
La Autoridad Aeronáutica Civil de Panamá dio un paso clave para atender uno de los cuellos de botella más sensibles del sistema aeronáutico nacional: la falta de personal especializado en el control del tránsito aéreo.
Este avance tomó forma con la graduación de 25 nuevos controladores, correspondientes a la promoción 052 con énfasis en control de aeródromo, quienes ahora deberán completar una fase de adiestramiento en campo antes de ser ubicados en sus puestos definitivos.
Para la entidad, no se trata solo de una ceremonia de cierre académico, sino de una respuesta concreta a un problema que arrastra el país desde hace años.
El director de la AAC, Rafael Bárcenas, fue claro al describir el escenario: Panamá mantiene un déficit aproximado de 100 controladores aéreos, una brecha que se vuelve todavía más delicada por la edad del personal actualmente en funciones.
Según explicó, la edad promedio de muchos controladores supera los 45 años, mientras que una parte importante de ellos ya está cerca de la jubilación o incluso ha sobrepasado los 60 años.
Eso obliga a acelerar el relevo generacional en una profesión donde la experiencia pesa, pero donde también resulta indispensable garantizar continuidad operativa en los próximos años.

La magnitud del filtro para llegar hasta esta graduación ayuda a entender la complejidad de la profesión. Bárcenas detalló que en la convocatoria participaron más de 2,700 aspirantes, pero únicamente 93 fueron seleccionados para ingresar al proceso.
De ese grupo, solo una parte logró completar la fase académica correspondiente a esta primera promoción. El dato deja ver que no se trata de un curso masivo ni de una formación de trámite: el sistema exige capacidades técnicas, dominio del idioma, resistencia a la presión, disciplina y condiciones personales específicas para tomar decisiones bajo niveles de exigencia que pueden impactar directamente la seguridad de cientos de pasajeros en cada jornada.
La promoción recién graduada corresponde al área de control de aeródromo, que es la encargada de ordenar el tráfico en superficie y las operaciones inmediatas de despegue y aterrizaje.
Bárcenas explicó que este tipo de controlador trabaja desde la torre y administra el movimiento de las aeronaves en calles de rodaje, plataformas y pistas, además de emitir instrucciones vinculadas con el clima, el viento y la secuencia segura de aterrizajes y salidas.
Dicho de forma simple: es quien mantiene el orden en el aeropuerto visible, en el espacio donde cada error puede convertirse en un problema operativo de gran escala en cuestión de segundos.
Pero no todos los controladores cumplen exactamente la misma función. El director de la AAC subrayó la diferencia entre el controlador de torre o de aeródromo y el controlador radar, una especialidad que tiene a su cargo el ordenamiento del tráfico aéreo desde antes de que las aeronaves lleguen al aeropuerto.
El controlador radar organiza las llegadas, separa vuelos por distancia y tiempo, acomoda las aeronaves en fila y entrega ese tránsito al controlador de torre para la fase final del aterrizaje.
En otras palabras, uno gestiona la operación visible en el aeropuerto y el otro administra el rompecabezas aéreo que ocurre antes, sobre el espacio panameño, donde varias aeronaves deben integrarse sin conflictos a una misma ruta de aproximación.
Bárcenas destacó que ambas funciones son críticas, pero admitió que el trabajo de radar suele cargar un nivel mayor de estrés operacional, porque exige reaccionar ante cambios inmediatos cuando un piloto no sigue una instrucción, cuando una aproximación debe frustrarse o cuando es necesario volver a ordenar una secuencia completa de llegadas.
Ese trabajo, dijo, es fundamental para evitar incidentes y mantener la seguridad del sistema. La explicación también cobra peso en un momento en que Panamá registra un crecimiento sostenido de operaciones aéreas y necesita personal suficiente en todas las capas del control para no forzar jornadas excesivas ni elevar el cansancio entre los funcionarios.
Ese aumento ya se siente en números. De acuerdo con Bárcenas, entre 2024 y 2025 el país registró un incremento de más de mil operaciones aéreas, una presión adicional para un sistema que ya venía operando con déficit de personal.
En el Aeropuerto Internacional de Tocumen, por ejemplo, eso significa más movimiento en superficie, más aeronaves entrando y saliendo, más coordinación en torre y más carga sobre el centro de control.

La ecuación es sencilla, aunque incómoda: si crecen los vuelos, si aumentan las frecuencias y si Panamá refuerza su papel como hub de las Américas, entonces también debe crecer el personal que sostiene la seguridad de esa operación.
La AAC apuesta a que este primer grupo sea apenas el comienzo. Bárcenas adelantó que en los próximos meses se graduarán 27 nuevos controladores de ruta radar, correspondientes a la promoción 053, que vendrán a reforzar especialmente el área donde hoy el déficit es más pronunciado.
Con esa segunda promoción, la institución sumará 52 nuevos especialistas entre torre y radar, mientras mantiene en marcha otros cursos iniciados este año. Según detalló, ya comenzó un primer curso en febrero, otro arrancará en abril y un tercero en junio, dentro de una estrategia que busca fortalecer el pie de fuerza en los próximos 24 meses.
La meta oficial es ambiciosa, pero necesaria: alcanzar alrededor de 100 nuevos controladores para acercarse al nivel de personal que el sistema requiere en condiciones ideales.
No se trata solo de llenar vacantes en papel. El director explicó que la creación de estas plazas implica trámites administrativos y presupuestarios que no se resuelven de la noche a la mañana, ya que son puestos permanentes que acompañarán a cada funcionario durante toda su carrera.

Por eso, la AAC asegura que ha venido trabajando desde hace meses en la habilitación de esas posiciones, para que los graduados puedan pasar del aula al sistema formal sin demoras excesivas.
Aun así, la graduación no significa que el proceso haya concluido. Ahora comienza la fase de entrenamiento práctico en el puesto de trabajo, una etapa decisiva en la que los nuevos controladores deberán desenvolverse en situaciones reales, bajo la supervisión de instructores. Será en ese momento cuando medirán su capacidad de reacción, su manejo de la presión y la aplicación concreta de lo aprendido.
Bárcenas insistió en que cometer errores durante el entrenamiento forma parte del proceso, siempre dentro de un ambiente controlado. El mensaje fue directo: no frustrarse, no abandonar y entender que se trata de una profesión altamente técnica, exigente y sensible, donde el aprendizaje no acaba con un diploma.
El trasfondo de esta graduación va más allá de una necesidad administrativa. Panamá necesita personal capacitado para sostener su conectividad aérea, responder al crecimiento del tráfico y evitar que la falta de recurso humano se convierta en un riesgo operativo.