En esta foto publicada por la Casa Blanca, el presidente Donald Trump observa las operaciones militares estadounidenses en Venezuela, junto con el secretario de Estado, Marco Rubio, en Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, el sábado 3 de enero de 2026. (Molly Riley/La Casa Blanca vía AP)

La publicación hacia finales de 2025 de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estadios Unidos marca un punto de inflexión de magnitud. Ya no se trata de un ajuste técnico ni de una reordenación táctica de prioridades, sino de un rediseño doctrinario que cuestiona de manera frontal los supuestos que estructuraron la política exterior estadounidense desde el fin de la Guerra Fría. Para la Administración Trump, los últimos treinta años no constituyeron una evolución virtuosa del liderazgo norteamericano, sino un desvío estratégico que debilitó la soberanía, erosionó la base industrial, dispersó el poder militar y convirtió a los Estados Unidos en garante involuntario de un orden global que benefició más a sus competidores que a sus propios ciudadanos.

En ese sentido, el documento funciona como una crítica sistemática al internacionalismo liberal y a la idea de hegemonía benevolente. Su premisa se centra en que Estados Unidos debe dejar de intentar gobernar el mundo para poder gobernarse a sí mismo, reconstruyendo su fortaleza interna como condición indispensable para proyectar poder de manera selectiva, pragmática y directamente vinculada a su interés nacional.

La consecuencia inmediata es una redefinición restrictiva de dicho interés. La seguridad -afirma el documento- comienza en la frontera. La inmigración, no sólo irregular sino los flujos masivos en general, es presentada como la principal amenaza contemporánea a la cohesión social y a la estabilidad estatal, incluso por encima del terrorismo o la proliferación nuclear. Se reinstala así una concepción clásica -hoy resignificada- según la cual las fronteras y las instituciones no sólo protegen territorio, sino identidad y soberanía cultural.

La segunda columna vertebral de esta nueva doctrina es la reindustrialización. El texto sostiene sin ambigüedades que el proyecto globalista “vació” a la clase media estadounidense y advierte que ningún país puede considerarse seguro si depende de su principal competidor estratégico para insumos críticos, minerales esenciales o tecnologías clave. De allí el retorno explícito al proteccionismo productivo, a la relocalización industrial y al uso estratégico de los aranceles, integrados ya no a una lógica económica, sino a una lógica de seguridad nacional.

La tercera dimensión -y quizás la más sensible para América Latina- es la hemisférica. Aquí emerge lo que podría denominarse un “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe. Estados Unidos afirma sin rodeos que la presencia de actores extrarregionales, particularmente China, constituye una amenaza directa a su seguridad. Puertos, infraestructura crítica, telecomunicaciones y sectores estratégicos pasan a ser considerados espacios de interés vital, anticipando una diplomacia más dura, menos ambigua y potencialmente coercitiva. Para los países latinoamericanos, este punto marca el fin de una zona gris en donde la competencia global deja de ser abstracta y se territorializa.

Es precisamente en este marco donde los acontecimientos recientes en Venezuela adquieren un significado que excede largamente la coyuntura local. La intervención directa de los Estados Unidos -que incluyó operaciones militares sobre objetivos estratégicos y la captura del jefe del Estado venezolano para su traslado a territorio norteamericano- no puede ser leída como un hecho aislado ni como una reacción improvisada. Por el contrario, constituye la primera aplicación visible, concreta y sin mediaciones de la nueva doctrina de seguridad hemisférica. Washington dejó de lado el gradualismo de sanciones, la retórica multilateral y los mecanismos de presión indirecta para actuar bajo una lógica de amenaza transnacional, donde narcotráfico, colapso estatal y alineamientos extrarregionales se combinan para justificar el uso directo de la fuerza.

La reacción internacional -profundamente polarizada entre condenas jurídicas y validaciones políticas- no hace sino confirmar que el orden regional está ingresando en una fase de mayor confrontación y menor consenso. Venezuela se convierte así en precedente y advertencia: el hemisferio vuelve a ser un espacio prioritario de seguridad para los Estados Unidos, y las nociones tradicionales de soberanía, legalidad e intervención comienzan a reinterpretarse a la luz de una correlación de fuerzas explícita.

El capítulo europeo del documento refuerza esta lectura. La estrategia estadounidense describe a la Unión Europea como un actor en crisis de identidad, demografía y liderazgo, y no disimula su intención de alentar un giro político que fortalezca las soberanías locales en detrimento de las estructuras supranacionales. Más que una política de seguridad, el texto se proyecta aquí como una intervención cultural.

En Asia, la rivalidad con China adquiere carácter sistémico. La contención militar, el desacoplamiento económico y la disputa por los estándares tecnológicos configuran un escenario donde la competencia deja de ser comercial para transformarse en civilizatoria. Medio Oriente, por su parte, es redefinido como plataforma energética y financiera, con un repliegue del involucramiento militar permanente y una apuesta a alianzas estratégicas selectivas.

En conjunto, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional deja de ser un documento técnico para convertirse en un manifiesto político con ambición refundacional. No sólo redefine qué quieren los Estados Unidos del mundo, sino qué mundo están dispuestos a tolerar.

Para América Latina -y particularmente tras lo ocurrido en Venezuela este sábado 5 de enero- el mensaje es inequívoco. El hemisferio ha vuelto al centro de la estrategia estadounidense, pero ya no como espacio de influencia difusa, sino como teatro directo de seguridad. En este nuevo orden fragmentado, de bloques y decisiones duras, los países de la región deberán asumir que la ambigüedad estratégica tiene un costo creciente. Cuando Washington cambia su brújula, el mapa global se redibuja. Venezuela es hoy la prueba más clara de ello.

Patricio Degiorgis es analista internacional y director de la Cátedra Unión Europea de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)