FOTO DE ARCHIVO. Empleados de emergencia trabajan en el lugar del impacto de un misil ruso en una escuela, en Kharkiv, Ucrania. 26 de enero de 2026. Foto tomada con un teléfono móvil REUTERS/Vitalii Hnidyi

La guerra en Ucrania ha entrado en una fase de contradicciones sangrientas. Mientras los diplomáticos intentan trazar en los despachos de Abu Dabi las líneas de un posible alto el fuego, los misiles y drones rusos han vuelto a golpear con saña el corazón de la infraestructura civil y logística ucraniana. Una serie de bombardeos coordinados este martes contra instalaciones energéticas y un convoy ferroviario en Kharkiv ha segado la vida de al menos 11 personas, dejando además decenas de heridos y un mensaje claro por parte del Kremlin: la mesa de negociación no implica una tregua en el frente ni en la retaguardia.

El ataque más simbólico por su crueldad ocurrió en la región de Kharkiv, en el noreste del país. Un tren de pasajeros que transportaba a unas 200 personas fue alcanzado por proyectiles rusos, resultando en la muerte de tres civiles. El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, ha reaccionado con dureza a través de sus canales oficiales, denunciando que no existe justificación militar posible para atacar un vagón de tren. Según el mandatario, estas acciones no son incidentes aislados, sino una estrategia deliberada de Moscú para dinamitar la diplomacia que, con extrema fragilidad, se intenta construir en los Emiratos Árabes Unidos.

La ofensiva ha tenido un alcance nacional, con especial virulencia en el sur. Odesa, el puerto estratégico del Mar Negro fundamental para las exportaciones de grano, fue el objetivo de una oleada de 50 drones. Los escombros de edificios residenciales, una iglesia y centros educativos dan testimonio de una noche de terror que dejó tres muertos y una treintena de heridos, incluyendo a una mujer embarazada de 39 semanas. El gobernador regional, Oleg Kiper, ha señalado que el objetivo ruso sigue siendo el mismo: asfixiar la economía local y quebrar la moral de una población que encara otro invierno con el suministro eléctrico en vilo.

Rescatistas despejan los escombros de un edificio residencial muy dañado por un ataque ruso en Odesa, Ucrania, el martes 27 de enero de 2026 (AP Foto/Michael Shtekel)

El sistema energético nacional, ya debilitado por casi cuatro años de hostilidades, ha sufrido daños que la empresa privada DTEK ha calificado de “enormes”. No es solo el sector privado el afectado; la estatal Naftogaz ha reportado que una de sus plantas en el oeste del país ha sido bombardeada por quinta vez en lo que va de mes. Esta persistencia en el ataque a la red de gas y electricidad subraya la intención de Rusia de utilizar el “arma climática” contra la población civil, buscando generar un colapso humanitario que fuerce a Kiev a aceptar condiciones de rendición en la mesa de diálogo.

Desde el punto de vista geopolítico, el momento elegido para este recrudecimiento no es casual. El pasado fin de semana, delegaciones de alto nivel de EEUU, Rusia y Ucrania mantuvieron en Abu Dabi las primeras conversaciones directas conocidas para discutir un plan de paz impulsado por Washington. Aunque los detalles de la propuesta se mantienen bajo estricto hermetismo, este acercamiento representa el giro diplomático más significativo desde el inicio de la invasión en febrero de 2022. Sin embargo, Zelensky ha advertido de que cada bombardeo “erosiona la diplomacia” y resta credibilidad a cualquier compromiso que el Kremlin pretenda asumir ante los mediadores internacionales.

En el este y el sur, el goteo de víctimas continúa sin tregua. En Sloviansk, una bomba destruyó la vida de una pareja de mediana edad y dejó herido a su hijo de 20 años, mientras que en las regiones de Zaporiyia y Jersón se registraron nuevas bajas civiles. La disparidad entre las cifras oficiales rusas, que insisten en objetivos militares, y la realidad sobre el terreno, verificada por periodistas internacionales y organismos como la ONU, sigue ensanchándose. Mientras tanto, las conversaciones en Abu Dabi tienen previsto reanudarse el próximo domingo, en un ambiente enrarecido por el humo de las centrales térmicas incendiadas y el luto de una nación que no encuentra respiro entre la diplomacia y el fuego.