
Es casi media mañana en el centro porteño y las puertas de la Legislatura están abiertas para despedir a un prócer del periodismo: Ernesto Cherquis Bialo. De a poco, lo que son rumores por lo bajo, se transforman en un barullo que él bien hubiera sabido valorar y apreciar. Como si se tratara de la hora cúlmine en el restaurante La Raya, como si se estuviera discutiendo enérgicamente el foco o título de una nota en la redacción de Infobae. Brotan anécdotas, surge alguna risotada y se secan varias lágrimas en su honor.
Se va un grande de verdad, pero no muere quien es recordado. Y esto, sin lugar a dudas, ocurrirá con Cherquis. Periodista, corresponsal, cronista del carajo, pluma ilustre, aficionado al debate, amante del espectáculo en todas sus formas y expresiones, gran anfitrión, excelso relator de anécdotas, compañero, amigo y, por sobre todas las cosas, un apasionado de la vida. Maestro para muchos jóvenes que tuvimos la dicha de cruzarlo en el camino y quien nos enseñó desde cuestiones técnicas referidas a lo periodístico hasta el profundo deseo de honrar y celebrar cada minuto de existencia.
En la sala del palacio legislativo hay dos camisetas de San Lorenzo, su San Lorenzo, que entre tantas penurias de los últimos tiempos le dio una alegría con una goleada por Copa Argentina durante su último suspiro. “¡Qué desastre el Ciclón y la Lepra, Fede! Pero tranquilo que van a salir…”, era su exclamación y deseo en las últimas charlas y llamados que tuvimos. Incluido el último, de hace un mes, que duró 48 minutos (lo chequeé, ya que así te obligaba él a ser meticuloso con el detalle de cada nota) y me obligó a frenar quehaceres domésticos y laborales. Porque cuando Cherquis hablaba, había que prestar atención. Algo bueno estaba por venir. Hay que admitir que, en estos tiempos vertiginosos, es difícil pasarle bolilla a un viejo que podía tomarse toda una mañana para tirarte por la cabeza conceptos, enseñanzas, aprendizajes y llevarte a reflexionar con cualquier tema. Pero quienes supimos valorar sus dones para la prosa y exprimirlo en cada contacto, hoy somos mejores y más formadas personas.

“¡Sigan tirando viejos por la ventana!“, reclamaba socarrón. Sabía que ya no podía seguir el mismo ritmo que la juventud, pero le fascinaba rodearse de ella para sentirse vivo. Ojo, al piberío no le llegaba a la par desde lo físico, porque desde la agilidad mental lo pasaba por encima. Hablar o discutir con Cherquis Bialo era indefectiblemente ver un faro en materia dialéctica y periodística que nunca se podría alcanzar. En la Legislatura hubo un arco de generaciones de periodistas que dejaron en claro la trascendencia del Maestro. Algunos históricos que le pisaban su edad, otros emblemáticos un par de décadas más chicos y hasta veinteañeros que llegaron a descubrirlo. El Gato Sylvestre, Diego Chavo Fucks, Osvaldo Príncipi, Pablo Llonto, Lautaro Maislin, Valentina Caff, Flavio Azzaro, Silvana Carsetti, Daniel Tognetti, Diego Iglesias, Irina Hauser… La lista fue extensa. Muchos colegas, amigos de la profesión, que no quisieron ausentarse en este último adiós durante la mañana del sábado.
Si en apenas 35 segundos logró sintetizar lo que fue Diego Armando Maradona en un video viral que se replicará para toda la eternidad, imaginen lo que podía llegar a ilustrar en privado, sin micrófonos ni grabadores, con alguna copa encima e iluminado por la fijación de los ojos de sus íntimos. “Un genio, una maravilla”. Las palabras con las que Cherquis describió a Pelusa también le caben perfectamente a él. Porque esa definición de Maradona, para quienes pudimos compartir varios momentos con el Maestro, era moneda corriente para referirse a cualquier cosa. Fue un momento de inspiración, es cierto, pero este no era un jugador lagunero con chispazos de lucidez sino más bien uno que rendía los 90 minutos.
Cherquis Bialo vivirá en una crónica, en un relato, en los detalles lujosos de las historias de deportistas de la talla de Maradona, Pelé, Muhammad Alí, Carlos Monzón o Juan Manuel Fangio. Insultaba si le preguntaban por la célebre frase “Johannesburg” cuando era vocero de la AFA o de su cruce mediático con Elio Rossi. Es que la viralidad de esos cortes atentan contra su obra y él lo tenía claro. Pero tampoco renegaba de esos episodios e incluso se prestaba a la chanza de algún atrevido que se le animara a pedirle que pronunciara la capital sudafricana. Porque no importaba la edad, no importaba el currículum; Cherquis jamás iba a mirar desde arriba a alguien que compartiera su misma mesa.

La pandemia cortó vínculos y atentó contra las cenas, cafés y extensas sobremesas en las que Cherquis oficiaba de anfitrión. Fue un golpe duro, pero este campeón de peso pesado del periodismo supo reponerse. Lloró pérdidas y abrazó nuevas amistades. Escribió y siempre se reinventó. En épocas de malaria, siempre proyectó un nuevo asado, romper los números con algún artículo que llevara su inconfundible firma al pie y estiró lo máximo posible los reveses físicos que tuvo que afrontar. Natación, gimnasio y kinesiología. “No queda otra, Fede, tengo que usar este bastón de mierda”, maldecía. Quién pudiera tener su aguante…
Durante el último adiós, bien pudo sonar de fondo el tango de Carlos Gardel “Adiós Muchachos”, con el que el Maestro sintió que podía describir a la perfección su partida. “Adiós muchachos, compañeros de mi vida; Barra querida de aquellos tiempos; Me toca a mí hoy emprender la retirada; Debo alejarme de mi buena muchachada”. Los periodistas Gato Silvestre, Fernando Borroni y Marcos Cittadini fueron los que le dedicaron las últimas palabras entre los presentes. “No me bajo del ring hasta el campanazo final”, lo citaron. Y, entre aplausos espontáneos, el histórico relator boxístico Osvaldo Príncipi, con su inconfundible voz, enfatizó que esta no fue una pelea perdida sino su paso con galardones hacia la posteridad: “El campeón Cherquis Bialo acaba de convertirse en leyenda”.
