El origen del cementerio de la Chacarita está unido a la trágica historia de la epidemia de fiebre amarilla

Ante la natural alarma del creciente número de infectados y muertos, las autoridades trataron de minimizar la situación. Pero cuando la cantidad de fallecidos aumentó, en una ciudad que agotó la existencia de féretros, que los fabricantes de ataúdes también habían muerto, como así también muchos cocheros que llevaban los cuerpos para enterrarlos lo más rápido posible, y que éstos se amontonaban en las esquinas envueltos en lonas o en sábanas de sus propias camas, lo que colapsó fue el cementerio.

Primero se enterraba en el Cementerio del Sud, situado en lo que hoy es el Parque Florentino Ameghino, en el barrio de Parque Patricios. En esas tierras, que en otro tiempo pertenecieron a los Escalada, en 1867 se había abierto un cementerio provisorio para enterrar a las víctimas de la epidemia del cólera que sufrió Buenos Aires entre 1867 y 1868 y los que fallecieron a causa de la fiebre tifoidea en 1869. Su administrador era Carlos Munilla.

Desde comienzos del 1600, Hernando Arias de Saavedra le había otorgado a los jesuitas una vasta extensión de tierra. Allí los religiosos construyeron una capilla. (Fotografía tomada de

Durante la fiebre amarilla, se llegó a enterrar a 700 personas por día. Cuando se pasaron los 18 mil cuerpos, se lo cerró y se buscó otro lugar. De esta manera se cumplía lo dispuesto por el gobernador Emilio Castro el 11 de marzo de 1871 que creaba el “Enterratorio General de Buenos Aires”.

Había elegido terrenos en la Chacarita de los Colegiales. En quechua, “chácara” significa “tierra de cultivo”. Y Colegiales hacía referencia a los alumnos del que sería el Colegio Nacional de Buenos Aires que, desde mediados del siglo XVIII hasta 1870 pasaban el verano en esas 2700 hectáreas cultivando la tierra, cuidando animales y dedicándose a la vida de campo.

Desde 1904 es el Parque Los Andes, en el barrio de Chacarita. Allí, en el sector noroeste, se eligió una extensión de unas cinco hectáreas, en donde ya funcionaba un antiguo enterratorio que pertenecía a los jesuitas desde los tiempos en que Hernando Arias de Saavedra se los había otorgado.

Donde estaba el cementerio del Sud, existe un monumento que recuerda a las víctimas por la epidemia de la fiebre amarilla

Se expropiaron tierras pertenecientes entonces al partido de Belgrano (aún no existía la Ciudad de Buenos Aires) y se sumaron hectáreas del italiano Agustín Comastri, un agricultor que se había establecido en la zona por 1865. El aspecto del lugar es inimaginable para el porteño actual: huertas, montes de frutales, tierras sembradas con trigo y cada tanto un rancho.

El gobernador también ordenaba la construcción de un camino para acceder al cementerio y una vía férrea. Estaba cercado con palos y con cercos vivos, disponía de un par de galpones para depósito y para los obreros y había una capilla. El hecho de que no estuviera enrejado facilitaba que las vacas y caballos de los vecinos pastasen entre las tumbas, y las autoridades estaban atentas para detener a las personas que cazaban, algo que estaba prohibido.

Dibujo de Guillermo Roux que recrea el

Lo cierto que un par de años después el cementerio tenía un aspecto tan lastimoso, que se estudiaron proyectos para trasladarlo a unos veinte kilómetros y armar en su lugar un gran parque público.

Cuando el enterratorio colapsó, el 14 de abril de 1871 abrió otro y ocupaba un área delimitada por la avenida Dorrego, Jorge Newbery, Corrientes y Guzmán. Estaba rodeado por un modesto cerco de troncos, alambre y arbustos y su entrada, de ladrillos y portón, se encontraba sobre Corrientes.

Para lograrlo se compraron más tierras y a veces a un precio menor a su valor, se sumaron hectáreas pertenecientes a un cuartel de caballería y otras que pertenecían al entonces pueblo de Belgrano.

El frente del cementerio, en una fotografía de 1886

A medida que pasaban los días y la epidemia castigaba a la población, los féretros se acumularon en la puerta del cementerio, esperando su turno. Esa espera podía durar hasta una semana. Porque también morían los enterradores.

Le encomendaron al Ferrocarril del Oeste tender una vía que desde el centro de la ciudad recorriese los seis kilómetros por la calle Corrientes hasta el cementerio. Así nació el “tranvía fúnebre” o el “tren fúnebre”, que partía de Corrientes y Ecuador, en la Estación Bermejo, donde se había construido un enorme galpón en el que se cargaban los féretros.

Tenía dos paradas, la primera en Medrano y la otra en Ministro Inglés, hoy Scalabrini Ortiz, donde estaba la quinta de Alsina. En cada una de ellas, levantaba una carga de cadáveres.

El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet quien, en tiempo récord, al mando de 700 obreros, finalizó la obra el martes 11 de abril, dos días después de Pascua, en los que hubo 72 muertos. La inversión fue de dos millones de pesos. Ringuelet llegaría a ser gerente de ferrocarriles desde 1872 a 1882.

Retrato de Emilio Castro, el gobernador de Buenos Aires que impulsó la construcción del cementerio (Wikipedia)

La locomotora usada fue La Porteña que, cuando los féretros escaseaban, arrastraba vagones con cuerpos apilados y tapados por una gruesa lona negra. Cerraba la formación un vagón de pasajeros, donde iban los familiares de los muertos, para darles el último adiós. Hacía dos viajes diarios a Chacarita, solo de ida.

El maquinista se llamaba John Allan, un inglés nacido en Liverpool quien, junto a su hermano Thomas, había sido el primero en conducir La Porteña en su viaje inaugural en 1857. Al tercer día como conductor pasó a engrosar la lista de víctimas de la fiebre amarilla. Tenía 36 años.

Cuando la epidemia terminó, el tren fúnebre se transformó en un tranvía rural y se mejoraron los accesos.

A fin de abril Munilla alertó que no daban abasto en las inhumaciones. Tenía más de 600 cuerpos aún sin enterrar. Varios integrantes de la Comisión Popular de Salud Pública decidieron llevar adelante esa tarea, auxiliados por algunos policías.

En ese primer cementerio de la Chacarita -que se dejaría de enterrar en 1886- fue el destino final de 3.423 personas.

Se lo conoció popularmente como Cementerio Viejo, colmó rápidamente su capacidad y fue clausurado. A partir de 1887, las inhumaciones comenzaron a realizarse en el cementerio que hoy conocemos. En 1884 bajo la gestión del intendente Torcuato de Alvear fue aprobado el proyecto diseñado por el ingeniero francés Enrique Clement y sería fundado el 9 de diciembre de 1886. El 30 de diciembre de 1896 se lo bautizó Cementerio del Oeste, pero como todavía era llamado “De la Chacarita”, una ordenanza del 5 de marzo de 1949 lo renombró de esa forma.

Allí descansan diversas personalidades de nuestro país. Se destaca la bóveda del cantante Carlos Gardel (Wikipedia)

En 1880, el Cementerio Viejo reabrió provisionalmente para enterrar a los muertos del combate de los Corrales, ocurrido el 22 de junio de ese año en el marco de la disputa por la federalización de Buenos Aires. En 1897 los restos que descansaban allí fueron depositados en el osario común del de la Chacarita y el lugar se transformó en el Parque Bernardino Rivadavia; posteriormente le cambiaron el nombre por el de Florentino Ameghino.

Hubo otros que nunca se recuperaron, como el de María Luisa Vélez, viuda del general Gregorio Aráoz de La Madrid, cuyos huesos aún permanecen olvidados en algún lugar del parque que encierra más de una historia de los que partieron al más allá.

Fuentes: “La antigua Chacarita de los Colegiales”, de Diego Pino. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Cuaderno 5, año 2004; revista Caras y Caretas