El sentuido mensaje de Jorge Corcho Rodríguez para despedir a su asistente

El empresario Jorge Corcho Rodríguez despidió públicamente a Pía, su asistente durante más de treinta años, con un mensaje cargado de afecto y gratitud. El emotivo homenaje fue compartido en su cuenta de Instagram, en el que resumió treinta años de historias compartidas, trabajo incansable y una amistad que trascendió el paso del tiempo.

“Querida Pía, mi asistente por más de treinta años, mi amiga, mi cómplice de aventuras, todo lo que te tenía que decir y vos a mí nos lo hemos dicho todos estos años”, comenzó el mensaje del empresario. No es una despedida formal ni un simple agradecimiento profesional. Es la voz de alguien que reconoce en otro ser humano una presencia fundamental, un refugio cotidiano aun después de su muerte. “Quiero recordarte como ejemplo de vida para mí y para todos los que te conocieron y te quieren”, escribió, al arrojar luz sobre la huella que Pía dejó en su entorno.

En la imagen que acompaña el texto —una que, por sí sola, podría contar la historia sin palabras— se observa a la mujer recostada en una cama, arropada bajo una manta de cuadros beige y grises. Su rostro, surcado por los años, irradia una serenidad casi contagiosa. Los cabellos blancos, despeinados pero suaves, enmarcan la sonrisa amplia con la que mira a Jorge Rodríguez, quien se inclina hacia ella desde una silla a la derecha de la imagen. Ambos se toman de las manos con fuerza y ternura, formando un puente invisible entre dos vidas entrelazadas.

El entorno es íntimo: una lámpara de mesa apoya la calidez de la escena, y detrás, una estantería de madera exhibe varias fotografías familiares, pequeños recuerdos enmarcados que parecen custodiar el momento. Por la ventana, el verde de los árboles insinúa vida y esperanza, aun en los días finales. Sobre la cama, un teléfono móvil descansa en silencio, ajeno a la intensidad de lo que ocurre.

Jorge Corcho Rodríguez y la emotiva foto al despedir a su asistente, Pía (Instagram)

“Esta foto es del último día que nos vimos en diciembre, sabías que te estabas por ir a otro lugar mejor pero así y todo no dejabas de sonreírme y decirme que importante somos el uno para el otro”, relata Rodríguez. La imagen captura ese instante preciso: la mirada de complicidad, la sonrisa compartida, el contacto físico que trasciende las palabras. ¿Cuántas veces, en treinta años, compartieron gestos similares? ¿Cuánto cabe en ese apretón de manos, en ese cruce de miradas?

El texto continúa: “Me siento afortunado de haberte tenido cerca todos los días, gracias Pía por darme tu amor incondicional, te voy a extrañar, no dudo que vas a estar cerca mío protegiéndome siempre”. Es un tributo a la lealtad, a la compañía diaria, a la confianza tejida durante décadas.

La escena no es grandilocuente, pero sí profundamente humana. Una mujer mayor, vestida con un camisón gris con detalles rojos, sonríe con los ojos y la boca. Un hombre maduro, de barba canosa y pulseras en la muñeca, la mira sin apartar la vista. Sus manos entrelazadas, con los dedos de Jorge Corcho Rodríguez apretando con decisión y cuidado, son testimonio de una despedida repleta de amor y gratitud.

Al fondo, la luz natural se filtra por el ventanal, iluminando el rostro de Pía. Las fotografías familiares parecen observar la escena, mudas pero presentes. La atmósfera transmite una mezcla de calma y adiós, de final y continuidad invisible.

En palabras del propio Rodríguez, “recordamos con alegría todas las cosas que hicimos juntos, todas las batallas que estuviste incondicional a mi lado”. La historia de una asistente y un empresario se convierte, así, en la de dos aliados, dos amigos, dos personas que aprendieron a ser importantes el uno para el otro.