
Un gran documental producido, escrito y dirigido por Julia Loktev acaba de estrenarse en Mubi. En español se llama Mis amigos indeseables. Primera parte: Último aire en Moscú, pero el comienzo de su título debería ser en realidad Mis amigas indeseables, ya que las protagonistas principales son mujeres. Un elenco brillante de periodistas rusas jóvenes y con coraje; personas que hacen su trabajo bajo una presión psicológica descomunal, acechadas por un gobierno que censura la libertad de expresión y reprime la crítica con leyes que llegan con multas, allanamientos, juicios amañados y años de prisión. Ese gobierno, se sabe, es conducido hace más de 26 años por Vladimir Putin, quien, al igual que otros líderes contemporáneos que descreen de los valores de la democracia liberal, también opina que la humanidad no odia lo suficiente a los periodistas.
La película comenzó a filmarse en octubre de 2021, unos meses antes de la invasión rusa a Ucrania y cuando el político opositor más desafiante, Alexei Navalny, ya estaba en prisión, luego de sobrevivir a un intento de envenenamiento. Para sorpresa de nadie, Navalny murió tras las rejas en febrero de 2024: todo indica que su muerte no fue ni accidental ni natural.
La cámara de Julia Loktev (en realidad, su Iphone, que ni siquiera era entonces el último modelo) estaba justo ahí, registrando a pura adrenalina conversaciones, brindis de fin de año, risas, diálogos angustiantes y silencios tensos, cuando comenzó la guerra a gran escala ordenada por Putin, en febrero de 2022. Desde el vamos sabemos por un mensaje de la directora que nada de lo que estamos viendo en materia de periodismo independiente seguirá en pie a partir de ese día y también que las protagonistas saldrán de Moscú en la primera semana de la guerra, una palabra que en los medios rusos no se podía pronunciar.
Los autoritarismos son proclives a crear lenguajes y diccionarios propios, al borde del absurdo. Por eso para el Kremlin la guerra no era una guerra sino que debía ser llamada “operación militar especial”. Y, por supuesto, no se trataba de una sugerencia, era una orden.
Directora de ficción y de no ficción, Julia Loktev (Moment of Impact; Day Night, Day Night) nació en San Petersburgo, Rusia (entonces Leningrado) en 1969. Tenía 9 años cuando su familia se fue a vivir a Estados Unidos. Su viaje a Moscú desde Brooklyn, donde vive, tenía la intención de capturar de manera íntima la vida de algunas periodistas que habían sido designadas como “agentes extranjeras”, etiqueta con la que el gobierno ruso hostiga a organizaciones y personas con el fin de descalificar sus producciones y convertirlos en sujetos y espacios indeseables para el resto de la sociedad.
Entre las ONGs más perseguidas, la más conocida es Memorial, el grupo de derechos humanos y promotor de la democracia más antiguo del país, que investigó los crímenes del estalinismo y recibió el premio Nobel de la Paz en 2022. Ahora solo pertenecer a esa organización es un delito.

La mancha venenosa
La etiqueta de “agente extranjero” representa en Rusia una mancha venenosa que es sinónimo de traición y deslealtad: las personas se alejan de quienes portan el estigma y ninguna marca comercial quiere quedar asociada a ese concepto, un resabio de la guerra fría que aún golpea fuerte en la identidad rusa. Cada viernes el gobierno ampliaba la lista de “venenosos” y el club no dejaba de ganar socios. En la película comparten bromas, hay furia, hay rock y cinismo a propósito de ese sello que para los acusados deriva en una forma de vida amarga, con menos posibilidades sociales y laborales y siempre al borde de una sanción mayor.
La ley de agentes extranjeros se promulgó por primera vez en Rusia en 2012, luego de una serie de protestas multitudinarias contra Putin y se convirtió a partir de entonces en una herramienta efectiva para acorralar a opositores y críticos del régimen, que bajo esa norma deben rendir permanentemente cuentas al Estado de sus finanzas y que, cada vez que hacen pública su palabra (incluso en un posteo de Instagram), se ven obligados a exhibir antes un disclaimer que anuncia que lo que se está viendo y/o escuchando es producido por un “agente extranjero”: sutil perversión esa de obligar a los ciudadanos a autoincriminarse.
En 2015 la persecución se hizo más pronunciada cuando Putin promulgó la ley contra las organizaciones indeseables, que otorgaba a los fiscales la facultad de declarar “indeseables” a las organizaciones extranjeras y clausurarlas. A partir de 2022, para muchos la opción se redujo a salir de Rusia o prepararse para ir a la cárcel.

Amiga personal de Anna Nemzer, conductora de un programa de entrevistas con activistas de la sociedad civil en TV Rain, el único canal independiente que todavía quedaba en pie, Loktev grabó durante meses a Anya (quien fue además codirectora del documental) y también a Ksenia Mironova (periodista de TV Rain y novia de Ivan Safronov, periodista preso desde 2020 y condenado a 22 años de cárcel por revelar secretos militares, a su vez hijo de un periodista del mismo nombre que murió sospechosamente en 2007 al caer de un quinto piso); Sonya Groysman, Olga Churakova (ambas creadoras del podcast Hola, eres un agente extranjero), Irina Dolinina, Alesya Marokhovskaya (juntas hacen periodismo de investigación para I Stories) y Elena Kostyuchenko (redactora de Novaya Gazeta, un medio particularmente golpeado por allanamientos y asesinatos de periodistas y para el que trabajaba Anna Politkovskaya, acribillada a balazos por un sicario checheno en el ascensor de su casa, en octubre de 2006).
Los críticos inscriben el documental de Loktev en géneros como cinéma verité, cine observacional o cine directo, estilos surgidos entre fines de los 50 y comienzos de los 60 del siglo XX, que intentan llegar lo más cerca posible a la realidad que narran y que surgieron cuando aparecieron cámaras más livianas que permitían seguir el objeto de estudio dando lugar a una forma extrema de realismo. El documental es excepcional también en su extensión: dura cinco horas y media y está dividido en cinco capítulos.
Iphone en mano, micrófonos en las solapas de los filmados y algunos otros dispuestos en las diferentes escenas, la cineasta registró con minuciosidad la vida pública y privada de las últimas semanas de trabajo de las periodistas en su país. Las filmaba en sus casas, en oficinas, redacciones y estudios de TV; filmó también la primera marcha contra la guerra y la represión a los manifestantes. En ese cruce de lo privado y lo público aparecen momentos de la vida personal de las protagonistas, algunas de ellas en pareja con otras mujeres, con lo complejo que sigue siendo el tema de los derechos civiles para el universo LGBT ruso tanto por el conservadurismo social como por la llamada Ley de propaganda homosexual, que pena “cualquier información que promueva relaciones sexuales no tradicionales” y que se reforzó a fines de 2022.
Hay muchas escenas filmadas en interiores de autos y esos momentos proponen una inmersión mayor en el espacio de las protagonistas (sobre todo Anya) pero también un acercamiento a la ciudad que es escenario de lo que se narra: Moscú aparece vibrante en su esplendor y alimenta las contradicciones porque luce brillante y en movimiento como telón de fondo de testimonios y reflexiones tenebrosas y de alto dramatismo. Lo que se observa también es que mientras para los periodistas, organizaciones de derechos humanos y políticos opositores hay una vida en estado de disciplinamiento y terror, otras personas –incluso dentro de sus propias familias– no parecen afectadas por el estado de las cosas: todos los canales de televisión, el medio por el que se informa la enorme mayoría de los rusos en el país más grande de la tierra, son oficialistas y están entrenados para la propaganda.

“Es un intento constante, por un lado, de no entrar en pánico ni volverse histérica: todo está bien, todo está bien. Por otro lado, no puedes permitirte acostumbrarte a esto”, dirá Anya Nemzer en un momento. “Esta sensación de que estamos en estado de guerra, y que todos a nuestro alrededor no lo están, es típica de los regímenes totalitarios”, dirá alguien en otra escena del documental.
Acompañada de un equipo mínimo, Julia Loktev vivió junto a las periodistas el pulso de la censura y consiguió salvar sus filmaciones con un operativo demencial, descargando cada noche el material en su hotel con pésimo wi fi en discos externos que se ocupaba de repartir a diferentes personas y de dejar en diferentes casas, a la manera de los viejos samizdats, como se llamaba el proceso clandestino de copia y distribución de los textos censurados en los tiempos soviéticos. Gracias a ese resguardo, sus tomas pudieron ser editadas más tarde hasta llegar a componer una obra virtuosa en términos estéticos y técnicos y, a la vez, de un valor político y cultural incalculable.
Pronto se estrenará la segunda parte del trabajo, resultado del seguimiento de la directora a las mismas periodistas en el exilio al que se vieron obligadas a partir. Todas ellas armaron sus valijas en un par de horas y salieron de la ciudad rumbo a alguno de los pocos países que todavía aceptaban la llegada de rusos (como Turquía o Mongolia). Además de dejar sus casas, amores, familia y mascotas, se fueron casi sin dinero porque los cajeros automáticos ya estaban vacíos y mientras tanto veían cómo minuto a minuto las sanciones impuestas a Rusia convertían sus tarjetas de crédito en plásticos inútiles y sin valor. La única ilusión era seguir informando, aún desde afuera de Rusia.
La película de Loktev es documento, es información, es cine y es también una experiencia que ubica al espectador en medio de un thriller real en el que hay acoso, persecución, represión y miedo. La extensión de la película, que por momentos puede parecer desmesurada y el uso del tiempo, en el que la espera ocupa un lugar central, extreman la sensación de agobio e impotencia frente a los abusos de poder y también frente a decisiones dramáticas como atacar con misiles e invadir un país vecino y cercano en términos afectivos, históricos y culturales.
(Resulta doloroso ver a las periodistas, durísimas opositoras a Putin, llorando sin consuelo cuando, de un día para el otro, sus frecuentes colaboradores y fuentes ucranianas comienzan a maltratarlas por zoom luego de la invasión, acusándolas de cómplices de la decisión del gobierno ruso).
Más allá de Rusia
Muchas de las lecturas sobre el filme que se hicieron a partir de su estreno en 2024 fueron más allá de la crítica o el repudio al autoritarismo ruso. La reacción es coincidente: en las imágenes de este documental oscuro y asombroso es posible hallar un avance de lo que ocurre cuando la división de poderes no asegura los pesos y contrapesos necesarios para evitar autocracias y tiranías, incluso en aquellos países que históricamente han sido referencia de la democracia mundial.
El desfinanciamiento a las universidades, a la cultura, a la ciencia, el maltrato a la prensa y la descalificación insultante a los opositores ya no sorprenden como antes. Estamos en 2026, el año en el que en Estados Unidos se vieron escenas apocalípticas en operativos antiinmigrantes, con agentes enmascarados secuestrando a personas a la luz del día y subiéndolas a autos sin identificación rumbo a un destino desconocido.

Hasta hace algún tiempo, el estilo de Vladimir Putin, su ambición autocrática y la vulgaridad de su retórica frente a periodistas, empresarios o invitados internacionales no dejaban de sorprender. Si tomamos como referencia los últimos diez años (cuando se dio la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca por primera vez) podríamos decir que Putin hizo escuela en materia de liderazgo sin modales pero también en impugnar la democracia liberal y en gobernar tomando el Estado como patrimonio personal.
Es justamente porque la Rusia de Putin aparece como antecedente de ciertos cambios dramáticos hoy naturalizados tanto en las formas de la política como en el orden internacional, que parece importante ver Mis amigos indeseables. Y es que además de ser un documental excepcional por lo que muestra y el modo en que fue filmado, la película de Loktev exhibe en clave de advertencia cómo se desliza un sistema hacia el fascismo mientras incluso los más críticos con el gobierno siguen creyendo que queda margen para combatir las mentiras del poder con la investigación rigurosa de los hechos y para enfrentar la represión y el autoritarismo.
Pensaban que a fuerza de coraje, trabajo y entusiasmo podrían impedir que las libertades individuales desaparecieran del todo. Estaban equivocados: hoy todos ellos se encuentran escondidos, en prisión o directamente fuera de Rusia.













