“El cuadro no tiene adornos, pero los colores son tan deslumbrantes que parece una explosión de confeti”, observó Lisa Smit, curadora de pintura del Museo Van Gogh, al referirse a la reciente adquisición de la institución: Olive Grove in Collioure, una obra de Henri Matisse de 1905.
Esta pieza, que ahora cuelga en Ámsterdam, no solo destaca por su paleta vibrante y su trazo enérgico, sino que ilustra de manera tangible cómo la audacia cromática y la libertad gestual de Vincent van Gogh transformaron el rumbo del arte moderno. Aunque Matisse pintó este paisaje quince años después de la muerte del artista neerlandés, la influencia de Van Gogh resulta inconfundible: el cuadro late con una expresividad subjetiva y una ruptura deliberada con la representación naturalista, rasgos que definieron la herencia de Van Gogh en los pioneros del siglo XX.
La noticia, confirmada por el propio Museo Van Gogh y analizada en Artnet News, subraya el propósito de la adquisición: mostrar de forma directa el impacto de Van Gogh en generaciones posteriores, más allá de su círculo inmediato.
La obra de Matisse, con sus pinceladas direccionales y colores que evocan sensaciones antes que realidades —cielos rosados, pastos anaranjados—, podría confundirse a simple vista con cualquiera de los quince olivares que Van Gogh pintó en el sur de Francia en 1889. Sin embargo, se trata de una interpretación personal de Matisse, realizada en Collioure, que rinde homenaje a la visión radical de su predecesor.
El diálogo entre ambos artistas se vuelve aún más explícito en la disposición museográfica: Olive Grove in Collioure se exhibe junto a Árboles en el jardín del asilo (1889), un dibujo de Van Gogh realizado durante su estancia voluntaria en Saint-Rémy-de-Provence.
Esta yuxtaposición permite rastrear cómo Matisse, tras estudiar los dibujos de Van Gogh, llevó más lejos algunos de sus objetivos, pero introdujo innovaciones propias. Por ejemplo, individualizó aún más las pinceladas y dejó áreas del lienzo sin cubrir, sacrificando la coherencia global de la escena en favor de una expresividad mayor.
La relación de Matisse con la obra de Van Gogh no fue inmediata. Cuando el pintor francés descubrió por primera vez los trabajos del neerlandés, en 1897, ya tenía veintitantos años y aún no había alcanzado reconocimiento comercial. El encuentro se produjo durante una visita a la región de Bretaña, donde Matisse se reunió con el australiano John Russell, amigo de Van Gogh.
El impacto fue tan profundo que Russell le regaló a Matisse uno de los dibujos de Van Gogh que poseía: Montones de heno (1888). Matisse colgó esta pieza en su apartamento de París, junto a obras de otros referentes postimpresionistas como Paul Cézanne y Paul Gauguin.
Algunos relatos sostienen que el estilo de Matisse cambió de manera abrupta tras ese primer contacto con Van Gogh. No obstante, el propio Museo Van Gogh matiza que el francés solía combinar influencias diversas. Así, la técnica de pinceladas cortas y separadas que caracteriza a Matisse en esta etapa también remite al puntillismo de Georges Seurat, célebre por obras como La Grand Jatte (1884–1886). Aun así, la institución holandesa destaca la conexión directa con la aplicación audaz del trazo de caña en los dibujos de Van Gogh de 1889, de los cuales Matisse llegó a poseer tres, incluido el obsequio de Russell.
El interés compartido por el paisaje mediterráneo del sur de Francia constituye otro vínculo entre ambos artistas. Van Gogh, fascinado por los olivos retorcidos y centenarios, escribió: “el murmullo de un olivar tiene algo muy íntimo, inmensamente antiguo”. Estos parajes le ofrecieron consuelo durante su año de reclusión voluntaria en el asilo de Saint-Rémy, tras un periodo de crisis de salud mental.
La colección del Museo Van Gogh ya contaba con ejemplos de obras de contemporáneos del artista, como una importante selección de Gauguin, La siega, Éragny (1887) de Camille Pissarro, y un retrato de la abuela de Émile Bernard, amigo de Van Gogh, también de 1887, que el propio Van Gogh poseyó y admiró profundamente.
La incorporación de la pintura de Matisse permite ahora ilustrar de manera directa la proyección de Van Gogh en el arte del siglo XX, una influencia que trasciende el fauvismo. Pablo Picasso llegó a describir a Van Gogh como su “santo patrón”, David Hockney lo ha citado como referente, y fue una figura central para expresionistas alemanes como Ernst Ludwig Kirchner y Wassily Kandinsky, pionero de la abstracción.
Lisa Smit, en declaraciones recogidas por Artnet News, sintetizó el valor de la adquisición: “Un cuadro fauvista de Matisse es esencial para mostrar de manera efectiva la influencia distintiva de Van Gogh en la generación de artistas que le sucedió”. Añadió que la llegada de Olive Grove in Collioure “permite al museo cubrir una laguna significativa en su colección”.