El escenario es un lugar cruelmente honesto. Allí, bajo la luz inclemente, las máscaras caen y la verdad de cada artista queda expuesta. Así lo recuerda un humorista que se atrevió a mirar hacia adentro para responder una duda existencial: “Yo arranqué en teatro siendo imitador, copiando. Yo decía: ¿Me querrán por esto? ¿Me querrán porque yo copio a los demás?” La pregunta zumbaba en los oídos de Martín Bossi, cada noche tras el telón, cuando el aplauso se confundía con la duda.

Amparado en el paso del tiempo, Martín se emociona sin temor a contarlo todo. “No fue fácil sacarse esas máscaras. No fue un salto, sino una travesía de acompañamiento: el coach, los amigos, la familia, toda la gente que tengo alrededor, que son muchos”, recapitula. A su lado, el imitador dejó de ser eco para buscar su propia voz. “Empecé a hacer shows que tenían que ver más con el humor y con el stand up y con la labor de showman, sin máscaras. Y me siguieron queriendo.” Del otro lado, el público, claro. El amor incondicional, ese que sorprende y desarma.
El vértigo de animarse a nuevos terrenos no se detuvo ahí. “Me fui a probar con comedia musical, a ver qué me pasaba, si podía hacerlo. Apareció Kinky Boots. Y la hice”, continúa con su itinerario que desemboca en La cena de los tontos, el gran éxito de Buenos Aires que repite noche a noche en Mar del Plata.

La apuesta era clara: salirse de lo seguro, arriesgarse a fallar. Le faltaba, todavía, una “comedia de raza, pura”, para probarse de verdad, para ver si lo elegían por ser él, sin red, sin ser otro. “Soy un afortunado que haya tanta incondicional en el amor. En el amor.”, repite Bossi. Ahí, de nuevo, la gratitud no es un gesto vacío, sino la confirmación de que el afecto, cuando es genuino, sostiene más que cualquier éxito fugaz. “El público no se deja engañar. Reconoce el esfuerzo, el trabajo, los años de estudio. Y yo sigo estudiando, sigo preparándome, porque el oficio no termina nunca”, remarca el actor.
El miedo no viene de la crítica ni del fracaso. Llega, más bien, con la idea del final. “El otro día una persona me preguntaba por el tema de la muerte y el final, y yo digo que estoy bien, porque todo lo que me gustó, lo hice muchas veces”. Las facetas son diversas que definen su personalidad inquieta: actuar, cantar, jugar al fútbol, al tenis, amar, comer dulce de leche, veranear. “He sido un tipo de repeticiones en lo que me gusta”, ratifica Y, sin embargo, hay un temor simple y demoledor: “Cuando me muera no voy a poder seguir aprendiendo y lo que yo quiero es seguir aprendiendo”, reflexiona desde lo más profundo de su ser.

El diálogo fluye y Bossi se detiene en la raíz de su historia. “Vengo de una generación donde la vara estaba muy alta. Hoy la vara está muy baja.” La comparación no es nostalgia, sino diagnóstico. “Hoy debido a la incultura que hay, debido al Instagram y a que somos mucho más incultos, y me incluyo, por ahí no hace falta tanto para llenar un estadio o ser una estrella pop”. El artista no se excluye del fenómeno. Se confiesa parte de una época en la que el éxito parece más fácil y la exigencia, menor. “Yo gracias a Dios, para poder vivir de esto tuve que estudiar mucho.”, confiesa a Teleshow.
El teatro Neptuno de Mar del Plata retumba cada noche con la ovación del público. Martín Bossi junto a Gustavo Bermúdez y Laurita Fernández en La cena de los tontos se consagra primero en recaudaciones y primero en espectadores según los datos recientes de AADET (Asociación de Empresarios Teatrales de la Argentina), sellando así el liderazgo indiscutido en la incipiente temporada de verano 2026.

La comedia francesa, escrita por Francis Veber, con producción a cargo de Adrián Suar y Guillermo Francella y la dirección de Marcos Carnevale, revalida lo cosechado durante el año en Buenos Aires, donde la vieron más de 150 mil espectadores. Con un elenco que completan Esteban Prol, Guillermo Arango y Robertino “El Romi” Benemino el público responde con fervor y un esquema se repite: localidades agotadas y los aplausos de una platea de pie.
Para Martín Bossi y el resto del elenco, cada función es una fiesta. La emoción desborda el escenario y se traslada al hall del teatro, donde la multitud espera ansiosa a los artistas. La marea de gente es tal que la calle Santa Fe se ve interrumpida cada noche.
El éxito es tal que el teatro Neptuno, propiedad del empresario Carlos Rottemberg, ha decidido sumar nuevas funciones. Las presentaciones de “La cena de los tontos” continuarán de martes a domingos en la icónica sala de la calle Santa Fe. Por ahora, la respuesta parece estar en cada noche de aplausos, en cada butaca ocupada y en cada emoción compartida.

Durante la charla con Teleshow, el actor también comparte detalles sobre su rutina diaria, su vínculo con la ciudad balnearia y el significado de cumplir 20 años de trayectoria, en este destino.
“La rutina en Mar del Plata es mi cable a tierra”, reconoce y pone dos ejemplos que lo conectan con su esencia: “Ayer a la mañana jugué al tenis. Hoy jugué a la pelota, me prendí en un fulbito con unos chicos del barrio”, dice, resaltando cómo el ejercicio se volvió parte vital de sus días.
En este escenario que se acerca a la plenitud, Martín rescata a la familia y los afectos cercanos que ocupan un lugar central durante la temporada. “Ahora estoy con mi tío Horacio, mi primo Iván, mi otro primo Román, que trabaja conmigo. Vienen mis amigos a visitarme, viene mi mamá”, describe el intérprete, valorando la tranquilidad que le ofrece su entorno. Y que termina de cobrar forma con la atmósfera de la ciudad

“Hacer teatro en Mar del Plata es la comidita después, si hay alguna fiestita en algún balneario y un traguito. Es levantarse, desayunar y seguir. Es una bendición muy grande, muy grande. La verdad que estoy disfrutando esta temporada que arrancamos a sala llena”, explica.
En esta nueva temporada, Bossi celebra dos décadas sobre los escenarios de La Feliz, una cifra que lo impulsa a hacer un balance. “El saldo es que no me descubrieron todavía, así que puedo seguir trabajando de esto”, bromea, fiel a su estilo. Y su estilo también incluye la seriedad: “En Calle Corrientes llevo quince, y en Mar del Plata, veinte. Lejos de creerme un distinto, le agradezco a Dios, a ustedes, los periodistas que han sido socios de mi trabajo, y al público”, se sincera.

Consultado sobre su relación con la gente, señala las transformaciones en la popularidad contemporánea: “Hoy ver una estrella no es un acontecimiento. Te ven desayunar, te ven haciendo cualquier cosa. Ser famoso es fácil ahora, no hace falta ser talentoso. Eso también favoreció que los que somos populares por nuestro trabajo podemos estar un poco más tranquilos”, analiza.
También subraya la universalidad de las emociones que trabaja en el escenario: “La inocencia que interpreto en La cena de los tontos es lo mismo en Buenos Aires, Mar del Plata o cualquier lado. Amor, odio, decepción… son lo mismo en todos lados. Mi humor es claro y mi trabajo también”, remarca a Teleshow a modo de balance del personaje que encarna noche a noche. “Construir una carrera a base de trabajo es muy difícil. Mi branding y mi marketing es solamente mi trabajo, no hay otra cosa”, confiesa.
Tras 20 años de funciones, Bossi repasa su recorrido con gratitud: “Voy haciendo un balance y cada vez que salgo al escenario, el teatro está lleno. Veo un amor desmesurado constantemente para conmigo. Es un regalo de Dios, y no fue fácil. No es fácil”, cuenta con una voz entrecortada por la emoción que lo invade.

Cada noche en el teatro Neptuno comparte cartel con un elenco versátil que le permitió descubrir nuevas dinámicas. “Le tengo una gran admiración a Gustavo. Soy amigo hace bastante. Es una especie de hermano mayor, un maestro, un tipo muy recto, muy correcto, que me sigue enseñando. Yo aprendo de él, y aprendo de Laura, y la verdad hemos hecho un equipo tan lindo que entro al teatro con muchas ganas de trabajar”, relata.
Acostumbrado al unipersonal, compartir cartel con otras figuras lo llevó a ponerse a prueba. “Compartir la responsabilidad de entretener con otros fue una enseñanza para mí. No fue fácil confiar en la mirada del otro y aprendí que puedo hacerlo. Me hizo crecer como persona”, admite.

La respuesta del público quedó reflejada en las salas llenas y la fuerte demanda de entradas. Bossi lo sintetiza ante Teleshow: “Arrancamos a lleno, con una preventa monstruosa. De hecho, agregaron martes, miércoles, jueves y viernes. Es un delirio, y estamos muy agradecidos todos los que hacemos este espectáculo”.
Sobre el futuro inmediato tras el verano, anticipó: “Ya se está hablando la posibilidad, porque es tanta la demanda y tanta la gente que no lo vio en Buenos Aires, de poder hacer ocho semanas en el Astral a partir de abril y después despedirnos con una gira por todo el país”, se entusiasma como un niño que logró anotar un gol de media cancha.

Con la experiencia de dos décadas sobre las tablas, y una trayectoria en franco ascenso, Bossi elige mirar para adelante. Así lo confía a Teleshow en una idea que se repitió durante toda la charla: la búsqueda permanente del aprendizaje. Con la convicción de que reinventarse cada día es la clave de su recorrido artístico y el motivo de cada uno de esos aplausos que lo emocionan noche a noche.