
“Es casi imposible que Venezuela recupere la democracia de manera pacífica”, dijo el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 2017. «¿Alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas?“, se preguntaba con amargura.
El autor -un referente del liberalismo latinoamericano- murió en abril de 2025, pero su visión sobre la crisis venezolana continúa vigente. Años antes de su fallecimiento, el Nobel de Literatura denunció que el populismo, la corrupción, la represión militar, el fracaso económico y la indiferencia internacional habían arruinado a Venezuela. En ese momento, el escritor advirtió que el final del régimen de Nicolás Maduro podía estar cerca, aunque difícilmente sería pacífico.
“Venezuela es el ejemplo trágico de lo que ocurre cuando la demagogia estatista toma el poder y destierra la sensatez”, sostuvo Vargas Llosa. “La democracia es la civilización, lo racional frente a la locura y la barbarie”, recalcó el novelista, convencido de que en el país caribeño prevaleció la irracionalidad política y un modelo que, a su juicio, condujo al colapso. “Nadie puede ver en Venezuela la representación de una izquierda, es un país al que se lo llevó a la ruina”.

Para el escritor, uno de los elementos clave del sostenimiento del régimen chavista fue la militarización de la economía y el control de mercados ilegales. “El Ejército venezolano tiene el control del narcotráfico, la única industria que funciona en el país”, afirmó. “La única explicación para que el régimen siga en pie es que hay un Ejército comprado, con su jerarquía enriquecida y protegida”, agregó el autor, vinculando así el deterioro de la economía formal al auge de las redes ilícitas.
Vargas Llosa remarcó cómo el chavismo ha perpetuado su poder: “No solamente está ahora matando, encarcelando, con una política económica que llevó a un país rico a la miseria y el hambre… Es responsable de que no haya medicinas, de que la gente viva en el desamparo”. Planteó la pregunta sobre cómo un gobierno tan impopular se mantenía: “La única explicación es un Ejército que tiene el control del narcotráfico”. El Nobel estimó que el fin era inminente. “Pero es imposible que ese Gobierno se sostenga”, advirtió.
Sobre la posibilidad de una transición pacífica, el autor mostró escepticismo. “Es casi imposible que Venezuela recupere la democracia de manera pacífica”, señaló. Para él, solo una fractura interna del régimen podía abrir el camino de vuelta al orden democrático. “¿Alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas?”, preguntó, aludiendo a recientes episodios donde, a su entender, los procesos electorales fueron manipulados o desvirtuados por la dictadura. “El gran enemigo de la libertad es el populismo; la demagogia estatista ha destruido económica y socialmente a Venezuela como ningún otro país en América Latina”.
La comunidad internacional y los organismos regionales tampoco escaparon a su crítica. A juicio de Vargas Llosa, la respuesta global fue mediocre o cómplice. “Ojalá los Gobiernos democráticos de América Latina contribuyeran a acelerar el final”, reclamó. Cuestionó directamente a los organismos multilaterales: “La OEA es inútil, una institución apolillada en la que figura defender la legalidad y la libertad, pero cuya inacción solo ha contribuido a la desgracia venezolana”. Para Naciones Unidas, su veredicto fue igualmente duro: “Vergüenza que Venezuela ocupe un asiento en el Consejo de Derechos Humanos; eso solo refleja la ignorancia o la indiferencia de muchos en relación con los problemas graves de la región”.
Respecto al origen y la consolidación del chavismo, Vargas Llosa fue contundente: “Los venezolanos no supieron votar, eligieron mal a Chávez, y con el tiempo han reconocido, con amargura, cómo el país se empobreció”. Subrayó la importancia de la unidad opositora ante un régimen que aprovechó las divisiones. “Todas las divisiones internas solo favorecen la dictadura de Maduro. Hay que anteponer la libertad a las diferencias; ya vendrán después los matices”. Recordó la lección que dejan los comicios: “Las elecciones en Venezuela demuestran que los pueblos pueden equivocarse y retroceder. Pero también pueden rectificar”.
En sus análisis, Vargas Llosa recurrió a la comparación con el modelo cubano para resaltar diferencias y similitudes. “Venezuela no ha llegado al extremo de Cuba porque todavía existen trincheras de la libertad”. Valoró el papel de la sociedad civil y las movilizaciones populares, a pesar del cierre de medios independientes y una censura creciente. “Globovisión, el último canal independiente, fue sometido a tal acoso que debió venderse. El control de la radio y la prensa es casi absoluto. Los venezolanos, aunque viven en la oscuridad informativa, sufren en carne propia el desastre provocado por el intervencionismo estatal, la nacionalización, la represión y la corrupción”.
“La gran movilización popular es para que algún día haya elecciones auténticas y no simples rituales como los de la ex Unión Soviética o Cuba”, advirtió, subrayando la importancia de mantener espacios de resistencia incluso bajo un régimen cada vez más vertical. “Gracias a la oposición venezolana, Venezuela no se ha convertido en una segunda Cuba”. Y dejó un mensaje que trasciende la región: “Como la peste, el populismo se puede expandir. La utopía estatista es expansiva”.
Pese a todo, conservó cierto optimismo sobre el rumbo regional. “América Latina va saliendo”, sostuvo Vargas Llosa. “Hoy hay más razones para el optimismo que cuando yo era joven. Los pueblos suelen ser mejores que sus gobiernos. Ahí están los venezolanos, arriesgando la vida para que no desaparezcan los últimos resquicios de libertad”.
La convicción definitiva del escritor estuvo marcada no por el pesimismo, sino por la confianza en la resistencia: la lucha de la sociedad venezolana alguna vez abrirá el camino hacia una nueva etapa.