
Poner un pie en el Polo Norte era a principios del siglo XX una hazaña equiparable a la que fue siete décadas después llegar a la Luna y no eran pocos los exploradores que pretendían ganar esa carrera. Para el estadounidense Robert Peary no era solo un deseo sino también una obsesión que persiguió durante más de veinte años hasta llegar a la meta, o creer que lo había hecho, o proclamarlo a los cuatro vientos aun sabiendo que no. Lo intentó varias veces y es seguro que en su momento fue el hombre que llegó más al norte en los hielos del Ártico, pero no al punto exacto de la meta. En el diario de ese viaje hay una anotación del 7 de abril de 1909 que es un grito de celebración: “¡¡¡Al fin el Polo!!! El premio de tres siglos, mi sueño y ambición durante 22 años. Mío al fin”. Sin embargo, se sabe que ese texto lo agregó mucho después para su publicación.
La afirmación de Peary de haber llegado al Polo fue puesta en duda desde el primer momento porque en el grupo que lo acompañó en el último tramo del trayecto no había nadie que estuviera entrenado para realizar una medición precisa para confirmarlo y tampoco llevaba el instrumental adecuado. Además, las distancias y velocidades que afirmó haber alcanzado con el último grupo de apoyo al regresar son tres veces más rápidas que lo que demoró en llegar. A eso hay que agregarle que un año antes, otro explorador, Frederick Cook, se había adjudicado el logro, pero no tardó en comprobarse que su expedición era un fraude, lo que llevó a pensar que era lo mismo en el caso de Peary.
Algunos historiadores creen que pensó realmente que había llegado al Polo. Otros sugieran que es culpable de exagerar deliberadamente sus logros. Lo cierto es que a su vuelta hubo quienes lo distinguieron y lo trataron como un héroe mientras otros lo acusaban de mentiroso. Más allá de la polémica, es indiscutible que Robert Peary fue un pionero en la aventura de la conquista del Polo, lo haya logrado o no. Fue, eso sí, un hombre controvertido, que jamás escapó a los debates. En su libro Ninety Degrees North, el historiador polar y escritor Fergus Fleming lo describe como “indudablemente el más impetuoso, posiblemente el más exitoso y probablemente el más antipático de los hombres en los anales de la exploración polar”.

Nacido para la aventura
Robert Edwin Peary nació el 6 de mayo de 1856 en Cresson, Pensilvania. Poco después su familia se trasladó a Maine, donde estudió en la Portland High School y luego se graduó en el Bowdoin College. Se especializó en Geografía, Ingeniería y Cartografía, lo que lo llevó a incorporarse a la Marina para trabajar en el trazado de nuevas rutas, terrestres y marítimas, orientadas sobre todo a la apertura de vías comerciales. Su pasión, sin embargo, era explorar y no cualquier lugar sino el Ártico para traspasar una frontera que parecía inaccesible a los hombres y ser el primero en llegar al Polo Norte.
Durante más de 20 años alternó sus trabajos como ingeniero con la exploración de posibles rutas y medios para llegar al Polo Norte. En uno de sus viajes, la Marina encomendó la tarea de trazar posibles rutas para un canal que atravesara Nicaragua y allí conoció a Matthew Henson, un joven grumete negro que se había embarcado huyendo de la violencia racial y que se convertiría en su mano derecha en sus viajes por el Ártico.
Antes de emprender su aventura final, Peary hizo varias expediciones por el norte helado y exploró Groenlandia con trineos de perros en 1886 y 1891. Allí estudió las técnicas de supervivencia de los esquimales, de quienes aprendió a manejar los trineos tirados por perros, a cazar y pescar en condiciones extremas, a construir iglús y a vestirse con pieles como hacían los nativos, tanto para preservar el calor como para eliminar el peso extra de tiendas de campaña y las bolsas de dormir en las largas marchas. Pasó trece meses en 1891-92 entre los inuits en la boca del estrecho de Smith, siempre acompañado por Henson. En su primera expedición con perros, en la primavera de 1892, se lanzó a explorar el inlandsis, la tierra interior de Groenlandia, una excursión que lo llevó a recorrer unos dos mil kilómetros sobre el hielo. Constituyó también su primer gran logro, porque pudo demostrar que Groenlandia no formaba parte de un continente, sino que era una isla.
Peary también fue pionero en el uso de un sistema que bautizó con su propio nombre y consistía en la distribución de varios equipos de apoyo que partían antes para avanzar en la ruta y facilitar el rápido progreso de los que venían detrás. Su esposa, Josephine, lo acompañó en varias de sus expediciones. En las ocasiones en que ella se quedaba en casa cuidando a Mary y Edwin, los dos hijos del matrimonio, Peary no sufría la soledad. Durante la estancia con los inuit, tanto él como Henson formaron parejas y tuvieron hijos con ellas.

La conquista del Polo
Llegar al Polo Norte se convirtió en su obsesión, pero no se apresuró para hacer el intento: sabía que para tener éxito debía prepararse bien. Dedicó diez años a hacer expediciones de reconocimiento hasta que en febrero de 1909 se lanzó a la conquista final desde la isla canadiense de Ellesmere. Cuando partió ya había enviado varios equipos de apoyo para que establecieran campamentos en la ruta que tenía fijada. El grupo con que intentaría llegar al Polo estaba formado por solo seis hombres: él, su inseparable ayudante Henson y cuatro nativos inuit, Ootah, Egigingwah, Seegloo y Ooqueah. No consideró necesario llevar a un experto en navegación, una ausencia que luego le costaría que se pusiera en duda la hazaña.
Después de una travesía de casi cuarenta días utilizando las postas que había hecho preparar, Peary y sus compañeros llegaron el 6 de abril al punto que supusieron que era el Polo Norte geográfico. Allí, el explorador tuvo un primer disgusto: como Henson iba adelante para reconocer el terreno fue el primero en poner los pies en el lugar y lo recibió con una frase: “Creo que soy el primer hombre que se sienta en la cima del mundo”. Más tarde, en su libro publicado en 1955, Un explorador negro en el Polo Norte, Henson contó que al escucharlo Peary se molestó y que desde entonces la relación entre ellos ya no fue la misma. “Se enojó muchísimo… no dijo nada, pero se le notaba”, escribió.
La involuntaria primereada de Henson al pisar antes que él el supuesto Polo Norte no fue el único golpe que recibió Peary. Cuando regresó se encontró con una noticia mucho peor: Frederick Cook, un explorador que lo había acompañado en algunas de sus expediciones de reconocimiento años atrás, aseguraba que había llegado al Polo antes que él. Eso generó una fuerte polémica entre los dos, a la que se sumaron partidarios de uno y del otro.

Los cuestionamientos
La disputa no se prolongó por mucho tiempo, porque Cook no pudo presentar una sola prueba de la hazaña que se adjudicaba y Peary tenía algunas. Sin embargo, no pudo evitar que se pusiera en duda que hubiera llegado al punto exacto del Polo Norte geográfico porque, debido a la falta de un navegante experto en su grupo, sus mediciones no demostraban de manera segura que hubiera llegado a los noventa grados norte. Además, algunos datos eran poco creíbles, como las distancias recorridas en un día, que parecían imposibles para un trineo tirado por perros.
Así y todo, Frederick Cook fue el gran derrotado en la disputa, porque al no poder presentar ninguna prueba fehaciente su expedición fue considerada un fraude. En venganza, el explorador vencido denunció que Peary tenía un hijo fuera del matrimonio, producto de su relación con una niña inuit llamada Ally, de apenas 14 años, lo que provocó un escándalo.
Finalmente, el Congreso de los Estados Unidos reconoció a Peary como attainer (alcanzador) del Polo Norte, pero no como su “descubridor” y le otorgó una pensión equiparable a la de un contralmirante. En cuanto a las instituciones especializadas, hubo opiniones divididas: mientras la National Geographic Society le reconoció el logro, otras solo lo reconocieron como el explorador que había llegado “más al norte”, pero no que hubiera alcanzado el lugar.
Fue la última expedición que realizó. Poco después se retiró a su casa de Freeport —hoy considerado un sitio histórico— en la Eagle Island, en la costa de Maine. Robert Peary murió en Washington DC el 20 de febrero de 1920, a los 63 años, y sus restos fueron enterrados en el Cementerio Nacional de Arlington.
La muerte le evitó un último disgusto: saber que la historia considera hoy al explorador noruego Roald Amundsen como el primer hombre que llegó al Polo Norte en su expedición de 1926 ya que pudo demostrarlo con mediciones exactas y comprobables, algo que él no pudo hacer. En cuanto hasta dónde llegó el 6 de abril de 1909, recién en 1996 un análisis exhaustivo de los registros de Peary permitió ver que desde el punto en el que se detuvo aún faltaban 37 kilómetros para llegar realmente al ansiado Polo Norte.