
El 13 de febrero de 1692, la Matanza de Glencoe marcó uno de los episodios más oscuros y polémicos en la historia de Escocia. Este acto de violencia, ejecutado por fuerzas del gobierno bajo el mando del capitán Robert Campbell de Glenlyon, selló el destino del clan MacDonald en las Tierras Altas occidentales, dejando una huella indeleble en la memoria nacional y en el imaginario popular, hasta el punto de inspirar relatos modernos como la célebre escena de la “boda roja” en la serie Game of Thrones.
El contexto histórico: luchas por la independencia y lealtades divididas
Desde tiempos remotos, Escocia mantuvo una tradición de resistencia frente a invasores y de luchas internas por el poder. Las crónicas del país registran desde los Caledonios y los Pictos rechazando el dominio romano, hasta figuras emblemáticas como William Wallace y Robert the Bruce enfrentándose al ejército inglés en Stirling y Bannockburn.
A finales del siglo XVII, la política escocesa se vio marcada por la llamada causa jacobita, surgida tras la destitución del rey católico James VII de Escocia y II de Inglaterra durante la “Revolución Gloriosa” de 1688, que instauró en el trono a William de Orange (posteriormente William III).
La causa jacobita agrupó a quienes buscaban restaurar a un monarca católico, y encontró apoyo entre varios clanes de las Tierras Altas, en particular los MacDonald de Glencoe, quienes permanecieron leales al depuesto James.
El gobierno de William III, decidido a consolidar su autoridad, exigió que todos los clanes de las Tierras Altas firmaran un juramento de lealtad antes del 1 de enero de 1692.
A cambio, prometía dinero, tierras y el perdón para quienes acataran la orden a tiempo. En cambio, quienes no lo hicieran serían castigados como traidores.
Los MacDonald y el plazo fatal
La situación de los MacDonald era especialmente delicada. Aunque el jefe del clan, Iain MacIain, buscó cumplir la exigencia, se vio perjudicado por la demora en la autorización del propio James para prestar el juramento.
Según el archivo del Glencoe National Nature Reserve, “James solo dio su consentimiento a la solicitud de William a mediados de diciembre; la noticia llegó a los MacDonald el 28 de diciembre: tenían tres días para cumplir el plazo”.
MacIain emprendió una travesía a través de la nieve hasta Fort William, pero allí nadie tenía la autoridad para aceptar el juramento. Debió desplazarse a Inveraray, a más de 96 kilómetros de distancia, y finalmente pudo prestar el juramento el 6 de enero, convencido de que su clan quedaba a salvo.
Sin embargo, la decisión de “dar un escarmiento” ya estaba tomada desde el gobierno, y la suerte de Glencoe estaba echada.

El trasfondo de este trágico desenlace implicaba no solo rivalidades entre clanes, sino también un claro deseo del gobierno de imponer su control sobre los rebeldes de las Tierras Altas.
Aunque la historia suele asociar la masacre a la enemistad tradicional entre los MacDonald y los Campbell, la evidencia señala que se trató, sobre todo, de una operación estatal para quebrar la resistencia jacobita.
“Aunque los Campbell son los más asociados con la masacre, fue menos una cuestión de rivalidad de clanes que un complot gubernamental para alinear a los clanes de las Tierras Altas con el rey William”, detalló el propio sitio oficial de Glencoe.
La noche del ataque
En la última semana de enero de 1692, dos compañías, sumando unos 120 soldados del regimiento del conde de Argyll y comandados por Robert Campbell de Glenlyon, llegaron a Glencoe. Siguiendo las tradiciones de hospitalidad de las Tierras Altas, los MacDonald ofrecieron alojamiento y techo a los soldados durante casi dos semanas.
“Glenlyon había recibido órdenes de alojar a sus hombres entre las familias MacDonald en el valle, en lugar de impuestos no pagados. Las reglas tradicionales de hospitalidad implicaban que fueron bien recibidos. Sin embargo, Iain MacIain, jefe anciano del clan, ordenó que las mujeres jóvenes y solteras fueran enviadas lejos, y temiendo que Glenlyon pretendiera desarmar al clan, ocultó las armas en otro lugar”, relató el portal History Today.
La noche del 12 de febrero, Glenlyon y sus oficiales recibieron sus órdenes escritas: “A las 5 de la mañana del día siguiente debía atacar a los rebeldes… y matar a todos los menores de setenta años”.
El propio MacIain fue asesinado por la espalda mientras intentaba vestirse. Su esposa fue despojada de sus ropas y los soldados le arrancaron los anillos de los dedos con los dientes; terminó muriendo de exposición. Nueve hombres atados fueron fusilados uno a uno y Glenlyon remató a cada uno con su bayoneta.
En total, al menos 38 hombres, mujeres y niños murieron en el ataque inicial, y muchos más fallecieron de frío al intentar huir a las montañas.
El impacto de la masacre fue tan profundo que, señala el Glencoe National Nature Reserve, “cuando la noticia finalmente llegó al público, tras ser publicada primero en Francia, una Comisión Parlamentaria de Escocia determinó que los asesinatos fueron ‘crímenes de asesinato bajo confianza’“.
Y agrega: “En una época donde la hospitalidad era piedra angular de la vida en las Tierras Altas, este fue un crimen atroz y sorprendente”.

Las repercusiones
La indignación en Escocia fue inmediata y duradera. En 1695, el rey William III se vio obligado a ordenar una comisión de investigación. La responsabilidad se repartió, aunque la comisión concluyó que el rey había firmado la orden de “extirpar” a los MacDonald, pero solo con la intención de “proceder por la vía de la justicia pública”.
La mayor parte de la culpa recayó en John Dalrymple, secretario de Estado para Escocia, quien, según la comisión, “despreciaba a los Highlanders y particularmente a los MacDonald”.
William III finalmente lo perdonó, justificando que “al estar a muchos cientos de millas de distancia, no podía tener conocimiento ni participación en el método de ejecución”.
A pesar de que la tradición popular culpó a los Campbell, los registros históricos indican que solo una docena de miembros de este clan participaron directamente en la masacre.
El hecho de que los soldados se alojaran bajo el mismo techo que sus víctimas durante días antes del ataque, violando las normas más sagradas de hospitalidad, convirtió la masacre en un símbolo de traición y barbarie.