
Todo ha sucedido como no lo imaginó casi nadie, la caída de Nicolás Maduro ha sido un momento impactante en la historia contemporánea, pero todo sigue, la vida sigue.
Era un objetivo del gobierno republicano actual concretar semejante hazaña para demostrar que Joe Biden claudicó ante un tirano y negoció lo innegociable; era un objetivo también porque ante el mundo fue una demostración de poder extirpar al dictador de una oreja de su guarida y someterlo a juicio en territorio propio por agresiones en materia terrorista; era un objetivo, además, porque la elección intermedia (parlamentaria) de este año en Estados Unidos -en noviembre- exige algún “éxito” previo para buscar mantener la mayoría republicana; y por último -debió ser lo prioritario- era un objetivo porque la “democracia” se debería recuperar en Venezuela para devolverle “estado de derecho” al país y desintoxicarlo de los totalitarismos que ambientan presencias criminales foráneas en el continente.
Esos cuatro ángulos fueron los enfoques que se tuvieron en cuenta, junto al tema del petróleo, pero no como asunto central en la cuestión venezolana. Se equivocan quienes creen que el petróleo le mueve la aguja al norte, no es así, no es significativo el volumen exportador y Estados Unidos no necesita suplementos de hidrocarburos. Es solo revisar los indicadores en Bloomberg y no perder el tiempo. Claro, es un tema que el presidente Donald Trump aborda retóricamente, pero más por vocación discursiva que por necesidad. No me crean, revisen los números.
No debió ser tampoco un tema moral de debates insoportables -en el mundo hispano- la caída de un dictador, pero como estamos en un mundo absurdo, suceden cosas absurdas y se dicen palabras absurdas. Por eso los que aplaudieron la caída del dictador tuvieron derecho a sentir lo que sintieron: ¿O pretendían acaso que los venezolanos actuaran gélidos como los miembros del Consejo de Seguridad Nacional de la ONU parapetados en sus intereses geopolíticos y repitiendo lugares comunes con cara de estar afirmando algo relevante cuando solo leían instrucciones previsibles? ¿Cómo no comprender un pueblo que odió a más no poder al criminal que les secuestró, humilló, lastimó y mató a sus propios hijos? ¿Quién es el idiota que pediría comprensión ante eso y apelaría a la mesura con un criminal de la peor especie que se ufanó siempre de ser lo que era? Solo los cretinos y los que tienen sesgos ideológicos retardatarios pensaron así. No hay un venezolano libre que no haya llorado de emoción sincera ante la caída del dictador. Claro, los amigos ideológicos del tirano, los que solo se sienten compañeros del odio antiyanqui son capaces de obturar el dolor del otro con tal de hacer valer sus miserias. Ya lo deberíamos saber. Sin embargo, impresiona la enorme cantidad de sadismo que aún emerge.

De las cosas absurdas (pero en este caso tristes) que suceden también está el hecho que el derecho internacional público ha quedado herido de muerte. Duele, pero esta caída de Nicolás Maduro denuncia una sangría en lo jurídico y escenifica un derecho internacional lindando con la intrascendencia absoluta. Lo sabíamos todos, pero no lo queríamos reconocer. Es como cuando se intuye una enfermedad terminal pero no se acepta el veredicto por miedo. En los hechos, el derecho internacional nunca ayudó en casi nada al capítulo venezolano, no sirve ahora y no tiene prospectiva de ser útil en el corto plazo. El derecho nació para ordenar y regular comportamientos, si deja de hacerlo ya no sirve.
Hace rato que acontece esto, lo de Nicolás Maduro lo visibiliza y habrá que pensar un nuevo diseño jurídico planetario, un nuevo mapeo multilateral porque esto del presente con organismos internacionales vacíos de sentido no va más. (Estoy escribiendo esta nota y veo como la Casa Blanca se perfila a salirse de escena de espacios multilaterales tomados por sus enemigos, era de cajón que algún día pasaría algo así). Todo ayuda a pensar entonces, estamos ante otro mundo, habría que asumirlo con realismo.
No ha servido casi ninguna norma internacional en relación con Venezuela, esa es la verdad. Ningún “deber de proteger” a la población civil ante las afrentas totalitarias apareció jamás. Nada ante los ataques a los derechos humanos se pudo detener. Ninguna medida cautelar tuvo relevancia. Nadie logró que alguien realizara algo efectivo por los venezolanos y detuviera las matanzas y las privaciones de libertad para con ellos. Nada. Ningún Estado logró nada. Ninguna organización logró nada. Ninguna ONG. Nada de nada, puras palabras y declaraciones más o menos rimbombantes, pero nada concreto. Ganaba por goleada la dictadura y sus vejaciones fácticas en el terreno. De muertes hablo. ¿Y se animan a levantar la voz algunos atrevidos criticando la algarabía ante la caída del dictador? ¿Qué osadía inmoral es esa?
¡Los dejaron solos a los venezolanos! ¡Muriendo en el lodazal de inmundicia de la dictadura y obligándolos a desplazamientos forzosos a más de 8 millones de ellos! ¡Solos! ¡Librados a su propia suerte! Por eso recordar la victoria del 28 de julio del 2024 contra la adversidad más absoluta es rendirle honor a la verdad y al coraje de ese pueblo que no se dejó birlar su destino.
El mundo ahora los utiliza para realizar delivery de hamburguesas, para hacer lo que otros ya no hacen, y hasta en su condición de médicos o funcionarios altamente capacitados a los más educados. Es más, todavía irrumpe algún grado de discriminación por “robarle” trabajo a los locales en algunos países, se dice por allí. Buena parte de la gente que piensa de esa forma es la misma que le importa un pito lo que suceda con Venezuela. Todos creen que es el tema de otros. El humano es un bicho complicado. El propio presidente Donald Trump tira una de cal y otra de arena. Por un lado, elimina las normas que regulan la migración temporal de los venezolanos, pero luego sanciona al dictador en una operación tipo Mossad que el mundo observó con admiración. ¿Es el mismo en los dos casos?
La Corte Penal Internacional -en una letanía que causa vergüenza- ya no tiene una explicación convincente a su inercia burda. Sus fiscales huelen a burócratas de administraciones municipales latinoamericanas donde a nadie le importa que los asuntos avancen. ¿Qué más necesitan para traccionar que lo de Venezuela son “delitos de lesa humanidad” y hay que caminar el sendero jurídico emitiendo órdenes de captura? ¿Le tuvo que ganar la partida una operación de inteligencia norteamericana para evidenciar lo obvio? ¿Era necesario llegar a este punto? ¿Y ahora que van a hacer cuando tengan que encarar el tema? ¿Pedir colaboración a la justicia norteamericana o van a actuar contra el resto de la elite dictatorial venezolana que a todas luces es una cleptocracia criminal de similar capacidad letal que el tirano entre rejas? Pregunto, porque temo seguir esperando eternamente noticias y que cuando acontezca algo sea demasiado tarde. No votamos la creación de la Corte Penal Internacional para esto los países que la creamos. Suponíamos que tendría celeridad, convicción moral, encare jurídico ante lo atroz y empuje ante la barbarie. Nada, cero con los venezolanos. Le ha ganado la inercia, el papelerío y el tiempo. Un desastre. Nunca debió ser así, no está sirviendo, no sirve así. Y por más que se levanta la voz, nadie oye nada allí.
Y a nadie se la cae la cara de vergüenza ante la criminalidad totalitaria venezolana. Solo la repetición de “autodeterminación de los pueblos” y “no intervención” -como mantras- que les espetan a los venezolanos como diciéndoles: háganse matar por estos matones-chavistas, produzcan una guerra civil asimétrica y peleen contra los colectivos criminales entregando miles de muertos para ver si sacan el premio del dolor planetario en las cadenas de televisión internacional y que tengan mucha suerte.
Ese es el mensaje cínico que se produce con los más débiles. Este es nuestro mundo. Demasiado se banaliza. Y demasiados hacen moralismo inmoral.
Mientras tanto el presidente de los Estados Unidos habla con parquedad o locuacidad -según sea el momento- y su secretario de Estado pretende calmar lo que se vive en Venezuela, con etapas de un supuesto “proceso” en el que le pide a los matones-traidores -del dictador- que se traicionen a sí mismos y que se hagan el harakiri. ¿Es en serio esto? O es una frivolidad superlativa o es un acto de ingenuidad brutal. Para cualquier mortal es absolutamente incomprensible. Ojalá me equivoque, no tienen idea lo feliz que sería con mi error de apreciación.
El tiempo ahora se invierte. Aunque resulte extraño empieza a correr a favor de la dictadura -aún sobreviviente- en Venezuela porque el gobierno norteamericano tiene el reloj de noviembre corriendo. Por eso no sería extraño ver más terror, más miedo, más conspiración, menos institucionalidad -y casi no queda nada de esto- en Venezuela. Los hermanos Rodríguez son hábiles en la mentira, astutos en la conspiración y rápidos en ganarle tiempo al tiempo. No harán “los deberes” que creen los norteamericanos que harán. Nadie cambia su esencia, nadie.
Yo entiendo: los costos de actuar en el terreno son grandes para Estados Unidos. Es un dato que Libia o Afganistán los dejó acomplejados y no quieren repetir el error. Pero Venezuela no es esos países, allí si se deja la serpiente viva, el veneno hace daño y los que la siguen no se volcarán del lado correcto de la historia: por temor, por chantaje, por lo que sea no terminarán con el infierno sino rendidos ante él. Por eso no se debe dejar un proceso de recuperación democrática a medias con la ilusión que los miembros mafiosos de la banda, ahora se transformen en el párroco del sermón dominical. ¿En qué cabeza se pergeñó semejante ilusión óptica?
En Venezuela o se recupera la democracia absoluta o se pierde todo. No existe el embarazo a medias o la muerte a medias. Repito: no existe concebir bondad con el diablo. Se debe acudir a los individuos adecuados. Hay allí un presidente electo y un liderazgo reconocido, Edmundo González Urrutia y María Corina Machado no son un invento: son quienes el pueblo venezolano ungió como conductores. Haría lo correcto Estados Unidos en reconocer esos protagonismos, no concedería nada, solo reconocería lo que por legitimidad corresponde. No hacerlo es -además de irritante- un error innecesario de la hora y se arroga un protagonismo total que no le corresponde. Una cosa es sacar un dictador, otra muy distinta ocupar el lugar de conducción que a otros le corresponden. ¿Se entiende verdad?
Acá, además, todos deberían coincidir ante el terrorismo de estado, ante la ausencia del estado de derecho y ante la violación de los derechos humanos que solo se empieza por la liberación de los presos políticos como medida previa a todo. Repito: ¡Liberación de los presos políticos ya! ¡Liberen a los presos políticos y así serán convincentes! De lo contrario ingresaremos en el juego macabro del toma y daca, y la dictadura se mueve como pez en al agua en ese espacio.
Si siguen los presos, sigue el chantaje. Si sigue el chantaje, gana la dictadura -aún viva- y se le ríen en la cara a Marco Rubio, mejor dicho, al presidente Donald Trump.
Parece ser un dato que los hermanos Rodriguez estuvieron en este juego macabro desde hace rato, cuando circulaban las versiones de negociaciones reservadas. No lo creíamos, pero era cierto. Voy a repreguntar: ¿De veras son los Rodríguez los más aptos para operar una transición hacia la democracia? Ya fui claro al respecto.
El presidente Donald Trump está a punto de pasar a la historia como un personaje que con gloria puede derribar estas dictaduras en el continente. Pero, es el mismo personaje que si acelera un poco más -y derrapa en las curvas de la carretera- se vuelve el Tío Sam depredador, apropiador y rudo que se queda por ambición de influencia geopolítica con lo que no le corresponde. Depende de él su destino. Debería pensar bien la aceleración a tomar.
El hombre que aspiró al premio Nobel de la Paz si termina con los totalitarismos del continente estará, inclusive, por encima de semejante galardón. Alguien se lo tendría que decir fuerte y claro, así como decirle que, si fracasa ahora que entró en escena, el ruido de su caída va a ser estruendoso.
Sí, Donald Trump será respetado por hundirle la nave a Maduro, a Diaz Canel y a Ortega y lograría un jalón memorable para muchos -si de veras- cierra estos círculos del infierno. Si los clausura para siempre. Pero debe derribar los sistemas que allí apestan, a todas sus moléculas y debe pensar que esos países son eso: países hermanos que claman por vivir en dignidad, no colonias o espacios a conquistar. Una hazaña de semejante entidad sería memorable, así como también el fracaso ante el desafío a la porosidad malévola que se le cuela a América. Ahora si el juego es “mata o muere”. Nunca estuvimos tan cerca de sacarnos de encima estas lacras, ni tan cerca de eternizarlas.
El secretario Rubio sabe bien que esto es así porque sus padres fueron lo que fueron para honra de él mismo. Él, mejor que nadie conoce toda esta tragedia.
Pero no tiene demasiado tiempo porque la rutinización de la inercia autoritaria -en Venezuela- le concede espacio al mal, y un día nos podemos levantar con la sangre corriendo a borbotones. Repito: los que aún quedan en el poder en Venezuela son la peor calaña humana que existe: confiar en ellos es básicamente un error garrafal.
Hagan la tarea completa, no a medias. Igual aquellos que los criticarán (a los gringos) lo harán de cualquier forma ante el mundo. Así que solo vale ganar o ganar si se derriban a estas barbaries que tanto daño y tanta violación a los derechos humanos han acometido desde hace tanto tiempo. Son terroristas secuestradores de un Estado. No pretendan sacar tiranos así en cócteles con alfombra roja y con exilios dorados.
De esa forma, con el tema resuelto quedaremos de un lado los verdaderos demócratas, y defenderemos con uñas y dientes lo recuperado, y del otro el bolsón autoritario y sus acólitos de siempre.
Cada uno que se ubique donde quiera.
Pero que las cosas sean claras.