación emitida por el máximo tribunal de la Provincia.
El fin de la esperanza
“Después de la última caída, yo tenía la esperanza de que me iba a recuperar e iba a poder seguir caminando. Con mis dificultades, pero que iba a poder. Pero no me pude levantar más de la cama, mi cuerpo se deterioró muy rápido y ya no pude más. Si yo hubiera podido hacer algo para irme, para morirme, ya lo hubiera hecho. Pero ni siquiera tengo fuerza ni movilidad para eso”, definía María hace apenas cuatro meses.
Hablaba, en concreto, del suicidio. “Cuando tuve la oportunidad de tomar algo o de tirarme debajo de un tren, todavía tenía la esperanza de que iba a mejorar. Pero la caída me postró y ya no pude hacer nada”, dijo.
Fue en ese escenario de pérdida casi completa de la movilidad y de debilidad que decidió pedir asistencia médica para morir. “Mi familia entiende lo que yo pido, pero no van a ser ellos los que se ocupen de ayudarme a morir”, contaba María del Carmen.

La eutanasia legal implica, en los países en los que está habilitada, que justamente sea un profesional de la salud y no un integrante de la familia quien se encargue de la administración de una sustancia en dosis letal. Eso era lo que le pedía María al Estado.
La Fiscalía de Estado de la Provincia había contestado a la demanda anticipando que no se mostraría a favor del pedido de la solicitante, y el próximo paso en el camino judicial de María era que la causa se abriera a prueba.
En concreto, después de la feria judicial que ahora mismo está en curso el juzgado debía fijar una fecha para una audiencia en la que declararían testigos del estado psicofísico de María, y se designarían peritos para evaluar el padecimiento físico, psíquico y emocional de la paciente.
Pero este sábado María del Carmen no respondía a ninguno de los estímulos por parte de su hija Mariela, una de sus principales cuidadoras junto Bety, hermana de la paciente. No abría los ojos y parecía no escuchar nada. Su familia llamó a los médicos y la trasladaron a la Clínica Privada Mariano Moreno.
Sus análisis de laboratorio mostraron una descompensación severa y, sobre todo, una anemia más pronunciada de la que ya padecía de manera crónica. Mariela, su hija, firmó la documentación vinculada a las directivas anticipadas: pidió que, llegada la situación, no reanimaran ni tampoco intubaran a su madre. Son decisiones que, desde 2012, se pueden tomar gracias a la Ley de Muerte Digna.
María del Carmen murió el domingo a la noche. Le habían transfundido sangre y había recibido morfina para amortiguar los dolores que, apenas pudo abrir los ojos, logró manifestar que seguían ahí, como desde hace tres décadas. “Por fin tiene esa paz que tanto deseaba”, le dijo Mariela a Infobae, entre la tristeza y el alivio. María del Carmen llevaba catorce meses esperando que el Estado la ayudara a terminar con su dolor físico, psíquico y emocional.