La galería Rolf Art exhibe la poderosa obra de Marcelo Brodsky,

En el contexto del 50º aniversario del golpe de Estado en Argentina, el artista Marcelo Brodsky repone su serie Buena Memoria, una muestra de fotografías, archivos y video en la que invita a un ejercicio colectivo y, a la vez, íntimo para revisar de manera crítica uno de los efectos duraderos de la represión estatal.

La porteña galería Rolf Art presenta el ensayo visual completo (1967-1996) por primera vez desde su lanzamiento histórico en 1997 en la FotoGalería del Teatro San Martín, entonces con curaduría de Sara Facio, al que se le suma la inclusión, tras dos décadas, del texto original del curador Rodrigo Moura, ex director ejecutivo del Malba, que acompañó la primera exhibición internacional del proyecto en Brasil.

El proyecto de Brodsky (Buenos Aires, 1954), cuya génesis se halla en su propio exilio en Barcelona y en la desaparición de su hermano Fernando, utiliza el archivo familiar y la memoria personal como materia prima para explorar el trauma infligido por la dictadura cívico-militar argentina, instaurada bajo el mando del general Jorge Rafael Videla desde 1976 hasta 1983.

El artista recurre a imágenes y documentos auténticos para dar forma a una experiencia compartida por miles de víctimas, logra a partir de la intervención de lo propio, de lo íntimo, extender sus efectos hacia el resto de la sociedad, como una piedra que cae en el estanque y las ondas en el agua se exparcieran de manera uniforme. Lo suyo, lo personal, se convierte en lo de todos.

La pieza central de Buena Memoria, la fotografía La Clase. 1er Año – 6ta División (1967), es una reproducción a gran escala de una instántanea tomada en ese mismo año en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En la superficie, Brodsky la intervino con marcas y notas en colores brillantes que detallan el destino de sus compañeros de clase.

“A Claudio lo mataron en un enfrentamiento. Martín fue el primero que se llevaron. No llegó a conocer a su hijo Pablo. Erik se hartó; vive en Madrid. Patricia se sobrepuso pero le dolió. Leonor zafó y volvió a Buenos Aires hace poco. Etel se casó con el novio del cole y sus hijos ya son alumnos de nuevo”, escribe en apuntes de distinto color desperdigados sobre la foto que congela la juventud de los 32 compañeros del CNBA.

Además de La Clase, la muestra abarca otros cinco capítulos: Los compañeros; Puente de la memoria; Mi amigo Martín; Nando, mi hermano y El Río de la Plata

En su icónico libro de ensayos Sobre la fotografía, Susan Sontag introdujo la idea de la fotografía como acto de consumo, desde la publicidad hasta el periodismo, al señalar que su capacidad de transformar los horrores en objetos visuales puede anestesiar a las audiencias, adelantándose a la era de la hiperconectividad digital, donde miles de millones de imágenes se comparten a diario.

A su vez, reflexionó sobre la función constructiva de las fotos en la historia, donde no solo funcionan como registro -que era la lectura hasta el momento-, sino que además puede moldearlo, sugiriendo así cómo la manipulación puede afectar la memoria colectiva.

En ese sentido, La Clase tiene la capacidad de subertir y, a la vez, confirmar estas definiciones, a partir de la intervención manual del artista. Es un registro, sí, entiendiendo su contexto puede tener una valoración, pero actúa además como punto de encuentro entre el relato personal y la historia colectiva.

El recurso de la caligrafía apresurada, desordenada, nos remite hacia lo escolar, crea una relación directa con la propia experiencia

El recurso de la caligrafía apresurada, desordenada, nos remite hacia lo escolar, crea una relación directa con la propia experiencia de los años formativos, nos lleva hacia la inocencia, mientras que la lectura literal, la información dada, le otorga un plano de trascendencia, extiende lo documental hacia el futuro, la convierte en actual.

Brodsky logra reunir con su gesto lo íntimo, lo constitutivo, traspasa las fronteras de los documental y al mismo tiempo le otorga a la pierza una temporalidad crítica, no puede ser vista sin la lectura política. La foto, así, no se convierte en un objeto de consumo, ya que mantiene intacto su poder de trasnformación, de ingresar en el campo de lo sensible.

La trascendencia de la imagen la llevó a integrar las colecciones de instituciones como el Museo Reina Sofía, el Metropolitan Museum of Art, la Pinacoteca de San Pablo, el Bellas Artes de Buenos Aires, el Museo Nacional del Banco de la República de Bogotá, la Tate de Londres y el Museo de Fine Arts de Houston.

Además de La Clase, la muestra abarca otros cinco capítulos: Los compañeros; Puente de la memoria; Mi amigo Martín; Nando, mi hermano y El Río de la Plata, reuniendo un total de 80 fotografías, documentos originales de época y 4 videos, lo que la convierte en un testimonio visual sustancial sobre el pasado reciente argentino.

En Buena Memoria los elementos autobiográficos como los objetos cotidianos se convierten en lo público, según la acepción de Hannah Arendt en La condición humana, debido a que surgen como espacio para la acción política de un mundo de experiencias en común, compartido, donde los ciudadanos y sus acciones aparecen ante otros a través del discurso.

El filóso francés Jacques Ranciere sostiene, en El desacuerdo. Política y filosofía, que la función principal del arte es molestar e incomodar para sensibilizar al espectador del orden “policial” existente. La serie de Brodsky, en ese sentido, no solo es una expresión de un momento histórico, sino que por su potencialidad de extensión, de actualidad, puede construir nuevos sentidos sobre lo contemporáneo.

Así, la muestra puede dirigir la atención tanto hacia los crímenes y desaparecidos de la dictadura, y reactivar el debate sobre la memoria y la justicia, como a su vez plantear interrogantes sobre cómo el concepto de desaparecidos puede ampliarse bajo el sistema democrático.

En en la Roma antigua, se llamaba Homo Sacer, en el derecho, a la persona que podía ser asesinada con impunidad y cuya muerte no tenía valor alguno. Esta definición podría ser transferible no solo a los desaparecidos de la dictadura, sino también a todos aquellos que, por múltiples razones, se convierten en estadísticas: inmigrantes expulsados por el ICE, aquellos que deben migrar por dictaduras o los que, en Medio Oriente, son un número en un graph de noticias luego de que la explosión de un drone monitoreado a miles de Km de distancia, aunque en muchos casos siquiera llegan a convertirse en eso.

Aplica, también, más acá, a los desaparecidos que -según Desaparecer en democracia, investigación de Adriana Meyer que reúne cuatro décadas- superarían las 200, como a los desconocidos, los niños “perdidos” o los que, por razones socioeconómicas, habitan las calles -a la vista de todos, en cualquier rincón del país- y de los que se pierde registro. La invisibilización es, en ese sentido, otra forma de desaparecer bajo condiciones políticas diferentes.

A medio siglo del golpe de Estado cívico-militar, la obra de Brodsky mantiene viva la memoria, la vuelve íntima y a la vez pública, la pone a ojos de todos para que forme parte de lo colectivo y, al mismo tiempo, tiene el poder de reconfigurarse en presente.

*Buena Memoria, de Marcelo Brodsky. En Rolf Art, Esmeralda 1353, CABA. De lunes a viernes, de 11 a 19hs, hasta el 24 de abril de 2026. Entrada gratuita.