
La hija menor de Alice Munro, la escritora canadiense ganadora del premio Nobel de Literatura en 2013, fue víctima de abuso sexual infantil por parte de Gerald Fremlin, pareja de la escritora durante cuatro décadas. Este hecho, ocultado durante años dentro del entorno familiar, marcó de manera profunda la vida de Andrea Munro y de los otros miembros de la familia Munro.
Durante años, el intento de abordar el abuso sexual que sufrió Andrea encontró una barrera en la actitud de Alice Munro. Según contó Jenny a la prensa, cada conversación sobre el daño causado por Gerry terminaba en un silencio doloroso.
Andrea había plasmado su dolor en una carta: “Ella ama y protege a la persona más destructiva de mi vida”, expresó, evidenciando el impacto profundo de la negación materna.

Pero en los últimos años de su vida la escritora sufrió de Alzheimer. Con la llegada de la enfermedad, Jenny notó que su madre dejó de aferrarse al pasado y a sus antiguos vínculos. “Empezó a perder ese gran terror a la verdad”, relató Jenny.
Según cuenta la revista The New Yorker, Jenny habló con su madre de esto en 2019. “Alice exhaló ruidosamente y murmuró por lo bajo: ‘Qué horrible’. Levantó la vista hacia Jenny y dijo: ‘Fue cruel de mi parte no deshacerme de él’.”
Jenny avanzó: “¿Te culpabas a ti misma y te odiabas, y pensabas que Andrea nunca volvería a quererte?”.
Munro dijo que no: “No, no creo que fuera eso. No sé por qué no lo hice.” Según narró Jenny, la escritora estaba sentada en una silla acolchada, llevaba un suéter con cremallera, y una manta de forro polar extendida sobre las piernas. Entonces, dijo con voz más alta, como si finalmente descubriera algo sólido: “Bueno, él me dijo que se mataría, por supuesto. Estaba en una situación desesperada.”
Pero la hija no se conformó: “Es una amenaza vacía, ¿no?”, le dijo. “¿Y si Andrea se hubiera matado? Muchas víctimas de abuso infantil lo hacen”. Entonces, contó la hija, Alice se llevó la mano a la frente. Parecía estar perdiendo el hilo emocional de la conversación. “¿Todavía piensa en eso?” preguntó.
Un largo vínculo
Tras el divorcio de Munro, la autora inició una relación con Fremlin, un exgeógrafo que fue editor del Atlas Nacional de Canadá. La escritora comenzó una nueva vida en Clinton, Ontario, donde dependía de él tanto emocional como logísticamente. Andrea, por entonces una niña, quedó bajo este nuevo modelo de convivencia. Mientras tanto, sus hermanas mayores, Jenny y Sheila, llevaban estilos de vida más independientes en otras ciudades.

Los episodios de abuso sexual infantil sucedieron en el verano de 1976, cuando Andrea tenía nueve años. Mientras Alice Munro cuidaba a su padre enfermo, Fremlin compartió habitación con la niña, aprovechando la situación para cometer tocamientos y conductas sexuales inadecuadas, además de convencerla para que guardara silencio. Andrea fingía dormir ante los avances del agresor y fue sometida a situaciones sucesivas en las que Fremlin normalizaba la exposición y el contacto indebido.
La reacción inmediata de Andrea fue el silencio. La atmósfera en la casa, marcada por la dependencia emocional de su madre hacia Fremlin, generó miedo y la convicción de que revelar lo ocurrido pondría en peligro la estabilidad familiar.
Solo al regresar con su padre, Jim Munro, y su madrastra, Carole Sabiston, en Victoria, Columbia Británica, Andrea se atrevió a compartir, con cautela y temor, parte de lo sucedido. Carole intentó comprender la gravedad de los hechos, preguntando si hubo penetración, mientras la respuesta general en la familia osciló entre el silencio y la incredulidad.
Durante meses, la situación quedó relegada a un vacío doloroso. Carole Sabiston expresó: «Era una brecha horrible. Todos teníamos miedo de mencionarlo. No queríamos recordarle lo que ocurrió.» El temor a provocar una crisis emocional en Alice Munro predominó, lo que impidió que la víctima informara a su madre sobre el abuso. En ese periodo, Jim Munro optó por evitar conflictos, prefiriendo que Andrea regresara con su madre y Fremlin en verano, aunque bajo supervisión de su hermana Sheila.

La comunicación sobre el abuso se transmitió lentamente. Jenny tuvo conocimiento de manera indirecta pero se enfrentó a negativas por parte de los adultos para abordar el tema con Alice Munro. Sheila cuestionó la actitud de su madre hacia Fremlin, sin atreverse a contar la verdadera razón de su inquietud. El miedo a las consecuencias y la sensación de no ser creída mantuvieron el secreto durante años.
Andrea recién hizo la denuncia legal cuando tenía 40 años y las pruebas fueron… las cartas que el propio Fremlin había mandado a la familia.
Las consecuencias emocionales para Andrea fueron profundas y persistieron por largo tiempo. Sufrió migrañas y desarrolló bulimia tras los episodios de abuso. En busca de ayuda, acudió a una psiquiatra pero optó por no mencionar el nombre de Fremlin, temiendo que su experiencia fuera utilizada como una justificación única para sus problemas. Dudaba en atribuir su malestar exclusivamente al abuso, por temor a una explicación “sencilla” de todo aquello que padecía.
La reacción de Alice Munro, cuando finalmente supo del abuso años después, estuvo marcada por una mezcla de incredulidad, evasión y dependencia hacia Fremlin. Inicialmente, negó el testimonio de su hija y protegió a su pareja. Ya en la vejez, surgieron algunas conversaciones en las que Munro mostró críticas hacia sí misma, aunque matizada por el olvido a causa del Alzheimer. Admitió: «Fue atroz de mi parte no deshacerme de él“, le dijo a Jenny. Para su hija, con el avance de la enfermedad, la escritora perdió el temor a enfrentar la verdad y el vínculo emocional que la ataba a Fremlin.

Fremlin, por su parte, nunca reconoció el daño causado. En textos posteriores, minimizó la gravedad de sus actos y recurrió a justificaciones, restando importancia a las consecuencias para Andrea. Llegó a escribir: «No me siento irremediablemente degenerado por sentirme sexualmente excitado por una ninfa“, sugiriendo que la reacción familiar y social no era tan grave y que el daño era irrelevante.
La postura de minimización y justificación contribuyó al distanciamiento familiar. Andrea expresó que su madre protegía “a la persona más destructiva” de su vida. Por parte de sus hermanas y la madrastra, el miedo al conflicto y la imposibilidad de enfrentar sufrimientos ajenos mantuvieron un patrón de silencio y verdades a medias, perpetuado por el temor a deteriorar la imagen pública y familiar de Alice Munro.
Con el paso del tiempo y ante la acumulación de pruebas, la conversación sobre el abuso infantil fue abordada de manera más abierta entre algunos miembros de la familia. Sin embargo, las heridas emocionales perduraron. El vínculo entre Andrea y Alice Munro permaneció marcado por el reconocimiento tardío del daño y la dificultad de aceptarlo y repararlo en el seno de una familia admirada, pero atravesada por el dolor y el silencio.
A pesar de las revelaciones y búsquedas de ayuda, Andrea convivió durante años con el peso de la secuela emocional, sin sentir apoyo ni comprensión plena. El abuso, mantenido en secreto y apenas reconocido, impregnó su vida con una sensación persistente de vergüenza y reserva.