Paul, George, John y Ringo en una escena de

Los Beatles lo hicieron de nuevo. Volvieron a aplicar la fórmula imbatible de un éxito que parece vencer al paso del tiempo. Una vez más, mixearon la nostalgia con la novedad y dejaron a millones de personas en el mundo sentadas delante del televisor, sonrientes, cantando, moqueando un poquito, sorprendiéndose. Renovando los votos con la banda más importante de la historia de la música popular.

“Los Beatles existen sin nosotros”, se lo escucha decir a George Harrison en el trailer del documental The Beatles Anthology que ya puede verse completo en Disney+. Es un pedacito de lo que un Harrison maduro, de pelo largo, a menos de diez años de morir de cáncer, dice a cámara en una entrevista que le hicieron para el documental original, que se estrenó en los años noventa y en el que son Los Beatles los que por primera vez cuentan su propia historia de manera cronológica, después de que la historia de Los Beatles la hubiera contado medio mundo.

En la entrega que acaba de estrenarse, eso que Harrison dice se ve en el trailer y también en el noveno episodio, el último de un documental que dura unas nueve horas y que, por obra y gracia de los avances tecnológicos desde el primer estreno hasta hoy, permite prácticamente verles los poros a ellos cuatro, a sus asistentes, a las fanáticas que gritan o se desmayan o se tiran a un canal de Ámsterdam para estar más cerca de la lancha en la que pasean y saludan John, Paul, George y Ringo.

Esta nueva edición tiene, además, un trabajo en los colores que hace que, por momentos, los años 60 se vean tan lisérgicos como todos dicen que fueron, y un sonido cada vez más afinado.

Los Beatles en el Shea Stadium, en Nueva York. Dieron el show más multitudinario del que se había tenido registro hasta ese momento: había más de 55.000 personas. Crédito: Disney+

Pero tiene, sobre todo, la amalgama perfecta entre un cuento que cualquiera que ama a Los Beatles ya conoce y algunas perlitas desconocidas, imágenes inéditas que se develan en el último capítulo y que son, sobre todo, de los encuentros que tuvieron Paul, George y Ringo hace unos treinta años, cuando Anthology -el documental y el disco triple- tomaban forma. Ahí están los tres beatles que aún vivían en esa época, sentados en la misma mesa, debatiendo cuáles fueron las canciones que los bajaron del escenario porque resultaban demasiado complejas para la tecnología disponible en conciertos de hace seis décadas.

Toman té, se tiran en el pasto, cantan alguna canción de la adolescencia con un ukelele y un banjo. Se meten al estudio de grabación para trabajar con dos o tres canciones que John Lennon había dejado pendientes en grabaciones muy domésticas antes de que Mark Chapman lo asesinara en la puerta de su casa, en Nueva York.

Hablan de John, de lo triste y raro que es no tenerlo ahí, de lo feliz que es volver a escucharlo en sus auriculares y sumar sus voces a una canción que hagan entre los cuatro. Dos de esas canciones vieron la luz a mediados de los noventa: “Free as a bird” y “Real love”. La tercera, “Now and then”, recién en 2023.

Así funciona ese yacimiento maravilloso que es el archivo de Los Beatles: cada tanto, de entre las miles de fotos, los miles de minutos de videos, los centenares de cintas inéditas, se extrae algo nuevo, algo que conjuga a Los Beatles en presente y que los acerca a nuevas generaciones y conmueve a las que ya los aman. La nostalgia y la novedad, el truco que nunca les falla.

La historia según sus protagonistas

The Beatles Anthology cuenta lo que cualquiera que más o menos sepa cómo fue la historia de la banda de Liverpool ya sabe. Pero lo cuenta a través de las voces de sus protagonistas, algo que no había pasado de manera completa hasta que se lanzó el documental a fines del siglo pasado.

Paul, George y Ringo se reunieron en los noventa, en medio de la grabación del documental

Los relatos y las opiniones de John surgen de entrevistas, declaraciones y comentarios que son parte de ese archivo interminable. Y a eso se suman las de Paul, George y Ringo, entrevistados para el documental original. Y la del gran George Martin, el productor musical que sacó lo mejor de ellos, y la de Neil Aspinall, el manager de giras y asistente personal de la banda.

Entre ellos, reconstruyen la historia, desde que John y Paul se conocieron en el hall de una iglesia y se cautivaron uno al otro, hasta que grabaron Abbey Road en ese estado de luna de miel que tienen los amantes cuando ya saben que van a separarse. Si Let it be fue la crisis final, la evidencia de que ya no se aguantaban en un mismo estudio de grabación, Abbey Road fue la lucidez terminal de la banda.

En medio de todo eso, el reclutamiento primero de George y después de Ringo, los años de formación entre The Cavern y Hamburgo, las decisiones sobre ropa y pelo que empezaron a convertirlos en íconos, la consagración definitiva en Estados Unidos, las chicas a los gritos en todas las ciudades que visitaban, la condecoración de manos de la Reina, el Ku Klux Klan llamando a incendiar sus discos porque Lennon había dicho que Los Beatles eran más populares que Jesús, el miedo a que les pegaran un tiro que les activó a George Martin, a Brian Epstein -el manager de la banda- y a Harrison el asesinato de JFK, los shows en los que era imposible escucharse porque sólo se oían alaridos, los viajes a Japón y a Australia, las películas, los especiales de Navidad y la sugerencia comercial de no hablar demasiado de sus novias para que las fanáticas no se pusieran tristes.

Y en medio de toda esa vorágine, la banda más influyente del siglo XX haciendo discos cada vez más complejos. Pasando de cantar las canciones de otros a componer las propias, con sonidos cada vez más atípicos, desde una guitarra reverberando contra un amplificador hasta los instrumentos que George escuchaba en la música hindú. Una banda de chicos que se amaban hasta que empezó a consumirse el oxígeno que respiraban todos al mismo tiempo en el estudio de grabación.

George Martin, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison en los estudios Abbey Road, revisando las grabaciones de Los Beatles para editar los discos

Y también, una banda de chicos que, por momentos, empezó a odiarse, a desear la vida que viniera después de esa aventura que llegaba a su fin. Una dupla creativa, la más grande de la historia de la música, para cuyos integrantes, Lennon y McCartney, aparecieron personas más importantes que lo que habían sido el uno para el otro hasta ese momento: Yoko Ono y Linda Eastman. De esa montaña rusa que duró algo más de 10 años y cuya onda expansiva sigue hasta hoy hablan John, Paul, George y Ringo en el documental.

La taza de té que cambió todo para siempre

Lo más lindo de The Beatles Anthology es lo chiquito. Los detallecitos que construyen una historia enorme. Es Ringo Starr contando cómo se dio cuenta de que lo que estaba pasando con la banda que integraba era grande: “Yo tenía una tía a la que visitaba más o menos seguido, y tomábamos té. Y en un momento, fui a tomar el té, alguien hizo un mal movimiento y se derramó mi taza. Y mi tía ordenó enseguida que fueran a lavarme la taza, que no me podían servir de nuevo en una taza sin lavar. Eso no habría pasado antes”, dice Ringo.

Otra señal que tuvo Ringo sobre lo que estaban alcanzando fue a los 22 años: “Comí salmón pero salmón de verdad, no enlatado. Nunca antes había comido un pedazo de salmón que no viniera en una lata”, dice. Tampoco habían visto un billete de cien libras antes de que el tío dentista de Lennon le hiciera ese regalo a John para su cumpleaños de 21: “John agarró la plata y empezamos un viaje a dedo. Puso la plata para que todos nos cortáramos el pelo parecido a como lo habíamos tenido en Hamburgo, y eso se volvió una de nuestras marcas”, recuerda Paul.

Entre él, George y Ringo reconstruyen las giras de los primeros años, en una camioneta que manejaban entre Neil Aspinall y Mal Evans, un empleado de The Cavern que primero fue chofer y después se volvió uno de los asistentes principales de la banda.

“Uno de nosotros viajaba en la misma cabina que Neil o Mal, y los otros tres íbamos en la parte de atrás. En pleno invierno, el invierno británico, nos moríamos de frío ahí. Nos calentábamos compartiendo una botella de whisky y nos acostábamos uno arriba del otro. Cuando el de arriba de todo estaba casi congelado, cambiábamos de lugar y lo metíamos debajo de todo para que recuperara temperatura”, cuentan entre los tres. Y se ríen de esa aventura casi adolescente de la era anterior a las limusinas y los aviones privados.

La grabación de

Se acuerdan de que John Lennon masticó Zubes, unas pastillas para la garganta, durante las doce horas frenéticas que duró la grabación de Please please me, el primer disco de la banda. “Sabía que grabar ‘Twist and shout’ me iba a destrozar la garganta, por eso la dejamos para el final y me preparé todo el día. La hicimos en una sola toma porque no se podía hacer ese esfuerzo con la voz más de una vez”, cuenta John en una entrevista que recoge el documental.

“Cada vez que una canción nuestra subía en los charts, cenábamos para festejar. Si te fijás, hay 18 meses en los que engordamos bastante”, se ríe Ringo, ese baterista al que sus compañeros tardaron demasiado en decirle que era el mejor y que sufrió por eso. “Volvé, sos el mejor”, decía el telegrama que Lennon le mandó a Starr para hacerlo volver a las grabaciones del Álbum Blanco. Harrison se ocupó de que el estudio estuviera repleto de flores para recibir al baterista al que habían herido.

Entre George Martin y Paul cuentan con detalle cómo hicieron “A day in the life”, la canción más Lennon / McCartney de todas las que se acreditaron así: realmente es mitad y mitad, una composición que acopla dos melodías completamente diferentes.

“Querían unir esas dos partes y me puse a trabajar en ello, hicimos un arreglo orquestal y eso sirvió para unirlas”, dice Martin. La suma de su arreglo orquestal, el drama existencialista que narra Lennon y la aventura onírica de la que se ocupó McCartney es una obra maestra, y Martin lo sabe, aunque disimule la sonrisa por decoro.

Los Beatles, la banda más importante de la música popular, estuvieron activos algo más de diez años pero siguen completamente vigentes

A todos esos detalles que son los que construyen la mítica historia de Los Beatles se suma otro acierto del documental: suenan muchas canciones y suenan prácticamente enteras, así que es imposible estar delante del televisor sin cantar, sin corear algún estribillo, sin subirse a la armonía de voces que armaban John, Paul y George en cada canción.

Es Harrison el que pregunta, en algún momento del documental, “¿cuántos beatles se necesitan para cambiar una lamparita?”. “Cuatro”, responde George, sobre esa banda en la que si tres decían que sí y uno decía que no, entonces era no, porque todos debían estar de acuerdo para avanzar con lo que fuera. Para todo eran necesarios los cuatro, porque menos que los cuatro no eran Los Beatles. Lo dice Harrison, que también dice: “Los Beatles existen sin nosotros”.

Es que Los Beatles existen en sus discos, en sus canciones, en sus películas, en las fotos que los muestran frenéticos sobre un escenario, rodeados de chicas en la puerta de un hotel, ensimismados en un estudio de grabación. En ese pozo del que se siguen extrayendo riquezas, a veces en forma de canciones, o de imágenes, o de todo eso junto.

Existen en las casas, en los auriculares y en los autos de los que ponen un disco suyo para cantar a los gritos, y en los livings de los que por estos días estén frente al televisor mirando los nueve capítulos de The Beatles Anthology. Existen porque su música todavía despierta pasiones, porque su historia nos pone nostálgicos y porque cualquier joyita nueva que salga de ese archivo interminable hace felices a millones de personas en el mundo entero. Y para que esa felicidad ocurra hace falta lo mismo que para cambiar una lamparita: cuatro beatles.