
El mercado internacional de arte vivió en 2025 uno de sus años más sorprendentes, marcado por ventas récord que redefinieron los límites del sector. La obra El retrato de Elisabeth Lederer, de Gustav Klimt, alcanzó una cifra sin precedentes al venderse por más de 203 millones de euros en una subasta celebrada en Nueva York. Esta pintura, confiscada por los nazis y recuperada en los años ochenta, se convirtió en la obra de arte moderno más cara jamás subastada, consolidando el prestigio de la casa de subastas neoyorquina y el atractivo del arte del siglo XX.
No solo las pinturas acapararon titulares. Un retrete de oro macizo de dieciocho quilates, obra del artista Maurizio Cattelan, fue adjudicado por más de diez millones de euros. La pieza, conocida por su provocadora carga conceptual, volvió a poner en el centro del debate la capacidad del arte contemporáneo para desafiar las expectativas y los valores tradicionales del mercado. Este objeto se suma al legado polémico de Cattelan, reconocido internacionalmente por su obra Comediante, el plátano pegado a la pared.
Las subastas de 2025 también brillaron por la presencia de retratos vinculados a grandes figuras de la historia y la cultura popular. Un ejemplo destacado es el retrato de George Washington, realizado por Gilbert Stuart en 1804 por encargo de James Madison. Esta obra, que inspiró el icónico billete de un dólar estadounidense, se vendió por 2,3 millones de euros y reavivó el interés por los orígenes de la identidad estadounidense.
Marilyn y Dom Pérignon
En el ámbito de la moda y el cine, el vestido blanco plisado que Marilyn Monroe lució en la película La tentación vive arriba se convirtió en el diseño más caro jamás subastado. La prenda alcanzó los 4,7 millones de euros, reafirmando la vigencia del mito de Monroe y el valor emocional que los objetos asociados a celebridades pueden alcanzar en el mercado internacional. La cultura popular británica también tuvo su espacio con la subasta de una botella magnum de Dom Pérignon Vintage 1961, servida en la boda del entonces príncipe Carlos y Diana de Gales. La rareza y la carga simbólica de la botella llevaron su estimación a cifras entre 67.000 y 80.000 euros.
El mercado de objetos singulares también registró ventas históricas. Un reloj de oro recuperado del Titanic, perteneciente a Isidor Straus, se vendió por casi dos millones de euros. El reloj, que marcaba la hora exacta del naufragio, atrajo a coleccionistas internacionales y reforzó el valor sentimental de las reliquias vinculadas a grandes acontecimientos históricos. España registró un hito propio con la venta de un centén del siglo XVII, moneda que usaban los Austrias como símbolo de prestigio más que para el intercambio. Considerada la moneda española más valiosa subastada hasta la fecha, alcanzó 2,4 millones de euros y triplicó el récord previo en el país.
Un ejemplo de coleccionismo imperial fue el Huevo de Invierno de Fabergé, encargado por la familia Romanov a principios del siglo XX. Esta pieza, cuyo rastro se perdió en los años setenta, fue subastada recientemente por una cifra cercana a los 26 millones de euros, consolidando su estatus como uno de los objetos más codiciados del arte decorativo ruso. Según la compañía Hiscox, especializada en seguros de arte y altos patrimonios, los factores decisivos para los compradores en 2025 han sido la escasez de las piezas, la procedencia documentada y la historia singular que rodea a cada objeto. Eva Peribáñez, directora de Arte y Clientes Privados en Hiscox España, señala que “el interés por el arte y los objetos únicos se mantiene incluso en momentos de incertidumbre económica”.